Desde que el mundo es mundo, las grandes señales han sido recibidas con enorme resistencia por aquellos que prefieren, por sus propias razones, vivir enquistados en el inmovilismo y arrellanados en la inconciencia. Se necesitó, después de todo, más que la genialidad de Copérnico o la audacia de Colón para desafiar las creencias convencionales de cada época, aunque hoy parezca inconcebible el rechazo a las enormes ventajas del conocimiento de la realidad.

No es extraña, pues, la reacción elemental y desarticulada de ciertos sectores que insisten en desconocer la importancia de lo ocurrido en las vistas congresionales celebradas el miércoles pasado en torno a las dos medidas propuestas para atender el tema del status. Tenemos, por un lado, al Partido Popular. Del informe del Grupo de Trabajo de Casa Blanca, publicado en diciembre de 2005 que decretaba el principio del fin del ELA, alegaban que no representaba la postura oficial de la administración Bush. Comparece a las vistas del miércoles la Administración, reitera lo expresado en el Informe, apoya la medida basada en sus recomendaciones y ahora el liderato de la colonia suplica que se respete la separación de poderes y que el Congreso desoiga la política—ya claramente oficial-- del Ejecutivo.

A esa patética melodía de viva la colonia por toda la eternidad se suma el coro de vestuario liberalón y libreto recalentado, que escudados tras una agenda “soberanista” reniegan de cualquier proceso que se inicie en los Estados Unidos. No los impulsa ningún afán nacionalista; es que saben bien que habiéndose labrado un nicho como auxiliares del PPD, el día que acabe de derrumbarse el proyecto colonial pasarán a la categoría de deambulantes políticos. Quedó claro también el miércoles que el apocamiento de la mentalidad colonial no es exclusivo de los líderes estadolibristas puertorriqueños. Las declaraciones y preguntas de algunos miembros del subcomité que auspiciaba las vistas hacen pensar que igual que aquí, en otras partes hay quienes entienden que las aspiraciones de un pueblo pueden resumirse en un letrero de Comunidades Especiales.

La consideración de las dos medidas ante la Cámara de Representantes sirve además para traer a primera fila las profundas objeciones a la estadidad que, desde siempre, han matizado la atención al asunto del status en el Congreso. El rechazo al estado 51 es uno de esos temas que para los norteamericanos, mientras menos se hable, mejor. Tienen más de una razón para arrinconarse en ese incómodo pero protector silencio. Cualquier declaración expresa contra la estadidad, carga con el peligro de ser acusada de racista o discriminatoria. Es por ésto que cada vez más el Dr. Pedro Rosselló se inclina por la invocación de los derechos civiles como base para su reclamo de anexión. Creo que de hecho, aunque a veces parecería actuar en solitario, el desplante del Dr. Rosselló en las vistas retrata con toda fidelidad la encrucijada del estadismo: el tantrum como último recurso ante el desprecio. Me parece además que esa pretensión quijotesca no bastará para opacar los otros argumentos anti estadidad. La agravada condición económica de nuestro país, nuestra latinoamericanidad, la preocupación por el precedente político, son elementos que han ensombrecido desde siempre al anexionismo y que hoy llevan un mensaje claro más claro que nunca: nada hay en Puerto Rico que haga conveniente a los Estados Unidos plantear siquiera la posibilidad de estadidad.

Para el independentismo, lo ocurrido en las vistas del miércoles, sea cual sea el destino de la legislación propuesta, constituye un gran triunfo. Una vez más, se confirma nuestra estrategia de décadas: los Estados Unidos, como todos los países, actuarán siempre conforme a sus intereses y llegará el momento en que esos intereses coincidan con nuestra descolonización. De éso se tratan los procesos de los últimos años. Los proyectos sometidos en Congresos anteriores, Vieques, los desarrollos locales y el cambio de condiciones a nivel internacional, los esfuerzos en las Naciones Unidas, en Congreso Latinoamericano y Caribeño por la Independencia. Como peldaños en una escalera, cada evento y cada circunstancia se levanta sobre la anterior y ya vamos viendo por encima de la muralla. En la penumbra espesa del colonialismo centenario no hay abracadabras, ni trámites expreso ni hágase la luz. El camino se va recorriendo palmo a palmo, despejando obstáculos. Las declaraciones de la Administración Bush ante el subcomité cameral no habrían sido posibles hace diez o aún cinco años atrás. Hoy, gracias a la persistencia del PIP, el ELA es un edificio obsoleto a punto de ser demolido por sus propios arquitectos y la estadidad es un espejismo inalcanzable. En un mundo distinto, en el que la interdependencia, clave del progreso, exige como requisito primero la independencia, nos dirigimos al destino inexorable –y a la única alternativa digna—de todos los pueblos: el día en que en Puerto Rico manden los puertorriqueños.