No sabía si titular esta columna "Cuando Florezcan los Alambres" o "La Semana de los Tres Jueves". Ambas frases se usan para imponer condiciones imposibles a pedidos inaceptables o pretensiones ilusorias. Opté por la segunda pues fue la que aprendí de niño y en caso de duda es preferible remontarse a los orígenes. Si algún inocente, recordando una legendaria granizada, se preguntaba si alguna vez nevaría en Aibonito, se le podía contestar: "Nevará la semana de los tres jueves".

En todo caso, ambas frases sirven para ejemplificar las condiciones imposibles que los Estados Unidos ya han comenzado a comunicar para no conceder la estadidad. Porque mientras Puerto Rico sea Puerto Rico, es decir, mientras seamos un pueblo distinto al de los E.U., nuestro país jamás será aceptado como estado de la Unión.

La carta reciente del Senador Christoper Dodd, co-presidente del Partido Demócrata, en la cual afirma que una decisión sobre la estadidad "debe basarse en un fuerte consenso, no en una mera mayoría", es sólo el ejemplo más reciente de una actitud ampliamente compartida en los círculos de poder de los E.U.

El Senador Nickles, republicano, y el Senador Bumpers, demócrata, entre otros, ya habían expresado ideas similares. El último afirmó crudamente que, ante una petición de estadidad, esperaría de Puerto Rico una expresión de lealtad similar a la que exigía de su cónyuge, fidelidad no el 60% de las veces, sino el 100%. Durante el proceso congresional sobre status celebrado entre 1989 y 1991, y por fundamentos similares, el Comité de Recursos Naturales del Senado, con el concurso de republicanos y demócratas, había rehusado comprometerse con un voto mayoritario por la estadidad, razón por la cual rechazó un plebiscito autoejecutable.

Todos han dicho lo mismo de distintas maneras: Puerto Rico será estado la semana de los tres jueves. Han impuesto a la estadidad la condición imposible de la supermayoría o la que es aún más difícil, la del consenso. Se impone una condición imposible para así evitar correr el riesgo de aparecer como racistas o poco democráticos.

Esa actitud no es caprichosa ni liviana. Refleja realidades profundas. Responde a poderosas razones económicas, políticas, sociales, a razones de "interés nacional", las cuales conocen plenamente los que en Estados Unidos toman estas decisiones.

Puerto Rico, como pueblo único y distinto a los Estados Unidos, es sencillamente un donante incompatible para el cuerpo político de esa nación por razones de genética social y política, tan poderosas como las biológicas.

Los Estados Unidos es un país unitario, no multinacional y, como tal, no está dispuesto a aceptar como miembro de la Unión a un país que constituye una nacionalidad distinta - contrario a una minoría étnica - y que no está dispuesto a renunciar a su nacionalidad. Para los E.U. los peligros y riesgos son demasiado grandes y las ventajas, ninguna.

No se trata de argumentar, como se alega, que la regla de la democracia es la mayoría. No es cuestión meramente de contar votos, sino de la esencia misma de una nación y de su derecho a imponer condiciones a quienes pretenden formar parte de ella. Contrario al caso de la independencia, no existe un derecho a la estadidad. Sucede con la Unión Norteamericana lo que con una familia o con un club privado. El que decide quién és miembro del club o a quién se adopta en la familia, no es el que solicita.

Los Estados Unidos conoce a la saciedad, los peligros potenciales que envuelve la convivencia de nacionalidades distintas en una misma nación estado, particularmente cuando se trata de una nacionalidad que, como la puertorriqueña, no está aislada de nacionalidades hermanas. El catálogo de conflictos es interminable: Quebec, Bosnia, Lituania, Chechenia, Ucrania, Irlanda del Norte, Georgia, El País Vasco, Cachemira, entre muchos otros.

En el 1991, el Partido Independentista señaló ante el Congreso de los E.U. lo que era un secreto a voces entre los congresistas. "Si el Congreso no hiciera claro a Puerto Rico los requisitos de consenso político abrumador y de asimilación cultural que demanda la estadidad, estaría corriéndose el riesgo de hacerle a la presente generación de puertorriqueños dependientes una oferta que como Esaú en el Génesis - quien vendió su progenitura por un plato de lentejas - no podrían rechazar". La estadidad, recomendó el PIP, no debía ser ni tan siquiera considerada hasta que Puerto Rico hubiera "mostrado clara, abrumadora y repetidamente su disposición a renunciar a su identidad separada".

Los norteamericanos saben que mientras Puerto Rico siga siendo Puerto Rico nuestro pueblo tendrá el derecho a la libre determinación, que ese derecho es inalienable, que no se extingue con su ejercicio, y que el pueblo de Puerto Rico podría reclamarlo aún después de convertirse en un estado.

Conociendo que las mayorías y las minorías pasan, pero que las nacionalidades permanecen, no es de extrañar que los Estados Unidos no quiera enfrentar la posibilidad de que un estado puertorriqueño se convierta en un elemento disociador y disgregador que aglutine los reclamos de las minorías en ese país. Mucho menos estaría dispuesto a enfrentar un potencial reclamo de secesión de una futura generación de puertorriqueños arrepentidos de la decisión de sus padres.

Nadie lo expresó mejor que el senador Patrick Moynihan, máxima autoridad sobre asuntos étnicos en el Congreso. Dijo en el pleno del Senado, al presentar para el récord un artículo del PIP aparecido en el Washington Post:

"A fin de cuentas, los grandes asuntos planteados aquí son cívicos, no económicos. ¿Quieren los puertorriqueños convertirse en americanos? Porque eso es lo que implica ineludiblemente la estadidad. Eso es lo que trae la estadidad. ¿O quieren preservar una identidad separada?"

De eso se trata y ante la realidad de que los puertorriqueños - estadistas, estadolibristas e independentistas - jamás renunciaremos a nuestra identidad, los Estados Unidos habrá de concedernos la estadidad cuando florezcan los alambres, la semana de los tres jueves.