San Juan es una ciudad de inmigrantes. De una forma u otra, la gran mayoría de los que hemos tenido que hacer hogar en esta parte del país trazamos nuestro origen a eso que acá llaman “la isla” y que se refiere a cualquier punto del país más allá del primer peaje. Y digo San Juan porque como soy una de esos transplantados, para mí San Juan no es sólo el municipio, es toda el área metropolitana; es esa deferencia al lugar cuajado de condominios, urbanizaciones, centros comerciales, tapones y gente cuyos padres uno no conoce, al que emigramos sabiendo que son muy pocas las probabilidades de regresar al pueblo chiquito del cual salimos.

Yo soy de Adjuntas, un pueblo que a los ojos extranjeros es lo bastante pintoresco como para merecer un artículo del National Geographic hace par de años. Un artículo, que dicho sea de paso, es un gran ejemplo de que todo depende del cristal con que se mire, o mejor dicho, del lente con que se tomen las fotos. Jamás vi en mi pueblo, tal y como capturó el fotógrafo americano, jugadas de gallo clandestinas en plena carretera ni jinetes con botas en imitación de piel serpiente paseándose en medio del pueblo, y estoy segura de que nunca ha habido en Adjuntas un mercado dominguero en la plaza pública en el que los nativos vendan el fruto de sus cosechas. El Adjuntas del National Geographic no tenía nada que ver con el pueblo en que crecí-me pareció el resultado del esfuerzo por satisfacer cierta morbosidad primermundista propia de un periodismo folclorizante. Así que después de ese reportaje me ha dado con cuestionarme todo lo que se diga del Amazonas, de los descubrimientos de fósiles o de los rituales de la tribu masai, si la única fuente es el tal Nacional Geographic.

Lo que no puede apreciar un lente extranjero y que sí recuerdo del pueblo en que pasé mi niñez es esa sensación de familia extendida que escasea en la zona metro; esos ojos vigilantes que tanto uno resiente en la época imprudente de la adolescencia y que luego se quisiera para los hijos propios. Lo que no puede figurar en una revista aunque ocupe la primera plana en la memoria de los que crecimos allí son los recuerdos encendidos con la nostalgia. No voy tanto como quisiera a mi pueblo, y esa distancia quizás hace más patente los cambios que para los que aún viven allá seguro son menos perceptibles. Ahora hay varios videoclubs, medio mundo tiene cable TV y con la nueva carretera los cines de Ponce están a veinte minutos de distancia. Pero no cambiaría todo eso por el recuerdo del “cine de Víctor” (tenía otro nombre que nadie recuerda), en el que Víctor además de propietario, encargado de taquilla y operador, asumía con solemnidad la tarea de que el orden reinara durante toda la proyección. Más alboroto de la cuenta (como el bailoteo en medio de “You Can’t Stop the Music”), y Víctor detenía la película, encendía las luces, patrullaba su reino con cara de pocos amigos, y tomaba las medidas pertinentes, que podían incluir expulsión inmediata. Con tanto trabajo, no podía Víctor ocuparse también del despacho de refrescos y golosinas, así que antes del cine la parada obligada era “El Nuevo Trato”. Creo que hay al menos una tienda con ese nombre en cada pueblo de Puerto Rico. Es cierto que a mitad de semana la cartelera (de verdad un cartel colocado en el poste de la esquina) se limitaba a aventuras de karate y que las películas de moda tardaban meses en llegar, pero Víctor y su cine son para mí la esencia de esa nostalgia de pueblo, y ver hoy el local clausurado me da una pena inmensa, como si el olvido fuera una falta mayor.

Me imagino que algunas cosas siguen igual. Los empleados del correo probablemente aun saben de memoria quién recibe cartas en qué apartado postal. La gente aún conoce vida, milagros y parentela de los vecinos, y en la mueblería todavía puede uno llevarse una estufa y pagarla “cuando pueda”. Quizás todavía hay maestros que, como mi mamá, se aparezcan a las siete de la mañana en una casa a preguntar porqué hace una semana que no envían al niño a la escuela. Lo que pasa es que eso de la globalización alcanza todos los rincones y de la misma forma que van desapareciendo las fronteras entre países, los pueblos de nuestro cien por treinta y cinco, para bien y para mal, se hacen más cercanos entre sí. Los lujos impensables en la juventud de mi generación (carro a los dieciséis años, celular desde los catorce) se han convertido en necesidades para los adolescentes de hoy, y por lo que representan en movilidad hacen tanto más fácil el desarraigo.

Como a todo inmigrante, hay días en que me parece posible regresar, quizás no para siempre, pero si con una frecuencia más estable. No podré darle a mi hijo el sabor de lo que fue mi niñez, pero quiero que al menos tenga una idea de lo que es la vida en pueblo pequeño. Quiero que salga con su abuelo y sepa lo que es detenerse en cada esquina para saludar a un conocido y preguntar por la familia, y la finca y demás. Que entienda porque algunas señales del llamado progreso pueden ser amenazas a cosas buenas. Que hay valores únicos en lo distante y lo pequeño, aunque, como a mí, le tome un tiempo entenderlo. Y que, como su mamá, se acuerde del cine de Víctor cada vez que vea una película.