El 16 de febrero del 1996, antes de la radicación del Proyecto Young, escribí en este periódico, "Independientemente de sus motivos, el proyecto podría propinarle un golpe definitivo al ELA colonial y sentar las bases para darle un golpe mortal a la estadidad; dos pájaros de un tiro."

No era necesario consultar una bola de cristal para anticiparse a lo que ha sido confirmado por el debate y la votación en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos el pasado 4 de marzo. Bastaba conocer la regla básica de la política norteamericana: cuando las más importantes variables están bajo su control, los Estados Unidos siempre actuaron según convenga a sus intereses nacionales. Lo que era difícil anticipar era, no obstante, lo certero y mortal que sería el disparo.

En cuanto al ELA, no hay futuro posible; el proyecto mismo lo descalifica como colonial e inaceptable. Ni un solo americano se atrevió a defenderlo.

En cuanto a la estadidad, el propio resultado de la votación --209 a 208-- certifica el golpe fatal en su contra. Particularmente cuando se considera que el voto decisivo emitido en el último minuto por Representante Pomeroy fue, no a favor de la estadidad, sino, según sus propias palabras "para que Puerto Rico tuviera la oportunidad de decidir su status". Fueron mayoría, pues, aquellos que no favorecen la estadidad. ¿O es que acaso algunos de los 208 que le votaron en contra al proyecto votaron a favor de la estadidad? Por el contrario, esos 208 ni siquiera están dispuestos a ofrecerle a Puerto Rico la oportunidad de pedir la estadidad y los otros salvo Young y un puñado sólo están dispuestos como Pomeroy a que Puerto Rico se le permita considerarla como una alternativa, pero sin compromisos.

En todo caso, los que todavía crean que la estadidad (y particularmente su versión jíbara) es una opción viable para Puerto Rico, sólo tienen que esperar al proceso formal o informal, con votación o sin ella que ya está comenzando a desarrollarse en el Senado. Repito lo que anticipé en el artículo ya citado: "Independientemente del lenguaje inicial antes de finalizar el proceso legislativo, los enemigos de la estadidad la mayoría se encargarían de hacerla inaceptable o imposible. Terminaba diciendo que en los Estados Unidos "un statehood bill es decir un proyecto que de verdad hiciera posible la estadidad no se puede aprobar."

Ahora, luego del debate y votación en la Cámara, se puede anticipar con toda certeza que un proyecto que incluya la estadidad como alternativa sólo podrá aprobarse en el Senado (y luego en la conferencia legislativa entre Cámara y Senado), si queda claro que Puerto Rico, antes de convertirse en estado, tendrá que satisfacer las condiciones mínimas que se le han exigido a otros territorios.

La dinámica en el Senado será contraria a la de la Cámara. Ahora serán los demócratas y la Casa Blanca los que tratarán de convencer a los republicanos que al igual que sus compañeros en la Cámara no quieren ofrecerle a los puertorriqueños ni la oportunidad de votar por la estadidad. Ya, ante la renuencia a considerar el proyecto expresada por el líder republicano en el Senado Trent Lott, el portavoz demócrata Tom Daschle exigió que se le de paso a la medida en esta sesión. El precio que a cambio demandarán los republicanos será la exigencia de condiciones imposibles para convertir a Puerto Rico en un estado. De no satisfacerse ese requerimiento, no habrá proyecto y quedará disipada toda posibilidad real de estadidad.

Como condiciones para conceder la estadidad: (1) el inglés, debe convertirse en idioma de uso común en Puerto Rico; ya la Cámara sentó las bases para ésto, al expresar como política pública que los niños puertorriqueños deben dominar aquel idioma antes de los diez años. Lo que ha dicho ya la Cámara es que la estadidad jíbara es imposible; (2) se debe demostrar que Puerto Rico no será una carga indebida para el tesoro federal y; (3) debe existir en Puerto Rico un consenso abrumador, y no solo una mayoría, a favor de la estadidad. Esas tres condiciones son equivalentes a los que el rey de la anécdota jocosa le exigió al pretendiente de la princesa, "¡Te puedes casar con ella si me traes las dos orejas de King Kong!"

Después del debate y el voto en la Cámara cambiaron las reglas del grupo político puertorriqueño. No importa el resultado en el Senado, de ahora en adelante nada será igual. El camino hacia la soberanía ha quedado despejado. Hasta que como sucedió el 4 de marzo, la piedra colonial del ELA fuera dinamitada y la opción de la estadidad quedara desinflada, los más consciente líderes autonomistas no iban a optar jamás por una fórmula soberana de libre asociación. Mientras no cambiaran las circunstancias y no se tuvieran que definir no lo harían porque definirse cuesta.

La agenda de los que creen en un Puerto Rico soberano y se oponen a la estadidad está trazada. Ante el Senado y la Casa Blanca hay que insistir en que se especifiquen aún más las condiciones respecto a la estadidad. Hay que fortalecer la alternativa de soberanía separada (en el Proyecto Young enmendado o en cualquier otro), dándole contenido a la libre asociación para que los votos de esa opción sumados a los que votaremos por la alternativa de la independencia puedan enfrentarse como opción de victoria ante los que votarían por una estadidad a la americana. Por fin será --yanquis o puertorriqueños.

Líderes prominentes del PPD han comenzado a caminar hacia la libre asociación. Han indicado que la votación en la Cámara "confirma que el ELA no es considerado por los Estados Unidos como una forma de descolonización" y que "no hay estadidad jíbara pero tampoco ELA", y que "el ELA recibió un mensaje claro de que tiene que desarrollarse en un marco que sea aceptable a la comunidad internacional y al Congreso de los Estados Unidos". Esperemos que sigan esa línea y que no se imponga una vez más la tendencia inmovilista y electorera en ese partido.

Al fin comienza a perfilarse una comunidad de intereses entre los independentistas y los autonomistas soberanistas. Que cada cual trabaje en Puerto Rico, ante el Senado y ante la Casa Blanca, para fortalecer su propia opción de soberanía puertorriqueña o "soberanía nacional" como le llamó el Presidente Clinton en un discurso frente al propio Roselló. A la larga, el triunfo es inevitable pues sólo en la soberanía nacional puertorriqueña pueden coincidir los intereses nacionales de los Estados Unidos y los de Puerto Rico.

Todo lo que ahora vemos fructificar (esta gran lección de educación política imposible de pagar con dinero y de enseñar aun con los mejores maestros) se ha hecho posible gracias al proceso que ha generado el Proyecto Young. Si no fuera por ese proceso la gran discusión en Puerto Rico hoy sería si Sila se ríe mejor de lo que Pedro corre. Las perspectivas de adelantar en forma masiva y contundente nuestro proceso de descolonización serían nulas. Sólo estarían celebrando aquellos a quienes sólo les importa ganar las elecciones, aun al precio de la colonia, y los que imaginaban la estadidad a la vuelta de la esquina.

Por el contrario, hoy se lamentan los colonialistas; se ríen nerviosos con las muelas de atrás los estadistas y celebramos jubilosos los que creemos en la soberanía de nuestra patria.