Hace 180 años, Simón Bolívar convocó a los representantes de las entonces jóvenes repúblicas de América a una reunión en el istmo de Panamá, lugar que por su posición privilegiada, "si el mundo hubiese de elegir su capital...sería señalado para ese augusto destino". Perseguía el Libertador, bajo su precepto de que "la patria es la América", que se robustecieran los vínculos entre los nuevos estados, de forma que "unidas, fuertes y poderosas", las naciones que estrenaban su libertad pudieran concertar acuerdos para alcanzar intereses comunes y hacer un frente conjunto a las amenazas a su soberanía.

Entre los puntos que se discutieron en aquel verano de 1826 estaba la independencia de Puerto Rico. Desde esa fecha, no se celebraba en el continente una asamblea llamada a retomar, como un gran esfuerzo conjunto, ese punto pendiente de la agenda bolivariana.

De eso se trató el Congreso Latinoamericano y Caribeño por la Independencia de Puerto Rico, reunido en Ciudad de Panamá el 18 y 19 de noviembre. Delegados de veintidós países (entre ellos de quince partidos políticos en el poder) participaron de los trabajos iniciados con un discurso del Secretario General del Partido Revolucionario Democrático y presidente de la República de Panamá, Martín Torrijos.

Allí estuvieron representantes del más alto nivel: el ex-presidente Raúl Alfonsín, con una delegación de todo el espectro político argentino; el presidente de la Asamblea Popular de Cuba, Ricardo Alarcón; Cuahutémoc Cárdenas y Gustavo Carvajal, entre varios líderes mejicanos; los más altos funcionarios del parlamento uruguayo; el Comandante Tomás Borge, del Frente Sandinista; el ex candidato presidencial de Colombia Horacio Serpa, entre muchos otros. Para muchos, ese encuentro significó dejar de lado importantes diferencias para coincidir en el reclamo histórico y de principios de la exigencia de soberanía para nuestra Isla.

En Panamá se reiteró la solidaridad con la causa de la independencia, se crearon comités de apoyo que en cada país difundirán nuestra lucha, y se ofreció, a Puerto Rico y a los Estados Unidos, los buenos oficios necesarios para conducir al diálogo que lleve a la solución del problema colonial.

Que Panamá fuera la sede de este histórico encuentro tiene más de un significado. Era la selección natural para retomar la ruta marcada por el Congreso Anfictiónico, pero también el punto ideal para señalar la modernidad y pertinencia de un reclamo que ya no es sólo uno de urgencia moral, sino un imperativo económico. Panamá también fue un enclave colonial de los Estados Unidos.

El dominio norteamericano sobre la zona del Canal privó al país del control de su recurso más importante y fijó una política de confrontaciones y violencia entre estadounidenses y panameños. Fueron los esfuerzos del General Omar Torrijos –padre del actual presidente– y la voluntad del entonces presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, los elementos que permitieron la devolución al pueblo panameño de lo que les pertenecía, a través de un cuidadoso proceso de negociación.

El Tratado Torrijos-Carter culminó con el fin del siglo XX, cuando la sustitución de la bandera estadounidense por la panameña señaló el retorno de la zona del Canal a sus legítimos dueños. No faltaron en Panamá los malos augurios de algunos, que con falsedad y morbosidad aseguraban que el retiro de los estadounidenses significaría el desplome económico del país, la inestabilidad política y el aislamiento.

Para nosotros los puertorriqueños, esa letanía es más que familiar: es la misma retahila de mitos con la que pretenden espantar, a fuerza de terror, cualquier reclamo de independencia para Puerto Rico. Por eso, hace tanto bien mirarnos en el espejo de Panamá. En manos de los panameños, el Canal ha superado por mucho los niveles de eficiencia de la administración norteamericana.

La devolución de la Zona ha sido el empuje para una economía que en los dos últimos años ha crecido a un espectacular ocho por ciento (la de Puerto Rico apenas alcanza un vergonzoso dos por ciento). En los terrenos recuperados florecen desde proyectos comerciales hasta áreas de conservación.

Hace unas semanas, el país votó por una ambiciosa expansión del Canal –proyecto que nunca logró materializar Estados Unidos– a través de un tercer juego de esclusas, que en tan sólo siete años duplicará la capacidad de paso. En línea con los augurios de Bolívar, ese país pequeño, antes marcado por el coloniaje y hoy orgulloso y sobre todo, hábil con su soberanía, se erige como capital del tránsito comercial del mundo.

Como apuntaba el Dr. Nils Castro, científico político y uno de los delegados panameños en el Congreso por la Independencia, el "mercado común" de Puerto Rico con los Estados Unidos hace rato dejó de ser un beneficio para nosotros. Le aventajan por mucho los acuerdos regionales o los tratados bilaterales de los que hoy gozan otros países, como México o República Dominicana, redactados con virtudes y defectos, pero a partir de las necesidades de hoy de esos países, no de una imposición unilateral centenaria.

A ese pragmatismo del contenido económico, hay que sumarle la viabilidad procesal subrayada por el Presidente Martín Torrijos. Superada la Guerra Fría, el reclamo por la independencia de Puerto Rico no tiene por qué darse en un clima de adversariedad. Ahí está, como importantísimo precedente, el Tratado Torrijos-Carter. En un escenario diametralmente distinto al de hace años atrás, los Estados Unidos ya no recurren a la presión para tratar de silenciar la solidaridad de otros países con la lucha por la independencia.

Prueba es, por un lado, la aprobación por consenso de las resoluciones del Comité de Descolonización de la ONU, y por otro, lo ocurrido en las vistas congresionales previas a la celebración del Congreso por la Independencia, en la que senadores se ocuparon de consignar su oposición al régimen actual de subordinación. Las señales están escritas en la pared, y hay que ser tenazmente tonto o perdidamente colonizado (o ambas cosas) para no darse cuenta.

En Panamá se abrió un capítulo nuevo en la lucha por la independencia de Puerto Rico. Se recorrió un tramo largo y amplio en el camino que marcaron los que nos precedieron. Se honró el compromiso bolivariano –el mismo de Martí, Betances, de Diego, Albizu, Concepción de Gracia– de unidad latinoamericana y caribeña. Como apuntó Rubén Berríos en su discurso, en estas naciones hermanas, a la larga, por donde va una, vamos todas. Y esa ruta, como quedó consignado en esa gran reunión de América y el Caribe en Panamá, es la de la modernidad, el progreso y la libertad.