Discurso de Rubén Berríos
leído por Fernando Martín en la
Graduación del Recinto de Humacao de la UPR

Quiero agradecerles la invitación para dirigirme a ustedes y através de ustedes a toda una generación de jóvenes, puertorriqueños y puertorriqueñas que se sienten orgullosos de su única patria y nación.

Ustedes son la primera clase graduanda del nuevo siglo. Ustedes pertenecen a una generación que a través de la lucha de Vieques cobró plena conciencia de su dignidad como puertorriqueños, jóvenes que no se arrodillan ante ningún poder extranjero, que sólo se arrodillan ante Dios.

            Es para mí, por lo tanto, un privilegio que me hayan invitado a dirigirles estas palabras y me siento particularmente honrado porque lo hago desde la cárcel federal.

            A la generación de ustedes les toca la difícil pero gloriosa misión de construir el PR del siglo 21. El futuro sólo puede construirse cabalmente si se asienta sobre el pasado. “El pasado es prólogo”, sentenció uno de los grandes escritores de la humanidad.

            Yo siempre he luchado por el futuro, pero sé que “quien no echa raíces no puede dar fruto”. Sé que si no estamos bien afincados, si no aprendemos las grandes verdades y enseñanzas del pasado, no resistiremos la primera ventolera.

            Compete a cada uno aplicar y ajustar esas verdades y esos principios a su propia vida. Usen para ello su razón y sobre todo su imaginación. El más grande científico de la era moderna Albert Einstein enseñó que “La imaginación es más importante que el conocimiento”.

            La imaginación y mis recuerdos me llevan al tope de la montaña del Asomante, en la finca de mi abuelo en Aibonito. Desde allí, de niño, junto a él, contemplaba, a lo lejos, la costa sur de PR; desde Salinas hasta la isla Caja de Muertos, frente a Ponce.

            Desde entonces también he conocido otros paisajes junto a otros seres queridos; desde la furia embravecida del Cabo de Buena Esperanza en el sur de Africa junto a mi hermano el insigne dominicano José Francisco Peña Gómez quien ya está “más allá de las puertas del misterio”; hasta el raudal de las cataratas del Iguazú entre Argentina y Paraguay, “el foetazo de un torrente como el gesto de una cólera salvaje”, junto al ángel que me acompaña en la vida.

            Desde Asomante hasta hoy ha transcurrido “el tiempo” que como intuyó el poeta Juan Ramón Jiménez “es el paso de nuestra conciencia por la eternidad”.

            En el día de hoy quiero comunicarles algo de lo que ha podido aprender mi conciencia al dar su paso en la eternidad. Espero que el eco de ese paso les sirva para bien.

            Los seres humanos aprendemos, antes que nada, de nuestro entorno inmediato; de nuestras familias, de nuestros amigos y vecinos. Luego, por experiencias, por relatos, por estudios, aprendemos de la patria, del mundo, del universo y de la eternidad.

            Afortunadamente, gran parte del equipaje moral, de la brújula para la vida, lo adquirimos desde pequeños a través del ejemplo, de las buenas costumbres, de la religión o de los instintos hacia el bien con los que venimos equipados al nacer.

            Desde la perspectiva de nuestra milenaria tradición cristiana, pocos han reconocido esa realidad con mayor sensibilidad y profundidad que el novelista ruso Bonis Pasternak cuando a través de uno de sus personajes dijo: “No fue hasta…la llegada de Cristo… que el hombre empezó a vivir con visión de futuro. El hombre ya no muere en una cuneta como un perro sino en el lecho de la historia mientras el trabajo de conquistar la muerte se encuentra en pleno apogeo; muere en esa faena”.

            A los que nacimos en esta tierra nos enseñaron desde jóvenes los principios que se resumen en las Bienaventuranzas:

  • “Bienaventurados los mansos porque ellos recibirán la tierra por heredad”.

  • “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados”.

  • “Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios”.

  • “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

            Todos esos principios y enseñanzas las recibimos sin necesidad de salir de nuestro hogar o de nuestro pueblo. Son parte de nuestra cultura, son los preceptos que nos deben orientar si aspiramos a convivir como seres humanos.

            Si de la familia y el entorno inmediato llegan los principios de nuestra conducta más íntima y personal, poco después –o al mismo tiempo- comenzamos a adquirir los preceptos para orientarnos en nuestras obligaciones para con la sociedad en que vivimos.

            El padre de la historia, Herodoto, cuenta que Creso, el hombre más rico de su época, engreído por su riqueza, le preguntó a Solón si conocía de algún hombre verdaderamente dichoso. Solón, “enemigo de la lisonja y que solamente conocía el lenguaje de la verdad”, contestó: “Tello el ateniense”, que era como contestar: “Juan del Pueblo”. Y las razones que dio fueron sencillas: “la una, porque floreciente su patria, vio prosperar a sus hijos, todos hombres de bien, y crecer a sus nietos en medio de la más risueña perspectiva; y la otra, . . . le cupo la muerte más gloriosa . . . .” al dar su vida en defensa de la patria. Del individuo, a la familia, a la patria.

            La clave de la felicidad es sencilla; cuidar a la familia y hacer lo que esté a nuestro alcance por el bienestar de la patria.

            Para lograr esa meta hay que esforzarse. Todos tendremos que rendir cuentas algún día. La regla es clara: el que tiene poco y da lo que tiene, tiene mayor mérito que el que tiene mucho y da lo que sobra.

            Pero también hay que tener fe en la propia capacidad y en la capacidad del propio pueblo.

            Narra la historia que en los tiempos antes de Cristo, los generales de Ciro, Rey de Persia, lo increparon preguntándole por qué no abandonaban su país y se mudaban a una de las muchas tierras por ellos conquistadas, más fértiles que su país natal.

            Ciro les dijo que podían irse pero que recordaran que no había tierra que produjera a la vez “frutos regalados y valientes guerreros”. “Adoptaron luego los persas la opinión de Ciro, y corrigiendo la suya propia, desistieron de sus intentos, prefiriendo vivir mandando en un país áspero que ser mandados disfrutando del más delicioso paraíso.”

            ¿Qué significa esa enseñanza para ustedes como jóvenes puertorriqueños?

            Ustedes se gradúan hoy. Ustedes pueden contestarse esa pregunta. Para eso se educaron, para creer en ustedes mismos.

            Jóvenes; puertorriqueños y puetorriqueñas; faltaría a mi obligación si en este día no les recordara la necesidad de poner la acción al servicio de la palabra. Sin la acción, como nos enseñó José Martí, el libertador de Cuba, la palaba se convierte en una “coqueta abominable”. Don Pedro Albizu Campos también pensaba igual — por eso le señaló con ternura a un jóven puertorriqueño que le contaba de sus planes futuros, “cuando se trata de la patria, el verbo se conjuga en pasado. Dime lo que hiciste; no lo que vas a hacer.”

            Separen de su espíritu la pretensión, la falsa modestia, la vanagloria. Recuerden a Jesús “cuando des limosna no lo publiques al son de trompetas como hacen los hipócritas — no debe saber tu mano izquierda lo que hace tu derecha.” Usen su imaginación y busquen la compasión, la piedad, el amor, la belleza, la fe, pero recuerden que sin la acción las virtudes se quedan suspendidas en el aire, como “abierta red en el sin fin sin fondo”, al decir del poeta.

            La Biblia en Santiago nos enseña: “La fe sin obras está muerta.” Y Martí exaltando la acción, aun sobre la poesía, contaba que los patriotas cubanos en la manigua “compartían el chiste certero y abundante” y “rimaban mal a veces . . . [pero] . . . morían bien.” Ámen, sonrían y pongan la palabra y la acción en el mismo lugar.

            Cuando llegué a esta cárcel en donde me encuentro, ví desde la ventana de mi celda, en la distancia, la bahía de San Juan y la zona de Santurce. Allí se encuentra mi hogar.

            Me acordé de todos los paisajes de mi vida; Asomante, Buena Esperanza, Iguazú, y sobre todo del que se divisa desde la zona restringida en Vieques en donde por un año entero tuve el privilegio de contemplar a lo lejos a mi querido Puerto Rico.

            Toda mi vida… en mi imaginación… desde una ventana… en la cárcel. Imaginarme a mi patria libre, digna y justa, con vocación de humanidad y poner mi acción al servicio de esa fe. Esa ha sido mi vida.

            De ahora en adelante, la responsabilidad es tanto de ustedes como mía. En la construcción de esa patria libre, digna y justa no estamos solos. Somos parte de la gran nacionalidad latinoamericana con amigos en el mundo entero.

            Nosotros, con nuestra fuerza moral, hemos doblegado a la Marina del país más poderoso del mundo. Esa es la herencia que ha sido legada a esta generación. ¡Hónrenla! ¡No den un paso atrás! ¡Tengan fe! ¡Recuerden a Martí: “Para ser grande, basta con intentarlo”!

            Muchas gracias.