Tomada del libro: Nacionalidad y plebiscito

Esta ponencia fue la última que presentó el PIP en el proceso congresional de 1989-1991. Fue presentada ante el Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado cuando se consideraba el proyecto S. 244 del nuevo Congreso 102. Este nuevo proyecto recogía, con algunas modificaciones, las disposiciones del S. 712 del Congreso 101.

La ponencia contiene un recuento del desarrollo del concepto de las nacionalidades a través de la historia. Plantea la situación potencialmente explosiva que constituiría la existencia de una nacionalidad distinta en contraposición a una minoría étnica dentro del cuerpo político de Estados Unidos, reiterando y ampliando el mensaje del artículo, "Puerto Rico: ¿Lituania al Revés?", publicado en el Washington Post casi un año antes.

Más importante aún, plantea el tema de la nacionalidad puertorriqueña como la razón esencial que habrá de determinar la futura relación política entre Estados Unidos y Puerto Rico. Es en última instancia esa nacionalidad puertorriqueña el veto a la estadidad y el fundamento de la futura independencia.

 

El Proyecto del Senado 244, ante la consideración de este Comité, confronta al Senado de Estados Unidos con los aspectos cruciales de etnia y nacionalidad que plantea el caso de Puerto Rico.

 

Tanto para Estados Unidos como para Puerto Rico están planteados asuntos vitales.

El asunto fundamental para Estados Unidos es qué tipo de relación jurídica y política está dispuesto a contraer con un pueblo que constituye una nacionalidad históricamente distinta, que habita un territorio distinto y separado, que habla una lengua diferente, que aspira a preservar una identidad propia, y cuyos habitantes resultan ser -aunque no por elección propia- ciudadanos de Estados Unidos.

La forma cómo el Congreso maneje este problema tendrá efectos profundos y duraderos para Estados Unidos, tanto interna como internacionalmente.

El asunto fundamental al que se enfrenta el pueblo de Puerto Rico es si tiene un futuro como una nacionalidad distinta o si, a la larga, será integrado o asimilado como estado de la Unión Americana.

Para Puerto Rico está en juego su propia existencia como pueblo.

Esto no significa que otros aspectos de la medida no sean importantes. Pero como nuestros puntos de vista sobre los mismos ya son materia de récord ante éste y otros comités, me centraré hoy en los asuntos trascendentales a los que he hecho referencia. Sin embargo, estoy en la mejor disposición de tratar cualquier otro aspecto del proyecto durante el período de preguntas y respuestas.

Quiero, no obstante, aun a riesgo de repetir, comentar para el récord sobre dos aspectos de la medida en torno a los cuales podría ser malinterpretado si mantuviera silencio.

Antes que nada, en tomo al concepto de "rechazo estratégico2 contenido en la Sección 312 del Título III, quiero decir que sería un acto insensato por parte de Estados Unidos tratar de obtener del pueblo de Puerto Rico una renuncia previa a futuros ejercicios de soberanía, como condición para la independencia. Puerto Rico no es un territorio en fideicomiso de Estados Unidos, 3 por lo cual son totalmente injustificados en el caso de Puerto Rico conceptos que pudieran ser aplicables en otras jurisdicciones.

Todo asunto concerniente a las relaciones de la futura República de Puerto Rico con terceras partes tiene que ser de su exclusiva jurisdicción.

Aunque no debe haber duda de que las relaciones entre Puerto Rico y Estados Unidos serán tanto estrechas como amistosas, no es éste momento para revivir versión alguna de la desacreditada Enmienda Platt.

En segundo lugar, quiero referirme a la ausencia de un calendario para la consideración de los resultados del referéndum por parte del Congreso. Esto constituye una debilidad manifiesta de esta medida. Si el proceso produce una fórmula con la mayoría requerida, es imperativo que el pueblo de Puerto Rico conozca para una fecha cierta qué acción ha tomado el Congreso en respuesta a esa petición. Si para una fecha específica futura el Congreso no ha actuado, la legislación debe contener un mecanismo que entonces entraría en vigor para solucionar el problema del status. 4

De igual forma, si aún después de una segunda vuelta el proceso no arroja una mayoría absoluta, tiene que legislarse ahora un mecanismo alterno para asegurar que no se estanque el proceso, conducente a la solución final del status. 

Los miembros de este Senado deben estar conscientes de las graves implicaciones del caso de Puerto Rico. La existencia de una nacionalidad distinta -en contraposición a una minoría étnica- dentro del cuerpo político de Estados Unidos, plantea una situación potencialmente explosiva que constituye un nuevo tipo de problema para Estados Unidos, aunque en otras partes es un viejo problema que ha angustiado por siglos a algunas naciones estados.

Uno de sus colegas, el senador Daniel Patrick Moynihan, ha reconocido plenamente las profundas implicaciones de este asunto cuando planteó ante el Se nado, el 24 de mayo de 1990: 

A fin de cuentas, los grandes asuntos planteados aquí son cívicos, no económicos. ¿Quieren los puertorriqueños convertirse en americanos? Porque eso es lo que implica ineludiblemente la estadidad. Eso es lo que trae la estadidad. ¿O quieren preservar una identidad separa da?5

El hecho, si no el concepto mismo de nacionalidad es tan viejo como la historia y constituye hoy una de las más poderosas fuerzas de la humanidad. Es por lo tanto imperativo que ustedes cobren conciencia cabal de la naturaleza de la cuestión de la nacionalidad antes de que entiendan en el caso de Puerto Rico.

Para comenzar debemos reconocer la distinción fundamental entre lo que en su origen significaban los conceptos de nación y nacionalidad, que se refieren básica mente a una entidad social y cultural, y el concepto de nación estado, que se refiere a una organización político territorial que pudiera estar compuesta de una o varias nacionalidades.

La definición clásica de nación es aquella incluida en el diccionario de la Academia Española desde 1925 y cito: "Una colectividad de personas que tiene el mismo origen étnico y que, en general, habla un lenguaje común y posee una tradición común".

Otras características comúnmente asociadas con la nación o con la nacionalidad son territorio, historia, símbolos y rituales comunes y fidelitas, o lealtad primaria a la nacionalidad. Por eso es que en las lenguas romances, de las que son indígenas las palabras nación y nacionalidad, la raíz de esas palabras se refiere a origen o ascendencia; natio, en latín.

Herodoto, por ejemplo, consideraba a los griegos un solo pueblo, porque, aún careciendo de unidad política, tenían origen y ascendencia comunes, lengua común, costumbres, modo de vida y dioses comunes.

Contrario al concepto de nacionalidad o de "pueblo", la nación-estado moderna es producto de la Europa posterior al siglo 17.

Para fines del siglo 18 y comienzos del siglo 19, principalmente como consecuencia de las revoluciones francesa y americana, el término "nacionalidad" se confundió con el término "ciudadanía", y "nación-estado" se con fundió con el término "nación", que también vino a interpretarse como un cuerpo de ciudadanos cuya voluntad política o soberanía encontraban expresión en un estado político.

Cuando los franceses o americanos hablaban de "nosotros el pueblo" se estaban refiriendo a los ciudadanos de Francia o de Estados Unidos y no necesariamente al concepto clásico de pueblo en el sentido étnico o lingüístico. El lenguaje, por ejemplo, no diferenciaba a las trece colonias norteamericanas de Inglaterra; y en Francia, muchos ciudadanos franceses, como los bretones o corsos, ni hablaban francés ni pertenecían a la misma cepa étnica de otros ciudadanos franceses.

Más aún, las viejas naciones estados como Gran Bretaña, España o Francia, eran estados multiétnicos o multinacionales compuestos de diferentes nacionalidades, una de las cuales impuso su control a las demás.

Debe recordarse también que la mayoría de los ideólogos del siglo 19, tanto liberales como marxistas, consideraban las características culturales y lingüísticas de las pequeñas nacionalidades despectivamente -como "una vieja pieza heredada de mobiliario familiar", en palabras del teórico marxista Karl Kaustky.

Incluso argumentaban que sólo las nacionalidades grandes o viables tenían el derecho a establecer naciones estados. Podría resultar sorpresivo conocer que Mazzini, el padre del nacionalismo italiano, no favoreció la independencia para Irlanda por la pequeñez de esa nación.

Pero no debemos ser injustos con Kautsky o Mazzini. Una economía nacional grande y una lengua amplia mente hablada eran consideradas entonces necesarias para promover la eficiencia económica y para mantener un alto nivel de cultura. Ambas eran vistas como elementos indispensables del progreso que sólo podía ser alcanzado por una nacionalidad pequeña a través de su absorción o asimilación a la economía, el lenguaje y la cultura de una nacionalidad mayor. 

Nadie lo dijo con mayor desprecio y desdén que John Stuart Mill: 

"Nadie puede suponer que no es más beneficioso para un bretón o un vasco de la Navarra francesa ser miembro de la nacionalidad francesa, admitido en términos iguales a todos los privilegios de la ciudadanía francesa, que enfurruñarse en sus propias rocas, la reliquia medio salvaje de tiempos pasados, revolviéndose en su pequeña órbita mental, sin participación o interés en el movimiento general del mundo. El mismo comentario aplica al galés o al montañés escocés en tanto miembros de la nación británica".

En cualquier caso, aquellos que se oponían a esa sabiduría convencional podían siempre ser sometidos por la fuerza por la nacionalidad más poderosa, como sucedió en el caso de Irlanda.

Así, grandes y poderosas nacionalidades, no sólo asimilaron y oprimieron a pequeñas nacionalidades, sino que pretendieron incluso apropiarse del término "nación" para su uso exclusivo.

Sólo luego de luchas continuas y mediante el esfuerzo de, entre otros, el Presidente Woodrow Wilson, fue que nacionalidades pequeñas (o al menos, nacionalidades europeas pequeñas) comenzaron, pasada la Primera Guerra Mundial, a rescatar sus derechos nacionales y/o reclamar con éxito su derecho a establecer sus propias naciones estados.

Ha sido en la segunda parte del presente siglo, como consecuencia de las luchas de descolonización y la resistencia de nacionalidades pequeñas y oprimidas en Europa y otros continentes, que el derecho a la libre determinación -y efectivamente, el derecho de todas las nacionalidades, grandes y pequeñas, a existir- ha sido finalmente reconocido como un derecho humano fundamental.

Más aún, se ha establecido una clara distinción entre el concepto de nacionalismo utilizado para propósitos expansionistas, y del nacionalismo como instrumento defensivo y liberador.

Hoy las nacionalidades se han convertido en una de las más poderosas fuerzas en la política mundial, y los viejos argumentos que consideraban que el tamaño y la lengua de las nacionalidades pequeñas eran limitaciones al establecimiento de naciones estados, son cada vez me nos convincentes. La internacionalización del comercio mundial, el desarrollo de mercados comunes, las áreas de comercio libre y otros acuerdos comerciales, así como la proliferación de corporaciones y bancos transnacionales, la revolución en la comunicación y en las tecnologías de transportación y la extensión de linguas francas -como inglés, español y francés-, hacen que los argumentos de tamaño y lenguaje parezcan caducos y carezcan de sentido. Ni que decir hay que estas mismas fuerzas históricas también estimulan una mejor cooperación y coordinación entre las naciones.

Es en el marco de este trasfondo que Estados Unidos tiene ahora que adoptar un curso de acción respecto a Puerto Rico.

Puerto Rico constituye una nacionalidad distinta, cualquiera que sea la definición que demos a ese término.

Para los puertorriqueños de todas las tendencias políticas, los elementos constitutivos de nuestra identidad nacional no caen en la misma categoría del "viejo mobiliario familiar" o mero folclor, término inventado en el siglo pasado para mitigar sentimientos de nostalgia y que se refiere a meros remanentes del pasado y no al presente viviente.

Sólo tengo que recordar a este Senado que el 60 por ciento de la población de Puerto Rico, luego de casi un siglo de dominio de Estados Unidos, no habla inglés; y que todos los partidos políticos de Puerto Rico, incluyen do el partido que favorece la estadidad, proclaman oficialmente que el español, así como la cultura y forma de ser puertorriqueñas, no son negociables bajo ninguna de las opciones de status. Ningún partido tendría oportunidad en las elecciones en Puerto Rico si proclamara lo contrario. La lealtad primaria de los puertorriqueños es a Puerto Rico.

Me atrevo a afirmar que particularmente por su condición geográfica de isla y por su densidad poblacional, Puerto Rico es casi el prototipo de una nacionalidad e indudablemente una de las nacionalidades más homogéneas en el Nuevo Mundo.

El incuestionable hecho de la nacionalidad puertorriqueña, quiero recalcar, le plantea a Estados Unidos un problema complicado y potencialmente peligroso; un asunto, como ya he dicho, totalmente distinto de aquellos encarados por Estados Unidos cuando ha tratado con el problema de minorías nacionales dentro de una sociedad pluralista.

Las minorías nacionales por su relativa dispersión o la falta de fronteras naturales, típicamente no tienen la alternativa de formar una nación estado territorial. Las alternativas de las minorías nacionales en sociedades pluralistas se limitan, esencialmente, a la asimilación, o a la aceptación de su condición de minorías con reconocimiento de algunas características particulares mientras luchan por trato igual con los sectores principales dominantes de la sociedad.

En Estados Unidos, por ejemplo, las minorías étnicas pueden retener rasgos folklóricos o idiosincrásicos, pero las aglutina el modo de vida norteamericano. No hay la menor duda de que luego de 200 años, existe una nacionalidad norteamericana bien definida en el sentido social y cultural del término. Estados Unidos es un país unitario, no multinacional. Es un país donde la nación esta do creó la nacionalidad, en lugar de que la nacionalidad creara la nación estado.

En vista de lo anterior, a menos que Puerto Rico se dirija hacia la independencia, tarde o temprano Estados Unidos tendrá que encarar el siguiente dilema: ¿Está dispuesto a aceptar como miembro de la Unión a un estado que constituye una nacionalidad distinta, cuyos integrantes rehúsan renunciar a su propia identidad separada? Si no, ¿Qué piensan hacer ustedes con el territorio?

Planteo estas preguntas ahora porque, independientemente de los resultados del referéndum propuesto, la actual dependencia y subordinación a Estados Unidos encarnadas en la relación de "Estado Libre Asociado" inevitablemente engendrarán una mayoría estadista en Puerto Rico, a no ser que se desarrollen nuevas políticas que alteren esa tendencia prevaleciente. Esto es un desarrollo inevitable, aún cuando a nivel cultural, no político Puerto Rico ha seguido fortaleciendo su vocación por diferenciarse.

Recuerdo a este Congreso que el voto pro estadidad era aproximadamente 15% en 1950, mientras que ahora, de acuerdo con las encuestas recientes, está acercándose al 50%.

Lo que hoy ocurre en los Países Bálticos, en Yugoslavia, en Irlanda, en el País Vasco, en Québec, en Eritrea o en Cachemira debe ser aviso suficiente de lo que podría ocurrir si Puerto Rico alguna vez se convirtiera en estado. Algunos de estos casos podrían parecer leves comparados con el problema potencial que Puerto Rico pudiera crear.

Puerto Rico no es una nacionalidad aislada, como Lituania o Croacia. Puerto Rico es parte de la muy gran de e importante comunidad latinoamericana de naciones. América Latina estará permanentemente resentida de una nación grande y poderosa que se haya tragado a uno de los suyos. Prueba de ello ya se encuentra en la Casa Blanca mediante comunicaciones que varios presidentes latinoamericanos han cursado al presidente Bush.

Más aún, se espera que para la tercera década del siglo próximo los ciudadanos de Estados Unidos de ex tracción hispana o latinoamericana, puertorriqueños en porción significativa, se acerquen a los 50 millones -uno de cada seis ciudadanos- concentrados en las grandes ciudades y en algunos estados. En tales circunstancias, un estado latinoamericano como Puerto Rico pudiera convertirse en un factor desorganizador y divisivo que podría amenazar la factura misma del federalismo americano.

Debo recordar también a este Senado que el derecho a la libre determinación es, según el Derecho Internacional, un derecho inalienable que nunca se le puede quitar a un pueblo. No puede extinguirse por su ejercicio en violación de los derechos de futuras generaciones.

Las mayorías y las minorías vienen y van, pero las nacionalidades perduran y los independentistas puertorriqueños nunca renunciaremos a nuestro derecho inalienable de luchar por la independencia. Pero aún si lo hiciéramos, ¿quién puede hablar por las generaciones futuras?

Vienen a colación las palabras del emperador Fran cisco II cuando se refirió a los leales súbditos de Tirol: "Hoy son patriotas para mí. Mañana, pueden ser patriotas contra mí".

Un prominente líder de la contraparte del Partido Independentista durante la Revolución Americana, Jorge Washington, en su discurso de despedida de 1796 advirtió a la nación de los problemas que presentan los intereses faccionales:

"Un fuego que no se va a apagar, demanda una vigilancia uniforme para prevenir que estalle en llamas, y que, en vez de calentar, consuma."

Doscientos años más tarde, ese peligro puede estar planteado para su nación estado.

La pregunta principal ante este Senado debe ser entonces: ¿Qué debe hacerse para evitar esos peligros?

Para comenzar, Estados Unidos debe encarar inmediatamente el asunto de la estadidad para Puerto Rico. No aprobar la legislación del referéndum sería una táctica de muy estrecha visión, basada en la premisa falsa de que la petición de estadidad pudiera desvanecerse. Las decisiones difíciles respecto a la estadidad no pueden evadirse.

Les remito a las reflexiones perceptivas de Anthony Lake, cuando el ex-Director de Planificación Política del Departamento de Estado evocaba un fracaso de política exterior en América Latina:

Cuando se vadea un río, es preferible buscar río arriba, donde la fuerza del agua probablemente sea menos problemática, la turbulencia de los rápidos menos peligrosa. En efecto, la fuente del río puede ser un manantial o un riachuelo cuya dirección puede ser fácilmente alterada. Una cadena de acontecimientos es similar, y en cada crisis, el forjador de política exterior está tentado a mirar atrás y decir: "Si só1o hubiéramos sabido que venía una crisis y actuado antes, cuando nuestras opciones eran más fáciles, nuestra influencia mayor".

El proyecto bajo consideración, así como el proyecto aprobado unánimemente por la Cámara el año pasado, sabiamente ha rechazado la noción de auto-ejecutabilidad. Es evidente que este rechazo tiene que ver con la renuencia de comprometer al Congreso a una situación insalvable si la estadidad logra una mayoría en el referéndum. Como se desprende de mi testimonio, esa renuencia y más, están plenamente justificadas. Pero el momento exige más claridad y franqueza.

Como los puertorriqueños de todas las tendencias políticas postulan que quieren mantener su identidad propia, nadie podría sentirse ofendido si el Congreso de Esta dos Unidos decidiera que no quiere incorporar una nacionalidad distinta y única como estado de la Unión. Después de todo, Estados Unidos tiene el perfecto derecho a separarse y diferenciarse de Puerto Rico o de cualquier otra nacionalidad.

Este Senado debe ser franco y sincero con Puerto Rico. Por lo tanto, proponemos:

Primero - que el Congreso establezca claramente, mediante cualesquiera medios que considere apropiados, que una petición de estadidad no sería considerada hasta que una abrumadora mayoría de los puertorriqueños hable inglés.

Segundo - El Congreso también debe establecer con toda claridad que una petición de estadidad para Puerto Rico no será considerada hasta que los puertorriqueños hayan mostrado clara, abrumadora y repetidamente su disposición a renunciar a su identidad separada y formar parte de la nacionalidad norteamericana. Los puertorriqueños deben saber que para que Puerto Rico se convierta en estado, deberán, en palabras del senador Moynihan, "convertirse en americanos". Ni siquiera la obtención de abrumadoras mayorías estadoístas en repetidos plebiscitos a través de un período considerable de tiempo, sería un indicio confiable de que tal fuera la intención de los puertorriqueños.

Quizás entonces, si acaso, una petición de estadidad podría ser entendida, en palabras del senador Moynihan, como "un llamado al deber", y no como "un remedio para quejas". 0, diría yo, como una garantía para una interminable fila de cupones o cheques de alimentos. Después de todo, el grito de guerra de muchos estadoístas puertorriqueños es "la estadidad es para los pobres", un clamor muy distinto de aquel otro grito de "denme la libertad o denme muerte".

Hemos caminado mucho desde los días de John Stuart Mill y Kautsky. Los puertorriqueños, como los lituanos o croatas, entienden cabalmente el simbolismo y plena implicación para todas las nacionalidades de Génesis 25:29-34:

Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, dijo a Jacob: "Te ruego me des a comer de ese guise rojo, pues estoy muy cansado". Y Jacob respondió: "Véndeme en este día tu primogenitura". Entonces dijo Esaú: "He aquí yo me voy a morir, ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?" Y dijo Jacob: "júramelo en este día". Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura.

Así menospreció Esaú la primogenitura. En el mundo de hoy y de mañana, ninguna nacionalidad deberá estar dispuesta a vender sus derechos de primogenitura a ningún precio, porque no lo tiene. Y porque, en todo caso, no podría lograrse nada mejor renunciando a la propia nacionalidad, que preservándola.

Pero si el Congreso no hiciera claro a Puerto Rico los requisitos de consenso político abrumador y de asimilación cultural que demanda la estadidad, estaría corriendo el riesgo de hacerle a la presente generación de puertorriqueños dependientes una "oferta" que, como Esaú en el Génesis, no podrían rechazar.

¿Quiénes de ustedes hoy no sienten cierta incomodidad histórica -si no vergüenza- con las políticas imperialistas que convirtieron a Estados Unidos en un poder colonial en Puerto Rico a principios del siglo 20?

No es frecuente que en tales asuntos un Congreso tenga la oportunidad de corregir un daño hecho por otro Congreso casi un siglo antes. Este Senado puede ayudar a hacerlo, diciendo lo que piensa -clara y llanamente- sobre las perspectivas de la estadidad para Puerto Rico. Sería trágico que por no hacerlo contribuyera a multiplicar su error expansionista en el Caribe.

Más aún, Estados Unidos, que ha servido de ejemplo en muchas áreas, tiene la oportunidad única, con el caso de Puerto Rico, de contribuir a la creación de un nuevo orden mundial en el presente y futuro de las nacionalidades, al ayudar a que una nacionalidad pequeña florezca en lugar de tratar de asimilarla. Ambos, Estados Unidos y el mundo, serán mejores por ello.

Hasta aquí he analizado las razones por las cuales Estados Unidos debe rehusar siquiera considerar la estadidad para Puerto Rico, a menos que los puertorriqueños estén dispuestos a renunciar a su identidad sepa rada o distinta.

Corresponde ahora, antes de terminar, resumir las razones por las cuales yo lucho por la independencia, aunque algunas de ellas sean ya evidentes.

Todos los miembros de una nacionalidad tienen la obligación patriótica y moral de ayudar a perpetuar su nacionalidad. Es un obsequio de generaciones pasadas que debe ser transmitido a generaciones futuras.

En este contexto, no puedo sino recordar la poderosa advertencia de Edmund Burke:

Una nación no es sólo una idea de agrupación momentánea de individuos; es una idea de continuidad. Es una elección deliberada de los tiempos y las generaciones. No es una asociación en cosas útiles sólo a la burda existencia animal, de naturaleza temporal y perecedera. Es una asociación no sólo entre los vivos, sino también entre los que ya hayan muerto y los que aún no han nacido".

La fundación de una nación estado puertorriqueña proveerá la estructura política y jurídica en la cual nuestra nacionalidad pueda florecer y desarrollarse naturalmente.

Pero hay otras razones igualmente poderosas que hacen indispensable la independencia de Puerto Rico.

Puerto Rico, si mantiene el actual curso de dependencia y subordinación a Estados Unidos, está abocado a convertirse en un estado gueto, o en el mejor de los casos, en una región crónicamente subdesarrollada de Estados Unidos.

En los últimos 40 años, bajo el Estado Libre Asocia do, más de una tercera parte de la población puertorriqueña ha emigrado a Estados Unidos. La economía de Puerto Rico se ha convertido en un apéndice de la de Estados Unidos; la transferencia federal de fondos ha aumentado desde sumas insignificantes hasta cerca de seis billones de dólares anuales, y más del cincuenta por ciento de las familias reciben asistencia nutricional federal. Nuestra tasa de participación laboral es hoy una de las más bajas del mundo.

No en balde nuestra isla registra hoy una de las tasas más altas del mundo en adicción a drogas, maltrato de menores y delincuencia. Traten una nación como un gueto y se comportará como tal.

El problema principal de Puerto Rico es la dependencia -no sólo jurídica y política, sino también económica, cultural, social y psicológica. Aunque la estadidad pareciera una solución jurídica al problema colonial de Puerto Rico, en realidad para Puerto Rico sería solamente otra forma de subordinación y dependencia, sería colonialismo con otro disfraz. Es así, porque la estadidad haría más aguda la dependencia económica, social, cultural y psicológica, en tanto que el poder político adscrito a ella serviría básicamente para presionar por más y más dádivas federales.

La solución para Puerto Rico es comenzar a moverse de la dependencia y la estadidad hacia la independencia, que nos proveerá las herramientas necesarias y la inspiración para ponemos sobre nuestros propios pies.

Tenemos que asumir nuestra plena responsabilidad como una nacionalidad madura.

Sólo entonces podremos romper el círculo vicioso de la dependencia e incapacidad que minan cualquier posibilidad de crecimiento autosostenido y sangran nuestra dignidad, nuestra iniciativa y nuestro orgullo.

Sólo entonces podremos respetamos plenamente y aspirar a recibir plenamente el respeto de otros.

Tenemos el derecho a ser una nación independiente que aspire a la excelencia. Tenemos el derecho a perpetuamos en la historia como un pueblo único y distinto.


1   Ponencia presentada ante el Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de los Estados Unidos, 30 de enero de 1991.

2   Este término se refiere a una garantía jurídica de que el territorio de Puerto Rico no pueda ser utilizado en el futuro como base militar de una potencia hostil a los Estados Unidos. 

3   Los territorios que al fundarse la ONU pasaron a ser territorios en fideicomiso bajo la tutela de los EE.UU. hablan sido utilizados como bases militares de potencias hostiles a ese país. Por eso la ONU reconoció el derecho de los EE.UU. a evitar que se repitiera esa situación en el futuro.   

4   cf. Supra p. 109, donde se hizo un planteamiento similar ante la Cámara.   

5   cf. Carta del Presidente electo Clinton al gobernador de Puerto Rico. p. 5 . Supra.