He visto, con desilusión y asombro, las reacciones que ha provocado la manifestación de un grupo de estudiantes de la UPR en contra de la imposición de una Junta en la que están representados importantes intereses privados para hacerse cargo de la administración del teatro universitario. Se les ha llamado revoltosos, irrespetuosos del orden, bandidos y desconsiderados. Se les imputa no representar a la mayoría de la comunidad universitaria, y hasta unos cuantos que aclaman a Filiberto Ojeda como su mártir preferido señalan como criminales a los jóvenes por hacer patente su sentir acostándose cuan largos son en las escaleras del Teatro.

Como buena parte de los que condenan la manifestación estudiantil se hicieron de un nombre abrazando causas que en su momento también fueron etiquetadas de revoltosas, minoritarias y contrarias al orden, han adoptado para su crítica la cautelosa fórmula de "está bien que se expresen, pero no de esa forma" o "su reclamo es legítimo, pero no dejar cantar al Coro es un abuso imperdonable". Los que le tiraron piedras al ROTC, organizaron huelgas contra los aumentos de matrícula y vociferaron en las asambleas estudiantiles en ese mismo teatro, ahora exigen de sus sucesores un espíritu de lucha en el que los actos revolucionarios más contundentes sean ponerse camisetas del Che y comer sandwiches de tofu y yogur con granola mientras se medita en la placita de Humanidades sobre la triste historia de Antonia Martínez. Hasta José Saldaña, el ex-presidente de la UPR proponente de los aumentos en el 1991 (el del estribillo "ay, Saldaña, al estudiante ni se roba ni se engaña...piraña") hoy es el pobrecito don José, a quien tan vilmente se le ha privado de su derecho ciudadano a escuchar la Sinfónica. Y para ganar indulgencias con escapularios ajenos, han llegado a usar el nombre del Dr. Luis Nieves Falcón en el recuento de personalidades ofendidas, cuando el doctor, defensor incansable de mil causas justas, estaba esa noche, como toda su vida, del lado de los estudiantes.

Lo que se esconde detrás de esa tibieza de muchos de los antiguos comefuego de la UPR es su resistencia a admitir la transformación por la que han atravesado con el paso de los años: ahora que son gente grande, se convirtieron en todo aquello que rechazaban. Con un ‘establishment’ cultural y académico en el que, siempre que uno se ajuste a ciertas reglas, la irreverencia es chic y las malas palabras no están fuera de lugar en las publicaciones de la familia Ferré Rangel, no es difícil seguir pasando por liberal aun cuando se esté arrellanado en el mismo sofá que los intereses más reaccionarios del país. Porque la médula del asunto es, después de todo, si está bien o no que la administración del Teatro Universitario esté en manos ajenas a la Universidad. Los defensores de la nueva Junta plantean, por un lado, que esos miembros de la "sociedad civil" han colaborado para allegar importantes donaciones que sirvieron para la remodelación del teatro. Alegan además, que en el Teatro tiene que haber un "proceso de apertura y modernización", y que faltan en la universidad las capacidades y talentos para administrar efectivamente un centro de espectáculos de ese nivel.

Sobre lo primero hay que decir que tal planteamiento, mas que una petición de reconocimiento a la filantropía, sugiere una vergonzosa subasta de ingerencias en asuntos públicos. ¿A cuenta de qué tenemos que ver con buenos ojos que la administración de bienes públicos se entregue al mejor postor? Una cosa es la generosidad --y son buenas y son necesarias las aportaciones financieras a la universidad--pero tampoco hay que confundir la donación con la compraventa. En cuanto a la eficiencia administrativa, nadie puede creer que en la Universidad del estado, con una facultad de administración y un departamento de drama, con funcionarios con vocación e inteligencia, sea tarea imposible calendarizar eventos o dar mantenimiento a un edificio. Lo que ocurre es que antes de este largo receso de diez años en que el Teatro estuvo cerrado, las producciones para lucro privado se ceñían al Programa de Actividades Culturales y no viceversersa, por la muy universitaria razón de que el Teatro de la UPR no está llamado a ser un centro más de espectáculos, sino un instrumento de educación fuera de los salones de clases y los anfiteatros de conferencias, un encuentro con el mundo del arte y un espacio de formación para los estudiantes de teatro. Puedo dar fe de ello. Cuando en el 1986 ingresé al Recinto de Río Piedras para hacer mi bachillerato en Drama, el Teatro de la Universidad fue para mí lugar de descubrimiento y aprendizaje. Vi la prisión, las cartas y la guillotina de la María Estuardo creada por Denise Stocklos en un monólogo sin escenografía ni utilería, me maravillé con el jazz del World Wide Orchestra de Dizzy Gillispie, y me llenaron de orgullo las espectaculares producciones universitarias del Rey Lear y Cyrano de Bergerac. Asistí a conciertos, festivales de teatro y asambleas de estudiantes. Con el sótano y el escenario como salón de clases, sobreviví el curso de producción técnica, y en los pasillos exteriores leí, ensayé y compartí con mis compañeros. El Teatro era para nosotros elemento indispensable de la esencia de la vida universitaria, y el Programa de Actividades Culturales tan parte de nuestra educación como los cursos de literatura o historia.

Los estudiantes han hecho una exigencia legítima, pero aún más, lo han hecho de una manera efectiva. Paralizaron las actividades del teatro. Obligaron a una reconsideración de la composición de la Junta. Desenmascararon a los beneficiarios del arreglo administrativo. Sacaron a la luz pública los planes (pensados desde antes de la protesta) de ponerle fin a la política de no confrontación en la UPR, y de permitir la entrada de la Policía y la Fuerza de Choque. Nos recordaron además que las peticiones justas no siempre tienen lugar de la forma antiséptica que algunos prefieren, y que eso no debe dar pie a la condena automática. En el pasado, la administración universitaria ha sido pródiga en desaciertos e injusticias, desde el despido de profesores por la única razón de ser independentistas hasta la exclusión de los estudiantes y el claustro de determinaciones fundamentales. Protestas como la del Teatro –y muchas aun mas intensas y controversiales--abrieron el espacio para las reivindicaciones que hoy celebramos como conquistas importantes para nuestro país y para la democracia.

Son universitarios, defendiendo para la universidad el Teatro de la UPR, invocando una larga tradición en la que, con sus fallas y sus meritos, estudios y lucha van de la mano. También así se canta el himno de la vida y se anuncia la juventud, el amor y la libertad que dan gloria a nuestra Universidad.