“Mis deberes caminan por mi canto”, escribió Pablo Neruda en su Canción de Gesta, que se inició como una denuncia de la “martirizada condición de colonia” de Puerto Rico y creció, en justa tradición martiana, hasta convertirse en el libro amplio e intenso, dedicado a todos los que en el Caribe trabajan por la libertad. Con los versos de Canción de Gesta, nuestra lucha resonó en todo el mundo. Para Neruda, ese compromiso político, esos “deberes de poeta de utilidad pública”, marcaban la pureza de la poesía: …”no soy si no acompaño los dolores de los que sufren: son dolores míos”.

Cuatro décadas después, otro Premio Nóbel latinoamericano, Gabriel García Márquez, sigue fiel a ese deber y esa pureza, encabezando la lista de prominentes figuras de nuestra América que han manifestado su apoyo a la libertad de Puerto Rico al adherirse a la Proclama adoptada por el Congreso Latinoamericano y Caribeño por la Independencia que se reunió en Panamá el pasado noviembre. “Si es por la independencia de Puerto Rico, yo te firmo lo que me pongas delante”, me dijo García Márquez al suscribir el documento. Hasta él llegué gracias a los buenos oficios del exquisito poeta brasileño Thiago de Mello (gran amigo de Neruda; cada uno fue traductor del otro), quien con la solidaridad inmensa que le da luz a sus versos, antes de siquiera pedírselo me preguntó que dónde firmaba, para luego presentarme a Paunliho (el cantautor Pablo Milanés), al ecuatoriano Jorge Enrique Adoum (uno de los iniciadores del boom latinoamericano) y al poeta nacional de Cuba, Pablo Armando Fernández. Todos, con la misma firmeza, estamparon su firma.

En el sur del continente, el más grande escritor argentino vivo, Ernesto Sábato, quien presidiera la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que dio paso al enjuiciamiento de los militares de la dictadura, dejó a un lado su reclusión para firmar la adhesión a la Proclama de Panamá, tras las gestiones realizadas por el presidente del PIP, Rubén Berríos, a través del expresidente Raúl Alfonsín, amigo incondicional de la independencia de Puerto Rico. Del Uruguay, contamos con el apoyo de Eduardo Galeano (Las venas abiertas de América Latina) y el poeta Mario Benedetti. También se sumaron el teólogo brasileño Frei Betto y el ensayista y periodista mexicano Carlos Monsiváis. En Puerto Rico, tres de nuestras más importantes voces literarias se unieron a la Proclama: Ana Lydia Vega, Luis Rafael Sánchez y Mayra Montero.

Sólo en un país tan profundamente colonizado como el nuestro, una noticia como ésta –la primera vez en mucho, mucho tiempo, que se logra el apoyo de personalidades de esta talla para un fin político-- pasa como una más, mientras ocupan los titulares las especulaciones sobre cuál de los líderes de los dos partidos que promueven la unión permanente con los Estados Unidos vestirá primero el uniforme de preso. Algunos acuden, para explicar esta falta de interés, a la perezosa justificación de que “lo que ocurre en el ámbito internacional no tiene importancia, porque el status lo decidimos aquí”. Esto, en primer lugar, es una señal del insularismo pernicioso que todo lo contamina de pequeñez. Pero sobre todo, es una gran mentira. Si para la solución del problema de status toda circunstancia extranjera fuera de verdad inmaterial y sólo contara lo que electoralmente expresaran los puertorriqueños, hace tiempo que seríamos república, porque mayorías independentistas ha habido en el país, en distintos momentos entre principios de siglo y la década del ’40--antes de que la represión, la criminalización y el discrimen le pusieran un precio demasiado alto a la lucha por la soberanía. La razón por la cual esas expresiones mayoritarias no lograron que cuajara el claro deseo de independencia de nuestro pueblo reside precisamente en las circunstancias que a nivel internacional, hacían altamente deseable, sino imprescindible, para los Estados Unidos, mantener su enclave colonial en el Caribe: la Primera y Segunda Guerra Mundial y luego la Guerra Fría. Ese afán lo pagó el gobierno norteamericano en dólares y centavos; cuando en el 1935 el presupuesto del país no alcanzaba los diez millones, llegó la PRRA con cincuenta millones de dólares para repartir, sembrando así la semilla de la cultura de dependencia que al día de hoy, nos mantiene en una alarmante pobreza relativa. Con la repartición llegó además un todo un aparato burocrático. Igual que ocurre hoy, al que no sedujeron con dádivas, lo compraron con contratos.

Lo que sí ha cambiado, y mucho, es el panorama que alentó el crimen del coloniaje. La desmilitarización de Puerto Rico ha despojado a nuestra isla del mayor encanto que tenía para los norteños. Los privilegios contributivos que mantenían al lobby corporativo de centinelas de la colonia, se extinguieron con la desaparición de la sección 936. Pero el elemento que ni la asimilación ni la compra de conciencias pudo hacer desaparecer ha cobrado nueva importancia ante los ojos norteamericanos: nuestra identidad como nación caribeña y latinoamericana. En el escenario internacional que en este siglo pauta la visión de los Estados Unidos, tienen un espacio protagónico las relaciones con la América al sur del Río Grande, la misma América que reclama a Puerto Rico como parte de los suyos, con un idioma, una historia y una idiosincrasia común y claramente distinta a la de los Estados Unidos. Lo que persigue, entonces, el apoyo manifestado por esos grandes de las letras de América Latina y el Caribe es mucho más que hacer constar una expresión de simpatía: es la voz de lo más granado de nuestra identidad -- aquello que, antes que cualquier postura política, es lo primero que nos define—haciéndose una con la de los que clamamos por la libertad, en un mensaje directo a los Estados Unidos. Porque al decir de Neruda, al acompañarnos, son.

“Pues el destino de la estrella es brillar”, escribió Thiago de Mello a orillas del Río Andirá, en su Amazonas natal, en la primera madrugada del milenio presente. Y el profundo cambio de circunstancias que al fin se da, anuncia que así brillará la nuestra, hoy cautiva tras las barras de la otra que le hace sombra. Su destino es el brillo de la libertad.