El tradicionalmente inexistente modelo económico de Puerto Rico se muestra cada vez menos capaz de responder a las necesidades y aspiraciones de nuestro pueblo.

Nuestro índice de crecimiento apenas rebasa el tres por ciento anual, lo cual es alarmantemente inadecuado en un país que está aún en vías de desarrollo. La tasa de participación laboral, es decir, el por ciento de la población en edad de trabajar que en efecto está trabajando o activamente buscando empleo, está estancada en un 46%. Esa cifra significa que Puerto Rico es hoy uno de los lugares en el mundo donde una proporción menor de la población se gana la vida trabajando.

A la misma vez, la distribución de la riqueza se va haciendo cada vez más injusta. Los más ricos tienen hoy una proporción mayor del ingreso total del país que hace veinte años. mientras que los más pobres tienen una proporción aun menor que hace dos décadas. Por otra parte, la brecha económica y cultural entre los puertorriqueños que están integrados al mundo del trabajo y los que viven en la marginación y la dependencia es también cada vez mayor y más peligrosa. Las consecuencias del crecimiento de esa brecha sobre la estructura de la familia, sobre el crimen y la drogadicción y sobre las generaciones jóvenes víctimas de esa trampa social han sido devastadoras.

Para luchar efectivamente contra esta situación de estancamiento económico y de injusticia social es imprescindible que Puerto Rico salga del aislamiento que le ha impuesto el coloniaje y se una al mundo y a las nuevas dinámicas de modernización que hoy constituyen la señal de los tiempos.

No es posible lograr las tasas de crecimiento económico y aumentar la indispensable inversión social que el país y la justicia requieren sin las herramientas de la soberanía que el mundo moderno hace más necesarias que nunca.

Puerto Rico necesita ampliar sus mercados, tanto comerciales como de capital, más allá de los·Estados Unidos.

Necesitamos abaratar importaciones y lograr acuerdos contributivos con la Unión Europea y con Japón que nos permitan acceso a sus inversiones, hoy tan notablemente ausentes en Puerto Rico.

Necesitamos libertad jurídica y administrativa para ordenar -con arreglo a nuestras propias necesidades- nuestra estructura industrial y agrícola, al igual que nuestro gasto social. Incluso para obtener el mayor provecho posible de acceso al mercado de los Estados Unidos que sin duda conservaríamos como país independiente, el poder de gobernarnos plenamente sin sujeción a la asfixiante camisa de fuerza de las leyes federales que hoy rigen a Puerto Rico se vuelve un requisito inaplazable.

Unirse al mundo tiene que ser la meta de nuestro pueblo cara al siglo XXI. La soberanía es el único antídoto al aislamiento y la dependencia que han sumido al país en Ia crisis en que se encuentra y de la que no tiene otra salida. Hoy mas que nunca la plenitud de nuestra democracia -que es lo que significa nuestra independencia nacional- va de la mano con la plenitud de nuestro desarrollo económico y cultural, y de la posibilidad de que reine la justicia en nuestra tierra.