En treinta y cinco días el país regresará a las urnas a decidir quiénes dirigirán el rumbo de Puerto Rico por los próximos cuatro años. El arranque de esta etapa final de la campaña lo marcará el primer debate televisado de los cuatro candidatos a la gobernación. Se discutirán los temas de status, corrupción, economía, y agricultura y ambiente.

Y si bien los debates son la oportunidad de ver en conjunto a todos los aspirantes y de hacer esa comparación cara a cara, a estas alturas no creo que quede quien pueda llamarse a engaños sobre lo que es y representa cada uno de los candidatos.

De verdad, ¿qué pueden decir Fortuño y Acevedo en su par de minutos en el turno sobre economía que sea más elocuente que su contubernio para la imposición del IVU? Nadie necesita mayores explicaciones para entender que el candidato azul ha sido toda la vida y seguirá siendo, al igual que Acevedo, un aliado incondicional de los intereses privilegiados, con una sensibilidad nula hacia la situación (yo diría, hacia la mera existencia) de los más marginados.

Cuando ningún otro asunto local parecía haberle importado lo suficiente, allí estaba Fortuño, durante el cierre gubernamental del 2006, cabildeando por el IVU a altas horas de la noche en las oficinas legislativas, y sus legisladores dirigieron la aprobación de la nueva ley de incentivos, que privará al tesoro público de decenas de millones de dólares, con la correspondiente falta de recursos para darles servicios a los que más necesitan.

En cuando al bando rojo, todos hemos sido testigos del derrumbe progresivo de las finanzas gubernamentales en los ocho años en los que el aspirante por la pava ha sido comisionado residente y gobernador. Juró que no aprobaría ningún impuesto al consumo, y terminó firmando —y defendiendo a brazo partido— la legislación del IVU.

Su gobierno ha llevado al país a un nivel casi insostenible de deuda pública, y mientras repúblicas latinoamericanas como Panamá y Chile crecen al ocho y nueve por ciento anual, nuestro índice de desarrollo sólo alcanza un vergonzoso punto ocho por ciento (0.8%).

En el asunto de corrupción, nadie espera grandes revelaciones de un ex funcionario de la administración Rosselló, que a pesar de proclamar que la apariencia de limpieza es un asunto de principios, permitió que permaneciera en papeleta un alcalde con serios señalamientos.

Acevedo llega al debate con la tinta aún fresca sobre la determinación en contra de su antigua secretaria de la gobernación, quien utilizó un puesto público para exigir de sus empleados contribuciones al PPD, un ex candidato acusado por obtener ilegalmente dinero para su campaña de manos de un contratista, y sus dos docenas de acusaciones, formuladas por el tribunal extranjero que él tanto ha defendido.

En el tema de status, es fácil predecir el turno de Acevedo: lamentará el abuso de ciertos fiscales federales, como añorando los tiempos en que ese tribunal sólo perseguía por razones ideológicas a los independentistas y, por delitos como los que le atribuyen a él, a los estadistas.

Insistirá en su Asamblea Constituyente de mentira para darle un lavado de cara al ELA y negará, aun bajo tortura, que se pueda llamar colonia a un sistema en el que las leyes de un país sean impuestas sobre otra nación, en el que los funcionarios de los Estados Unidos pueden tomar por asalto el Capitolio y en el que su gobierno le facilitó al FBI los mapas para que localizaran la residencia de Filiberto Ojeda y pudieran asesinarlo con la comodidad que les dio el cordón protector de la Policía de Puerto Rico.

Fortuño, por su parte, pensará que se apunta un tanto hablando de la consideración congresional a su medida de estatus, pero nada podrá hacer para explicar que la mera amenaza de la mención de la estadidad como opción en una votación local será siempre la píldora venenosa para la cual no existe antídoto. La única verdad absoluta en el bando azul en el tema de status es que la estadidad es un espejismo, y de eso no hablará su candidato.

Sobre la agricultura y el ambiente, nos podríamos ahorrar par de minutos del debate del miércoles si se le permite a Fortuño y a Acevedo consumir un turno conjunto que resuma su afinidad en el sabotaje al Plan de Uso de Terrenos, el desmantelamiento del Departamento de Agricultura, su silencio ante la siembra indiscriminada de cemento y su endoso común a la dependencia energética de fuentes no renovables y no producidas por nosotros.

Porque la gran ironía del debate —y de toda la campaña— es que esos candidatos, con una trayectoria que los certifica como auténticos dinosaurios del quehacer político, pretendan presentarse como opciones de futuro.

En contraste con el fracaso probado de unos y la absoluta inconsecuencia del otro, el candidato por el PIP, el Dr. Edwin Irizarry Mora, reiterará lo que el país ya también sabe: que sus propuestas son la única apuesta segura a un futuro de progreso, que es el único con la capacidad de dirigir al país a un verdadero proceso de descolonización que nos permita unirnos al mundo, y que a su cátedra de economía puede sumar la lección que ha dado en toda su vida política de lo que es un debate de altura, con contenido y con una comprensión real de lo que vive el país.

Por todo eso, el debate de esta semana, y los debates próximos, son importantes no sólo en la medida en que permitan a los candidatos certificar lo que el país sabe o intuye: los debates importan porque obligan al electorado a enfrentarse en vivo y a todo color a su responsabilidad de escoger sabiamente.

Este miércoles, paralelamente a las disertaciones de los candidatos, cada puertorriqueño y puertorriqueña tendrá que pasar revista a sus aspiraciones y convicciones y temores, y decidir qué hacer con ese balance.

Son cuatro candidatos, pero sólo dos opciones; la de hacerse cómplice de los entreguistas, demagogos o incapaces, y la otra, la de votar por el candidato que tanta gente de todas las ideologías reconoce como el mejor.

El otro debate, el que persistirá cuando los candidatos se retiren del podio y se apaguen las cámaras de televisión, tendrá lugar en la conciencia y el corazón de los que vayan el cuatro de noviembre a declarar lo que quieren para Puerto Rico.