La cultura política de un pueblo consiste en las ideas, las opiniones y las actitudes que sobre la política prevalecen en ese pueblo.

Es evidente que la cultura política prevaleciente en Puerto Rico, por lo menos en el último medio siglo, es una cultura anti-independentista. No es raro que así sea en un pueblo donde ha imperado la dependencia creciente y la represión y el discrimen contra los independentistas y contra la idea misma de la independencia.

Pero ni aquí ni en país alguno han sido la dependencia y la represión suficientes para sostener la colonia. También ha sido necesario tratar de encubrirla con un manto de respetabilidad. En el mundo moderno nadie se enorgullece del colonialismo.

Para lograr ese propósito, a finales de los años 40 y principios del 50, el gobierno de Estados Unidos se confabuló con el liderato del PPD en un intento de engañar al mundo diciendo que Puerto Rico ya no era colonia sino un Estado Libre Asociado. Encarcelaron a los nacionalistas y a prácticamente todo el liderato de base del PIP, excluyeron las opciones de la independencia y la estadidad para forzar el consentimiento a la colonia, y Estados Unidos coaccionó a las Naciones Unidas para no tener que rendir más informes sobre la colonia de Puerto Rico.

Sobre la dependencia extrema, la represión y el engaño del ELA se cimentó en Puerto Rico la cultura política anti-independentista.

Ante esa realidad, ante esa corriente avasallante, para el independentismo ha constituído una proeza mantenerse firme en la lucha, no dejarse arrastrar por el río. Pero hay que hacer más. El independentismo tiene que ponerse como meta alterar la corriente, cambiar las reglas del juego.

Hacia ese fin el PIP ha dirigido gran parte de sus esfuerzos durante muchos años. De cambiar las reglas del juego y alterar la corriente es que se ha tratado el proceso plebiscitario.

De eso se trató el plebiscito del 1993 y de eso se trata la consulta que ahora se propone. Porque los plebiscitos, sean vinculantes o no, son procesos políticos que generan consecuencias políticas reales. El plebiscito del 1993, por ejemplo, sirvió de estímulo para que se desencadenara el proceso de los últimos años, para que el Congreso, la Casa Blanca y el pueblo puertorriqueño se involucraran de lleno en el problema del status.

Para seguir profundizando y promoviendo ese proceso el PIP cuenta como aliado con el enorme descontento que existe en Puerto Rico con la colonia del ELA y que incluye a la gran mayoría de nuestro pueblo: a los independentistas, a los estadistas y a los crecientes sectores del estadolibrismo que impulsan la libre asociación.

En ese contexto, los independentistas hemos en ocasiones coincidido con los estadolibristas y en otras con los estadistas para promover que cambien las reglas del juego. Del 1989 al 1991 impulsamos en el Congreso de los EU junto al PPD un proyecto plebiscitario y aquí en Puerto Rico, por iniciativa nuestra, el referéndum de derechos democráticos del 1991. Del 1993 al presente hemos promovido, al igual que el PNP, el plebiscito del 1993 y el proceso del Proyecto Young. Contrario a otros partidos que van y vienen, el PIP es el único que desde 1989 ha estado propulsando de forma entusiasta los procesos plebiscitarios tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos.

La razón para esa estrategia y para ese entusiasmo es sencilla: el proceso de definición conviene a la independencia. Como anticipó don Pedro Albizu Campos, la independencia se adelanta promoviendo un proceso que ponga a los puertorriqueños a escoger entre ser "yanquis o puertorriqueños". También es parte importante de la estrategia forzar a los Estados Unidos a definirse; para que descarten un ELA colonial que tarde o temprano los obligará a enfrentar una petición de estadidad por parte de una nación latinoamericana y para que comiencen a abrir la puerta de la soberanía. El gran peligro para la independencia es que continúe solapadamente el proceso de asimilación bajo el ELA. En un futuro, cuando bajo el ELA colonial sigan multiplicándose los estadistas, el costo de detener la estadidad será mucho mayor. Por eso hay que enfrentar a los Estados Unidos ahora.

La historia de los últimos años ha confirmado la corrección de la estrategia del PIP y nos ha dado la razón. El ELA se ha desprestigiado; todos los días se hacen más evidentes los impedimentos prácticamente insalvables a la estadidad-como comprueba la propuesta del Senador Murkowsky comienza a reivindicarse la independencia como alternativa de prosperidad y democracia. El proceso plebiscitario ha sido todo ganancia para la independencia.

El plebiscito o consulta que se perfila servirá para profundizar el proceso de definición y para educar y concientizar a nuestro pueblo sobre la independencia en un momento en el que el país entero está atento y cuando los vientos empiezan a soplar a nuestro favor. No será, por supuesto, el proceso ideal, pero en política lo perfecto no puede convertirse en enemigo de lo necesario.

En el plebiscito, cada voto por la independencia será un testimonio de fe en nuestro ideal, y mientras más independentistas voten, más fortalecida saldrá la independencia. El voto por la independencia es el que cuenta para combatir la estadidad; es el voto que los americanos entienden y respetan, es el veto a la estadidad; y es también el voto de repudio a la colonia.

Cada voto por la independencia tendrá el efecto de reducir porcentualmente los votos por la estadidad y por el ELA, y cada voto que se le niegue a la independencia beneficiará a las fórmulas de unión permanente porque aumentaría el porciento de ambas. La no participación de los independentistas sólo serviría para garantizar el triunfo por más de 50% de la estadidad o la colonia.

Los independentistas vamos al plebiscito para cambiar las reglas del juego, para alterar la corriente, para abrir brecha, para modificar actitudes, para vencer prejuicios, para cambiar la cultura política anti-independentista que prevalece en Puerto Rico. Vamos al plebiscito para adelantar la independencia. Ese es el camino que dicta la razón, que confirma la experiencia y que fortalece la esperanza.