La sabiduría del pueblo enseña que la que cría también es madre. Por eso, al conmemorar 105 años del nacimiento de nuestra bandera, debemos rendir tributo tanto a aquellos que la gestaron a fines del siglo pasado como a los que con valor y sacrificio durante la primera parte de este siglo la rescataron, cuidaron, y defendieron cuando otros pretendían negarla, olvidarla o sustituirla. De no ser por esos patriotas la enseña puertorriqueña, pudo muy bien convertirse en un paño de colores, vergüenza de un pueblo que no supo pagar el precio para convertirla en bandera, frío templo que nunca logró convertirse en iglesia viviente.

Honra y agradecimiento a Don José de Diego quien enseñó el camino y profetizó desplegarla "sobre los mundos desde las cumbres del infinito". A Don Pedro Albizu Campos quien en medio del más abyecto coloniaje, la insufló de coraje y aliento enarbolándola sola frente a la otra que "aunque allá representa a un pueblo libre y soberano, en Puerto Rico, representa la piratería y el ultraje". A Don Gilberto Concepción de Gracia por no desesperar ni frustrarse, por luchar con abnegación para convertirla en la bandera de todos.

Honra y agradecimiento a los mártires nacionalistas de los años treinta y a los miles de independentistas y nacionalistas que padecieron cárcel y persecución en la década del 40 y del 50 por el "delito" de ondearla en sus hogares sin que la otra le hiciera sombra.

Honra y agradecimiento a los poetas y los artistas que nos enseñaron a amarla y respetarla. A todos los hombres y mujeres de todos los partidos y clases sociales que, sencilla y naturalmente, mantuvieron su puertorriqueñidad frente a los que pretendían despojarlos de sus costumbres, idioma y tradiciones que es como arrancarle a los seres humanos su espíritu.

Cuando a través de una historia común los pueblos desarrollan su personalidad propia, su identidad única y distinta, crean símbolos que los representen. En la época moderna, el símbolo por excelencia de la nacionalidad es la bandera.

Una nacionalidad, y especialmente la nuestra que como parte de la gran cultura latinoamericana no es una nacionalidad aislada, no debe confundirse con una curiosidad folclórica para turistas; con una subcultura de excentricidades musicales, culinarias o lingüísticas o con una mera circunscripción política, tenga esta o no bandera, como podría ser el caso de una provincia o un estado. De igual forma, una bandera no debe confundirse con un paño de tela, un rótulo o un distintivo; los clubes privados y los hoteles también tienen de esas "banderas".

Una bandera alcanza su plenitud como símbolo cuando representa a un pueblo, a una nacionalidad con larga historia, cuando ha sido fecundada con sacrificio y arte por los sectores más conscientes y sensibles de ese pueblo, y cuando, finalmente, el pueblo entero la reclama como suya. A una bandera así es la que honramos al honrar la nuestra.

Por ello, debemos indignarnos cuando se vulgariza o trivializa la bandera para fines comerciales. Más aún cuando algunos pretenden desvirtuar su esencia y manipularla para propósitos contrarios al fortalecimiento de la nacionalidad. Su lógica perversa es clara: si tenemos nuestro propio idioma, cultura, himno y hasta bandera propia ¿para qué mandarnos a nosotros mismos? ¿para qué luchar por obtener los poderes políticos que nos permitan regir nuestro destino?

Desconocen los que así razonan la admonición martiana: que el que desencadena los vientos debe tener el poder para someter la tormenta; y que la existencia de una nacionalidad y el fortalecimiento de sus símbolos -como lo comprueba la historia reciente- necesariamente conlleva la lucha de esa nacionalidad por gobernarse a sí misma. Ni se percatan de que si "la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud", constituye un reconocimiento a la nacionalidad el que incluso el oportunista se vea obligado a exaltar la bandera para congraciarse con el pueblo.

De otro lado, se turba y se confunde quien resienta que todos rindan reconocimiento a los símbolos patrios. La bandera es a los pueblos lo que el apellido es a la familia y al igual que no se puede esperar que todos los miembros de una familia tengan las mismas virtudes no se puede exigir a todos el mismo grado de lealtad y dedicación a la nacionalidad y sus símbolos. Siempre hay unos más agradecidos, generosos y sacrificados que otros.

Más importante aún, la naturaleza no reparte sus dones de forma exclusiva, y muchas veces el más inteligente no es el mejor; ni el más heroico, el más constante; ni el más instruido el más sabio. Por eso casi todos los hijos de una nacionalidad aportan a ella en alguna medida o, por lo menos, actúan de forma tal que al ejercitar -aunque sea por costumbre- las virtudes heredadas contribuyen a la afirmación de la nacionalidad.

Cuando en el 1952 el liderato del Partido Popular oficializó la bandera y cuando al presente el liderato del PNP. la conmemora ambos la reconocen como la enseña de la patria. Al hacerlo ello constituye una afirmación de la nacionalidad puertorriqueña. Contribuyen de esa forma, aunque todavía opten por ondearla junto a la otra, a proclamar por unanimidad que nuestra bandera es la bandera de todos.

Ha tomado 105 años hacer de nuestra bandera la bandera de todos. Ahora nos queda por delante la lucha para que oficialmente se le reconozca como lo que es, nuestra única bandera.