LOS PUERTORRIQUEÑOS necesitamos urgentemente tomar el futuro en serio. El comienzo del siglo veintiuno encuentra a un Puerto Rico rezagado y desmoralizado, carente de las herramientas indispensables para hacer frente exitosamente a los retos que asoman por todos los frentes.

El Partido Independentista Puertorriqueño es un partido de liberación nacional, pero es también un partido socialdemócrata. Ello quiere decir que está comprometido con lograr una sociedad democrática y solidaria en la que la democracia no sea sólo un principio político, sino también un principio social y económico. La igualdad de oportunidades, promovida y garantizada por el Estado, y la justicia distributiva que asegure la participación de todos en los frutos del desarrollo y de la cultura son los principios cardinales de nuestro ideario.

Reconocemos y valoramos la utilidad y la eficacia de la economía de mercado, pero no creemos en una sociedad de mercado. Le correspode al gobierno como representante de los consensos políticos de una sociedad- la promoción activa de aquellas metas de igualdad y justicia que la economía de mercado, por sí sola, no podrá jamás producir. El mercado no generará nunca la igualdad para la mujer, ni la protección de los niños y los desvalidos, ni el acceso de todos a la cultura, ni una vivienda adecuada para cada familia puertorriqueña, ni la conservación de nuestros recursos naturales.

Si queremos llegar a ser esa sociedad democrática y solidaria a la que la inmensa mayoría de los puertorriqueños aspiramos, Puerto Rico tiene que enfrentar dos retos que hoy se hacen impostergables.

El primero es el reto de la gobernabilidad. No le es posible a gobierno alguno en Puerto Rico poner en práctica con eficacia ninguna estrategia para corregir nuestros problemas sociales y económicos más apremiantes sin encontrarse amarrado por la camisa de fuerza de nuestra falta de poderes políticos. Cuanto más obvio resulta que necesitamos gobernarnos más y mejor para lograr la sociedad que queremos, igual de evidente es la conclusión de que necesitamos poderes y facultades para hacerlo. Sin embargo, la continua expansión del ejercicio del Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial de los Estados Unidos en Puerto Rico en los últimos cuarenta años, ha reducido dramáticamente el ya menguado espacio de gobierno propio con que contaba entonces el país.

La crisis de gobernabilidad por la que atravesamos no tiene, por lo tanto, otra solución que no sea el rescate de nuestra soberanía. No aspirar a obtenerla es condenarse a la impotencia creciente frente a nuestros problemas económicos y sociales más agudos y fundamentales.

Para los que creen en una sociedad de mercado, el gobierno propio, es decir la soberanía, no es importante porque para ellos quien debe gobernar no es la sociedad, sino el mercado; la ausencia de poderes, por lo tanto, los tiene sin cuidado. Por el contrario, para los que creemos en una sociedad democrática y solidaria, mientras mayor sea nuestra soberanía mayor será nuestra capacidad para lograr nuestros objetivos de justicia e igualdad. Es por eso que en una colonia los socialdemócratas y aquellos para quienes la justicia social es prioritaria, tienen necesariamente que ser independentistas.

Nuestro segundo gran reto frente a los nuevos tiempos es el que nos presenta el creciente proceso de globalización que arropa al mundo. Nuestra condición colonial nos condena a un aislamiento cada vez mayor al no contar con los instrumentos que nos permitan vincularlos a este proceso de globalización económico, político e institucional.

Estamos ausentes no sólo de la recién creada Organización Mundial de Comercio, sino de los emergentes agrupamientos de comercio como lo es el Caricom, o el Tratado de Libre Comercio. Estamos imposibilitados de establecer alianzas o acuerdos con el Mercosur o con la Unión Europea, y efectivamente privados de acceso a otras fuentes de capital además del norteamericano. Nada tenemos que decir en la Organización de Estados Americanos o en las Naciones Unidas, y somos meros espectadores en los esfuerzos por crear tribunales internacionales con jurisdicción sobre el tema de los derechos humanos. Nos está vedado ser ciudadanos del mundo en los albores del siglo de la globalización.

Resulta, pues, que el logro de nuestra soberanía nacional es también precondición, no sólo para asegurar la gobernabilidad de nuestra patria de una manera democrática y solidaria, sino también para hacer posible la indispensable inserción de Puerto Rico en el mundo moderno e interdependiente. El desafío está planteado.