LA COMUNIDAD boricua en los Estados Unidos es ejemplo de la fortaleza, vigor y trascendencia de la nacionalidad puertorriqueña. El desfile puertorriqueño en Nueva York el próximo 11 de junio, aunque extrañe a algunos y escandalice a otros, es el mejor testimonio.

Para los que creen que la única agua en el mar es la que está en la superficie, el desfile es una mezcla amorfa de banderas puertorriqueñas, carrozas, salsa, bandas, tríos, reinas de belleza, policías, alcaldes, boricuas recién llegados y otros que apenas hablan español, líderes cívicos y religiosos, abuelitos, niños, políticos honrados unos y otros no tanto, en fin, una abigarrada e inconsciente muchedumbre quizás sólo distinguible por la "mancha del plátano", desfile que lo mismo se le dedica a Barbosa que a Muñoz, que a don Pedro Albizu Campos.

Pero hay que dejar a un lado lo accidental, lo efímero, e ir a la médula, a la esencia. El desfile es un reclamo brioso y contundente por nuestro respeto propio, para que se nos reconozca como pueblo único y diferenciado, unido por un algo indefinible que pocos articulan y todos reconocen, lo que constituye una nacionalidad.

Como puertorriqueño de acá, sólo durante mis estudios en Estados Unidos, a través del comité de nuestro partido en Nueva York, de amigos y lecturas conozco muy de lejos las comunidades boricuas en los Estados Unidos. Confieso que desde acá mi respeto y mi cariño se mezclan a veces con una aturdida incomprensión, como sucede con hermanos a los que hace años no vemos. Ahora, desde la soledad de esta playa de Vieques donde hace casi un año tan lejos estoy de San Juan como de NuevaYork, el cariño se agranda y la incomprensión desaparece con la óptica de la distancia, sin la cual, muchas veces, los de acá no podemos distinguir lo importante de lo intrascendente.

Los puertorriqueños de allá (o quizás mejor, los puertorriqueños que están allá), desde la distancia, sí saben distinguir la esencia de la forma. Saben, como me escribió un buen amigo, que "con la gesta de Vieques hemos dado un salto comparable sólo al de Lares". Por eso lo testimonian dedicándole su desfile conjuntamente a Vieques y al símbolo de la dignidad nacional don Pedro Albizu Campos. Los que más han sufrido la tragedia de nuestro pueblo, algunos, como los patriotas irlandeses, privados de su lengua materna, los que podrían tener motivos para disimular lo que son, rehúsan avergonzarse y claman a viva voz que son puertorriqueños, que se sienten orgullosos de don Pedro Albizu Campos y que Vieques es nuestro, no de "los americanos". Eso es lo importante; eso es lo esencial.

Para sobrevivir y echar adelante en un medio inhóspito y hostil, los puertorriqueños de allá han tenido que demostrar que son iguales o mejores que el americano. Han tenido que aprender, antes que muchos de acá, la lección del Quijote: "La libertad... es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden compararse los tesoros que encierra la tierra...; que las obligaciones de las... mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánima libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede la obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!".

Con razón la dedicatoria del desfile a don Pedro y a Vieques escandaliza y da margen a una imperdonable y bicéfala canallada colonial perpetrada por Romero y la señora Calderón: por un lado el atropello grosero, burdo y blasfemo a la figura de don Pedro y por otro el oportunismo trapero, ruin y mezquino tildando de "error de juicio" el reconocimiento al maestro y a Vieques. Yo por mi parte les agradezco a los puertorriqueños de allá el reconocimiento justo y generoso que les rinden a don Pedro y a Vieques. Añado, además, que en lo más íntimo de mi espíritu, como puertorriqueño de acá, sé que tengo una deuda insaldable con los de allá.

Los de acá sabemos que por cada puertorriqueño que emigró al frío, otro disfrutó acá de su patria cálida; por cada uno que durmió en un "tenement" infectado de ratas, otro acá tuvo un hogar más amplio; por cada uno que se fue a recoger tomates o a lavar platos, otro acá recibió periódicamente un dinerito para hacer más llevadera la vida; que por cada muchacho brillante y descalzo que, en la década del 1940, sin terminar el cuarto grado en los viejos cuarteles españoles de Aibonito, partió hacia el norte, uno acá en Puerto Rico recibió mejor educación. Por cada lágrima una sonrisa. De eso se trata nuestro exilio; unos sacrificándose por otros. La pena y el dolor de la diáspora no nos separa, nos une y amplía la dimensión y trascendencia de nuestra
nacionalidad.

El próximo 11 de junio, cuando se desborde por las avenidas de Nueva York ese torrente de dignidad nacional puertorriqueña, quiero decirles a mis hermanos de allá, con Cervantes y en agradecimiento que, si antes de Vieques, si antes de tener la visión que da la distancia, "si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera ahora, estando cuerdo, darle el de un reino".