Frecuentemente, en la política, como en otros aspectos de la vida, nunca es más oscura la noche que antes del amanecer. Por eso, aunque tras el triunfo del PNP muchos podrían pensar lo contrario, nuestra libertad nunca ha estado tan cerca como al presente.

Como lo profetizó don Pedro, nos encaminamos a la suprema definición, preludio indispensable de nuestra libertad.

El logro de nuestra liberación siempre ha dependido, por un lado, del poder y del interés colonial de los E.U. y, por el otro, de la voluntad de nuestro pueblo por preservar su nacionalidad y hacer valer su derecho a mandarse en su propia tierra.

La voluntad colonial norteamericana se ha reducido drásticamente como consecuencia de profundos cambios geopolíticos, militares, económicos, sociales y políticos. La voluntad de nuestro pueblo sólo se manifestará plenamente cuando los puertorriqueños tengan que decidir entre ser puertorriqueños o ser americanos.

El momento de la definición se acerca como consecuencia del reciente triunfo del partido asimilista y de la decisión de los E.U. de promover el Proyecto Young o uno similar. Ese proyecto conducirá a los puertorriqueños, más temprano que tarde, a desechar lo que en él se define como el ELA colonial, y a tener que escoger entre la soberanía separada o propia -a través de la independencia o de la libre asociación- o su disolución nacional a través de la estadidad.

Ese proceso sólo puede llevar a nuestra soberanía. La estadidad es contraria a los intereses de los E.U., entre otras razones, porque la nacionalidad puertorriqueña y su expresión política -el independentismo- son el veto a la estadidad. Como señaló don Pedro: "En vista de la imposibilidad de transformar a esta nación hispanoamericana en una comunidad anglosajona, es un absurdo ocuparse de la estadidad, pues tal pretensión equivale a solicitar del pueblo de Estados Unidos que derrumbe su unidad nacional". En el combate de la definición, podría no ganarse el primer asalto, pero al final, sólo puede triunfar la soberanía propia.

Ante la definición, de nada vale obstinarse en el ELA, pues ese es un status sin futuro que, como comprueba la historia de casi medio siglo, lleva indefectiblemente al asimilismo.

Para vencer la asimilación hay que alterar las condiciones que la generan; no es solamente cuestión de educar sobre la conveniencia de la independencia, por importante que sea esa función. De ahí que, para lograr nuestra soberanía, la única alternativa disponible, en la práctica, es acelerar el proceso de definición descartando la colonia, ahora, cuando aún tenemos fuerzas vitales como pueblo y cuando los intereses de los E.U. coinciden con los nuestros. No se trata, como algunos alegan, de jugar a la ruleta rusa, pues la imposibilidad de la estadidad es un "absurdo" (en palabras de don Pedro) y ese juego no se juega con revólver de juguete. Se trata de aprovechar la coyuntura actual, no sea que algún día varíe radicalmente. El único riesgo verdadero es esperar.

Afortunadamente para nuestro pueblo, a el arte de la política, la proporción numérica de fuerzas inicial es factor importante pero no determinante. La reciedumbre de los ideales, la corrección de la estrategia y la utilización de las contradicciones inherentes a los procesos políticos son, a la larga, los factores determinantes.

El 29 de abril del 1967, hace casi treinta años, escribí en el periódico El Mundo: "Un aumento del voto asimilista en el futuro traerá como secuela la polarización de fuerzas que tarde o temprano habrá de surgir en Puerto Rico; de un lado los puertorriqueños, los que se sienten puertorriqueños ante todo, y del otro, los asimilistas que se sienten norteamericanos antes que puertorriqueños. Tal polarización acelerará el inevitable advenimiento de la independencia".

El reconocimiento de la inevitabilidad de ese proceso -ya anticipado en el pensamiento albizuista- y que hoy se confirma en la práctica, le permitió al PIP desarrollar una estrategia consecuente por más de un cuarto de siglo cuya corrección se hace cada día más evidente.

Hoy, es necesario llevar esa estrategia a su conclusión lógica. Para lograr ese objetivo, el PIP, como institución representativa de la independencia y por sus relaciones internacionales, estará en posición de jugar un papel crucial en las futuras negociaciones con los E.U. En materia de status, como han observado algunos, el PIP es el partido indispensable.

Como paso inicial demandaremos que el Proyecto Young sea enmendado para establecer un balance justo entre las definiciones de status, para que no se incline indebidamente la balanza. Como señalé ante el Comité de Recursos de la Cámara, el Congreso, además de decir la verdad sobre la naturaleza colonial del ELA actual, debe también decirla sobre la estadidad, la independencia y la libre asociación, o ELA soberano, si se prefiere.

Debe enmendarse, además, para atender, entre otros temas, los relativos a la igualdad de acceso a recursos y medios de comunicación, garantías contra el uso indebido del poder gubernamental y la determinación de quiénes tendrán el derecho al voto.

En síntesis, el PIP dirigirá sus esfuerzos a fortalecer la alternativa de soberanía propia -que incluye tanto la independencia como la libre asociación- para la batalla plebiscitaria.

Por su parte, el PPD, ante la inevitable definición, tendrá como institución que hacer sus propias determinaciones. Puede dirigirse a la soberanía propia u optar por convertirse en otro partido estadista como ya comienzan a sugerir algunos. Los que se obstinen en el inmovilismo y no reconozcan las nuevas realidades sólo lograrán marginarse del proceso.

Si los que están dispuestos a defender la otra alternativa de soberanía propia dirigen sus esfuerzos en la misma dirección que nosotros, hacia el fortalecimiento de esa alternativa, podríamos coincidir en una histórica convergencia ante el Congreso, la Casa Blanca y ante nuestro pueblo y así acelerar el proceso hacia nuestra libertad. Las diferencias podrán dirimirse luego del triunfo de esa fórmula mediante una Asamblea Constituyente según dispone el Proyecto Young.

Todos los que creemos en el derecho a perpetuarnos como pueblo, todos los que sabemos que los poderes soberanos son la puerta al mundo, a la modernidad y al desarrollo, tenemos que enfrentar el futuro con arrojo y optimismo. Al temeroso y al frustrado sólo le espera -en frase de don Pedro- permanecer "incrustado como un crustáceo" en la playa olvidada. Sigamos su consejo: "Una filosofía optimista debe informar todas nuestras actuaciones. Hay que levantar el espíritu público de Puerto Rico y decirle que puede llegar a ser lo que quiera y conquistar su independencia si así lo desea".