No tenía idea de quién era Juano Hernández, hasta que en agosto de este año, recibí una carta de un maestro de escuela elemental de Mayagüez, Luis Ramírez Mas, explicándome que en la página cibernética “Find a Grave” con la que él colabora, un español había preguntado “dónde descansan los restos de Juano Hernández, el primer actor puertorriqueño, de raza negra, que trabajó en el cine de Hollywood”. Tras varias llamadas, se enteró de que la tumba de Hernández estaba en muy malas condiciones, y que no había sido reposeída aún gracias a que la encargada de esos asuntos en el cementerio, había retrasado el trámite, confiada en que aparecería quien respondiera por los años de mantenimiento atrasado. En su carta, el profesor Ramírez me pedía que tomara acción para que los restos de Juano Hernández pudieran tener un lugar digno.

Fue el Lcdo. Gilberto Concepción Suárez quien me relató entonces la historia fantástica de Juano, que luego aderezarían con más detalles el grupo que fuimos formando: Jacobo Morales, Orvil Miller, Edgardo Huertas, Benjamín Pagán y Juan Ortiz Jiménez.

Nacido en Puerto Rico (se estima que para el 1896), de padre boricua y madre brasileña, Juano llegó a temprana edad a Río de Janeiro. Huérfano, se crió en las calles, actuando y cantando, hasta que, en la mejor tradición peliculera, se fue con el circo. Estuvo en México y en La Habana. Fue boxeador—era alto y corpulento— con el nombre de “Kid Curly”. Llegó a Estados Unidos sin saber palabra de inglés y en poco tiempo adquirió tal destreza en el idioma que se convirtió en actor de teatro y radio y más tarde, en profesor de dicción. Los que le conocieron cuando su regreso a Puerto Rico, cuentan que, recitando a Shakespeare, se transfiguraba él e hipnotizaba a los que escuchaban. En 1927 se inició en Broadway como parte del coro de Showboat, producción con la que más tarde viajaría a Europa. Recorrió el sur de los Estados Unidos con una compañía teatral y en 1933, dirigió John Henry, la primera producción totalmente afroamericana transmitida por una cadena principal, la CBS. Luego trabajó en We Love and Learn, la primera radionovela con un elenco compuesto en su totalidad por negros. Colaboró con el legendario Orson Welles en The Shadow. Se convirtió así en una de las voces más cotizadas de la radio de Estados Unidos.

Juano comenzó a actuar en el cine a principios de la década del ’30. Para entonces, los negros sólo podían aspirar a aparecer en películas “de blancos”, figurando de cantantes, bailarines o sirvientes. Para combatir esa condena a papeles juglarescos, nació una industria de cine negro: productores negros, actores negros, con historias que sólo se proyectaban en comunidades negras. Así, la figura imponente de Juano se vió en pantalla por primera vez en The Girl from Chicago, bajo la dirección de Oscar Michaux y luego en Harlem is Heaven y Lying Lips.

Sería precisamente ese negro puertorriqueño, el de la tumba abandonada y sin lápida, el que rompería la vergonzosa tradición del racismo más descarnado en el cine norteamericano. Altivo, macizo, los ojos inmensos y la voz profunda, el Lucas Beauchamp encarnado por Juano en Intruder in the Dust (adaptación de la novela de William Faulkner) no sólo marca la primera ocasión en que un negro ocupa un lugar dramático protagónico (acusado injustamente de matar a un blanco), sino que se convierte en el opuesto de lo hasta entonces aceptable en un negro. El Lucas de Juano es desafiante, casi cínico y aun condescendiente con el muchacho blanco al que le salva le vida y que se debatirá toda la película entre el agradecimiento por el acto salvador de Lucas y el desprecio aprendido hacia los negros. Por este papel, Juano fue nominado al Golden Globe, y ganó reconocimientos en Europa. Irónicamente, durante el rodaje en el pueblo de Oxford, Mississippi, Juano y los demás actores negros tuvieron que sufrir su parte del racismo que la película buscaba denunciar. No se le permitió a los negros que se alojaran en los mismos hoteles que los actores blancos.

En el 1955, Juano, marcaría otro hito, haciendo en The Trial del primer juez negro de la pantalla estadounidense, ante el cual postula el abogado personificado por Glenn Ford. Trabajó junto a Kirk Douglas y Lauren Bacall en Young Man with a Horn, con Sidney Poitier en The Mark of the Hawk y con Steve McQueen en The Rivers, entre otros. En televisión, figuró en Medallion Theater, Studio One y Alfred Hitchcock Presents. Juano, el casi olvidado, fue quien abrió las puertas a toda una generación de actores negros en el cine de Estados Unidos.

No sólo en sus caracterizaciones Juano encarnó la fortaleza y la resistencia en tiempos difíciles. En contraste con otros, Juano se negó a colaborar con la cacería de brujas macartista, y pagó por ello con una importante merma en ofertas de trabajo.

Regresó a Puerto Rico, y estableció una academia de actuación en su finca de Trujillo Alto, El Platanal. Haciendo bueno el refrán de que nadie es profeta en su tierra, tuvo poco éxito aquí y regresó a los Estados Unidos. Retornó a la isla para impartir talleres de actuación y dicción en la Universidad de Puerto Rico. Murió en julio de 1970, dejando inconcluso, por falta de financiamiento, un proyecto para filmar la vida de Sixto Escobar.

Que la vida de Juano Hernández sea tan poco conocida entre sus compatriotas es algo más que un agravio a su memoria: es negarnos a nosotros mismos el orgullo de contar como uno de los nuestros a un actor de primera, y según recuerdan con afecto los que le conocieron, un individuo extraordinario. En los últimos años, se han realizado varios esfuerzos para rescatarlo del olvido: ediciones de Autógrafo y de Prohibido Olvidar, artículos, recopilación de sus películas y documentos sobre su vida y trabajo. Del mantenimiento de su tumba se ha hecho cargo por el momento la Asociación de Productores de Cine. Desde que anunciamos la constitución del Comité a la memoria de Juano Hernández, muchas personas se nos han acercado con información y anécdotas. Es hora de recopilar todo el material disperso y producir un documental definitivo sobre Juano; de proyectar sus películas a una nueva generación y de reconocerle en un espacio público del país.

Al final de Intruder in the Dust, ya esclarecido el crimen y liberado Lucas Beauchamp, su abogado comenta “No era Lucas quien estaba en problemas, éramos nosotros”. Pasa lo mismo con la memoria de Juano. Será nuestra pérdida si persistimos en el injusto castigo del olvido.