Ante la imposibilidad de que el sentido común y la razón dirigieran la toma de decisiones gubernamentales, en Puerto Rico se tenía por aceptable el que buenas, malas o regulares, si esas determinaciones correspondían a la mayoría del momento, se acataban y nada más que hacer. Si ello, como en efecto ocurría todos los días, resultaba en desaciertos, atropellos o incapacidad manifiesta, quedaba, para los que quisieran, el consuelo algo cínico de que "así funcionan las democracias", "la mayoría es la que manda" y "cada país tiene el gobierno que se merece".

Hasta que, en un fenómeno como de alineación de planetas, en Puerto Rico la clara mayoría de los legisladores, en representación de los tres partidos, las organizaciones cívicas y ambientales, las comunidades y los científicos coincidieron, sin ambages y sin duda, en la conservación de las cerca de tres mil cuerdas de playa, bosques, humedales, hábitat de especies endémicas y zona de anidaje de tinglares que se conoce como el Corredor Ecológico del Noreste. En un país tan duramente marcado por la división y el antagonismo, al fin la sensatez, la razón y las mayorías se encontraban en el espacio que ocupa la única franja verde que queda entre la costa y El Yunque. Y sin embargo, al día de hoy, después de dos años de radicada, y aprobada ya la medida en la Cámara de Representantes, la inexplicable obsesión del pequeño grupo que controla el Senado impide que se respete la voluntad mayoritaria y que se proteja el único lugar en Puerto Rico en el que coinciden las ocho "zonas de vida" que existen en nuestra isla.

Del porqué de esa sinrazón darán cuenta ellos, los mismos a los que no les ha temblado el pulso cuando han llevado al hemiciclo cientos de medidas por descargue, sin estudio y sin saber ni qué están votando. Para la videolotería y el sales tax no hacían falta vistas. Pero para el Corredor Ecológico quieren "nueva evidencia científica", porque no les da la que durante meses desfiló ante la Cámara, ni los continuos tropiezos que las construcciones propuestas han tenido aun ante el conservador Tribunal Supremo. En esa obsesión por impedir que se designe la reserva, se han violentado los procesos legislativos, se ha querido amordazar a los que defendemos el Corredor, se ha insultado a los ciudadanos, se ha privado al público de acceso a las sesiones legislativas, y sin que quede rastro de pudor intelectual, se ha recurrido a la mentira y al disparate con la sangre fría de la que son capaces los pequeños dictadores aferrados a su pequeño reino.

En un esfuerzo por liberar la medida del secuestro de la comisión que durante meses (y en violación al término reglamentario de noventa días para rendir su informe) la había tenido ante su consideración sin celebrar vistas públicas, diecisiete senadores y senadoras suscribimos una moción de enmienda al Reglamento del Senado para que se pudiera descargar el proyecto sin la autorización del presidente de esa comisión. A pesar de que se necesitan sólo catorce votos para aprobar la enmienda, el presidente del Senado, en contravención al propio Reglamento y al principio constitucional que dispone que cada cuerpo legislativo adoptará reglas para su funcionamiento y gobierno interno, no permitió que los senadores y senadoras votaran sobre la moción. Además, catorce miembros del Senado hemos formalizado, por escrito, nuestra petición de que se considere inmediatamente la medida, con lo que queda evidenciado que el proyecto del Corredor tiene los votos para ser aprobado.

Esa resistencia rabiosa a la designación como reserva del Corredor Ecológico del Noreste es vista con agrado por más de uno. Por un lado, están los que proponen la construcción de más de dos mil viviendas de alto costo, ciento setenta y cinco unidades de condo hotel, 700 habitaciones de hotel y tres campos de golf en dos de las fincas que comprenden el Corredor, y que a pesar de que sus construcciones son mayormente residenciales, se han acogido a los generosos beneficios de la Ley de Incentivos Turísticos. Esos andan buscando tiempo para salvar los obstáculos administrativos y lograr, como tantos antes que ellos, permisos incompatibles con la zonificación vigente que puedan utilizar como defensa ante cualquier intento de proteger el área. Podríamos decir que son parte de ese nuevo culto a San Jerónimo que tiene a los sembradores de cemento prendiendo velas en todo el país.

Por otra parte, el Gobernador cuenta con que sus "auténticos" aliados en el Senado hagan el trabajo sucio de paralizar la consideración del proyecto para evitarse él el dolor de cabeza de decidir si firma o no. Después de todo, si algo ha quedado claro con la comparecencia de agencias como la Junta de Planificación en las tardías y accidentadas vistas senatoriales, es la complicidad del ejecutivo con el secuestro senatorial. Una vez más, lo que aparenta ser discordia entre Fortaleza y Capitolio es en realidad el perfecto maridaje del hambre con las ganas de comer.

A pesar de tantas y tan poderosas fuerzas en contra, la lucha por la preservación del Corredor no está perdida. El trabajo extraordinario de los hombres y mujeres que constituyen la Coalición por el CEN —personas de todas las ideologías, edades y condiciones— es una muestra de lo mucho que se puede alcanzar con un movimiento serio y organizado a favor de una causa justa. Su persistencia ha logrado que hoy el proyecto del Corredor Ecológico cuente con los votos necesarios para aprobarse, y que el país vea en este drama del Corredor la oportunidad de que no se repita la vergonzosa historia de Paseo Caribe. Como en toda lucha cargada de tropiezos, depende ahora de que las presiones y el paso de tiempo no lleven a la claudicación a los que han dado su palabra en el Senado de Puerto Rico. Con el apoyo al proyecto del Corredor Ecológico del Noreste, la razón y la justicia están en mayoría. Ya era hora.