Como en las historietas aquellas del mundo al revés, en que el ratón persigue al gato y la lluvia va del suelo al cielo, Aníbal Acevedo Vilá y el Partido Popular Democrático se han autoproclamado paladines de la nacionalidad y campeones de la soberanía. Partiendo de la "nueva realidad" que el presidente del PPD describió en la asamblea del domingo, los progenitores de la colonia, los promotores de la unión permanente con los Estados Unidos, los verdugos del independentismo, ahora iniciarán una serie de "nuevos movimientos" para demostrar que "aquí mandan los puertorriqueños". El alcalde de Caguas se ofreció ya para hacer de apóstol de esta gran empresa, lo que supongo hace de su jefe un recién encarnado mesías. La farsa es tan evidente como encargarle al Ku Klux Klan la defensa de la igualdad racial.

Lo primero que hay que preguntarse es qué tiene de nueva esa realidad para cualquiera que haya vivido en este país. Parece que a Acevedo Vilá, que con tanto afecto evoca la década del 50 y a su maestro Luis Muñoz Marín, se le olvida que las grandes persecuciones políticas de esa época respondieron a la estrechísima colaboración entre el gobierno local y las entidades federales como el FBI, la COINTELPRO y la CIA. Pero como eran para encarcelar independentistas, no eran intervenciones indebidas del gobierno de los Estados Unidos. Tampoco le parecía indebido el bombardeo al que por sesenta años sometió la Marina a Vieques, y por más que ahora busque ganar indulgencias con escapularios ajenos, nunca se le escuchó tronar contra los fiscales federales que acusaban desobedientes civiles. De hecho —para aquellos que como el papagayo repiten que ahora Acevedo está en contra de la presencia en Puerto Rico del tribunal federal— en la asamblea tuvo el cuidado de puntualizar que el problema con ese tribunal no es que opere aquí como el brazo jurídico del sistema colonial, ni que su trabajo sea aplicar leyes aprobadas por un gobierno extranjero; todo depende, según él, de "aquellos que se nombren". Poco más, solo un poco más, y se le escapa un suspiro de nostalgia por aquellos buenos tiempos de Guillermo Gil y Bert García.

El tema del precio de la leche ahora lo hace encenderse, pero ni como comisionado ni como gobernador tuvo esos arrebatos de láctea indignación ante lo oneroso que nos resultan las leyes de cabotaje y la regulación del comercio interestatal. En el Coliseo garantizó su compromiso con la Asamblea Constituyente, pero cuando tuvo en su escritorio el proyecto de status —que incluía la disposición para una Constitucional de Status— lo vetó a pesar de haber prometido que lo firmaría. Y del tema de Filiberto Ojeda, sería mejor no tener que hablar, porque hay pocas cosas más vergonzosas que valerse de un patriota asesinado para pretender legitimar las causas contra las que ese mártir luchó, sobre todo cuando su gobierno fue primero colaborador activo y luego encubridor decidido de ese crimen.

Para los que quieren, por sus particulares razones e intereses, hacerle el juego a Acevedo y a todo lo que él representa, la asamblea del domingo les dio material abundante para continuar con su patético papel de lacayos del colonialismo. Para los independentistas, lo que ocurrió allí es la muestra de que, tristemente, en política hay personas cuyo cinismo no tiene límite. Diría más; lo burdo del montaje y lo falso de las promesas recalentadas son evidentes para todos los que batallan en un país con las realidades de las que el presidente de la pava parece que acaba de darse cuenta. ¿Cómo es que ahora se declara el gobernador abanderado de la lucha por la justicia social a favor de las jefas de familia, los adictos y los que sufren padecimientos mentales? Ha sido, después de todo, bajo su mandato, a su iniciativa y en contra de la palabra que había empeñado en la campaña electoral, que se impuso el IVU, aun cuando quedó demostrado en las vistas públicas que las más afectadas serían las mujeres trabajadoras que en muchas instancias son el único sustento de su hogar; ha sido su gobierno quien le ha cerrado las puertas a los intentos de promover un acercamiento salubrista al tema de las adicciones y no de macaneo y abuso contra los drogodependientes, y ha sido bajo esas administraciones en que más duro ha sido el golpe de los racionamientos de servicios y medicamentos para los pacientes de salud mental.

Yo no sé si Aníbal Acevedo Vilá es culpable o inocente de los diecinueve cargos de los cuales lo acusa el gobierno con el que su partido aspira a la unión permanente. No tengo manera de saber si, en efecto, utilizó sus posiciones y su partido para poner a disposición del mejor postor su poder como funcionario electo. De lo que no hay duda alguna es de que, en su larga carrera política, ha hecho de la mentira su vocación, de la proyección engañosa su forma de vida y del colonialismo más recalcitrante su credo. Contra esos cargos, el presidente del PPD no tiene defensa, y su montaje del domingo es la prueba incontrovertible. En sus palabras no hay ni verdad ni patriotismo, sólo engaño y patriotería hueca; todo tan falso y absurdo como en un cuento del mundo al revés.