Tengo un niño de año y medio, y he descubierto que entre los muchos instintos que despierta la maternidad, está una vocación incontenible de censura televisiva. Para la perplejidad (y a veces también, la sorna) de familiares y amigos, mis afanes inquisidores no se limitan a la prohibición en contra de la violencia y el cinismo de algunos programas de personajes animados. El blanco más reciente de mis decretos censores son las caricaturas que tienen por protagonista a un tal Bob el Constructor, que ayudado por un tractor parlante, un espantapájaros inútil y otros adláteres, se pasa la vida sembrando cemento. Así que la regla en casa está clara: en la televisión que ve el niño, no tiroteos, no peleas, no malacrianzas y nada de ese Bob, rebautizado por la inquisición hogareña como el Destructor.

Claro que hay algo de broma en todo el asunto, pero la realidad es que viviendo en un país en el que el desprecio por el ambiente se ha instalado en todas partes, quisiera hacer todo lo posible para que mi niño comprenda que es una arrogancia imperdonable, una muestra de lo peor de la humanidad, la pretensión de sustituir un bosque, un humedal o una playa por un adefesio de concreto. En la inocencia del niño está inscrita su reverencia hacia la naturaleza; no hay para nosotros nada como ver a nuestro hijo maravillarse ante el remolino de color encendido que hace el viento con las flores de trinitaria, sus gritos de alegría cuando descubre el lagartijo escondido entre las hojas, su perplejidad ante el vuelo del pájaro y su deleite absoluto entre las olas del mar. Por eso, exponerlo a la idea de que destruir la naturaleza es algo aceptable me parece un atentado tan severo contra su pureza como lo sería el sentarlo a ver a dos que se entran a golpes.

Con frecuencia, como parte de las denuncias sobre la crisis ambiental en Puerto Rico, he advertido que a este paso nos vamos a quedar sin país. Desde que nació mi hijo, esa declaración significa que habrá menos, mucho menos, que legarle a él y a su generación. La otorgación festinada de permisos de construcción sin respetar el espacio de la zona marítimo terrestre ha llevado a la virtual privatización de las playas, y aún a la destrucción de algunas de ellas; la legislación que hemos presentado para impedir esa barbarie duerme el sueño de los justos. La zona de Vacía Talega, en Piñones, sigue bajo la amenaza de construcción de un inmenso condohotel, para la que se requerirá la remoción de cien mil metros cúbicos de corteza terrestre, y a nadie en el gobierno parece importarle que con ello se alterará irreversiblemente la hidrología del área, poniendo en peligro el manglar aledaño. Por todo el país florecen canteras operando sin permiso o en violación a ellos. Las medidas de mitigación ambiental en los grandes proyectos se ven como una concesión discrecional del constructor, y no como la obligación en ley que realmente son.

Algo pasó en el camino con los responsables de este desastre. Seguro que alguna vez también fueron niños que se embelesaron ante una flor o una mariposa. No sé que ocurrió con ellos, pero me imagino que para que sigan el ejemplo de papá, les comprarán a sus niños todos los videos de Bob el Destructor.