El Proyecto Young sobre status aunque tiene graves deficiencias que deben corregirse, también tiene grandes méritos y constituye una paso importante en el proceso de nuestra descolonización.

La medida reivindica la posición histórica del independentismo: reconoce la existencia del colonialismo en Puerto Rico y sienta las bases para que nuestro pueblo escoja entre alternativas descolonizadoras -la ruta de la soberanía separada, independencia y libre asociación, o la ruta de la estadidad bajo ciertas condiciones. Si por el contrario, como propone el Gobernador, se incluyera como alternativa el actual status colonial, ya no sería un proyecto descolonizador.

¿Desde cuándo existe en la democracia un derecho a optar por el colonialismo, una institución de servidumbre proscrita del mundo civilizado? Es comprensible que algunos se indignen -aunque sea por primera vez- cuando líderes de un Congreso siempre aliado ahora los impugnen, pero es trágico y hasta patético que lo hagan en defensa de la colonia.

Pero independientemente de lo anterior, es una realidad que el liderato del P.P.D. y buena parte de su membresía, considera el proyecto como una imposición unilateral y antidemocrática.

Es necesaria una propuesta descolonizadora que acople los legítimos intereses envueltos y garantice un proceso democrático y bilateral. Para lograr esos objetivos debe ser el pueblo quien democráticamente autorice el proceso de descolonización.

Proponemos que el proyecto, luego de convertirse en ley, no entre en vigor hasta que el pueblo le dé su consentimiento en un referéndum Ley Young, Sí o No, a celebrarse después de las elecciones.

Un procedimiento similar fue utilizado en la aprobación de la Ley 600 en 1950. Entonces, se utilizó para consolidar el colonialismo excluyendo las fórmulas descolonizadoras; ahora se utilizaría para promover la descolonización.

Más aún el proyecto debe enmendarse para asegurar que las alternativas descolonizadoras se definan de forma justa y balanceada ya que el proyecto está cargado a favor de la estadidad.

El Comité debe solicitar que los diversos sectores sometan sus definiciones de alternativas descolonizadoras para su consideración antes de tomar su propia determinación. Pero en todo caso, hay que enmendar el proyecto para que diga toda la verdad respecto a la estadidad.

El proyecto deja la impresión de que Puerto Rico puede convertirse en estado, mantener el español como idioma primario y conservar su identidad nacional como pueblo distinto y separado.

Sobre estos temas, pocos han hablado tan claro como el Presidente de la Cámara, Newt Gingrich, co-autor del proyecto. Luego de aseverar respecto a los E.U. que "la asimilación es nuestra meta", el "sine qua non de nuestra supervivencia", concluyó que sin inglés como idioma común, "no hay civilización americana". Por su parte, el Senador Moynihan planteó ante el Senado: "¿Quieren los puertorriqueños convertirse en americanos? Porque eso es lo que implica ineludiblemente la estadidad. Eso es lo que trae la estadidad. ¿O quieren preservar una identidad puertorriqueña?"

Ese raro consenso bipartito debería bastar para establecer que la estadidad implica una ruta de asimilación cultural y lingüística. Sería absurdo concebir la estadidad sin el inglés como idioma principal en las escuelas públicas y en las ramas judicial, legislativa y ejecutiva.

Es necesario, además, que el Congreso entienda que mientras Puerto Rico constituya una nacionalidad diferente tendrá el derecho inalienable a su libre determinación e independencia, es decir, tendrá el derecho a la secesión, a salirse de la Unión. Y en cuanto al carácter supuestamente descolonizante de la estadidad, cuando se trata de nacionalidades distintas, la extensión de la franquicia electoral federal, de por sí, no tiene el efecto de hacer realidad para el pueblo colonial su derecho a la plenitud del gobierno propio.

Pero el proyecto está desbalanceado además por la manera opaca, esquemática e injusta en que describe la alternativa de soberanía separada. La forma en que se trata el problema de la ciudadanía bajo la libre asociación, por ejemplo, al igual que el de las relaciones comerciales -para mencionar sólo dos áreas neurálgicas- ni guarda relación con el actual estado de derecho ni recoge los reclamos legítimos de sus promotores. Respecto a la independencia, la descripción rígida y escueta que de ella se hace es correcta en cuanto a sus elementos básicos, pero incompleta en cuanto a su potencial de flexibilidad y dinamismo.

Mas aún, el proyecto debe enmendarse para disponer que, de optarse por la alternativa de soberanía separada, se convoque a una Asamblea Constituyente, depositaria de la soberanía naciente, que entre otras funciones, decidirá la forma de soberanía propia -libre asociación o independencia- a negociarse con E.U.

Para el P.I.P. la ruta de la independencia es la ruta de la definición -la que anticipó Don Pedro con la suprema definición ("yanquis o puertorriqueños")- y la que supone un proceso que involucre y confronte al Congreso con la necesidad de ponerle fin a la situación colonial puertorriqueña. El Proyecto Young puede ser un importante agente catalítico de ese proceso.

Siempre está, por otro lado, la alternativa de sentarse a esperar por un proyecto perfecto, sólo comprensible en aquéllos que se obstinan en negar que el ELA es colonial. Pero en los procesos políticos lo valioso frecuentemente viene entrelazado con lo mezquino. Hay que aprovechar lo bueno y mejorar lo malo. Mal le servimos a nuestra causa si permitimos que lo perfecto se convierta en enemigo de lo necesario; y lo necesario es echar adelante un proceso de descolonización.

Más temprano que tarde, Puerto Rico se encaminará hacia su propia soberanía ya sea porque la reclamemos o porque el Congreso tenga que enfrentar respecto a Puerto Rico su propia suprema definición. ¿Estará el Congreso dispuesto a repudiar el principio de e pluribus unum ("de muchos uno") en que se fundamenta la unión norteamericana, aceptando a una nación distinta y separada como estado de la unión? No tengo duda de que el Congreso reafirmará que los E.U. es y continuará siendo una nación unitaria.

En el 1898, Betances, ante la enorme desproporción de fuerzas, aconsejó "tratar pacíficamente (con los americanos) para obtener la independencia. Es claro que ésta es la solución salvadora". Esa era la solución salvadora que no se pudo hacer realidad entonces ni por muchos años después. Es igualmente claro que esa es la solución salvadora -tanto para Puerto Rico como para los E.U.- que como consecuencia de las nuevas circunstancias se hace posible, ahora.