Vengo aquí para ser juzgado en una corte de los Estados Unidos por el delito de defender en mi patria, Puerto Rico, la democracia, la libertad, los derechos humanos y la paz. Pero el acusado en este juicio no soy yo.

Al igual que treinta años atrás, estoy ante este mismo tribunal –cuya jurisdicción no reconozco- por cumplir con mi conciencia y afirmar en Vieques valores que pertenecen al orden superior de lo ético y lo moral, principios que deben prevalecer sobre cualquier ley o régimen que los violente. Como en Culebra, hoy se me acusa de cumplir la Ley de la Patria. Pero, distinto a Culebra, hoy me acompaña el pueblo puertorriqueño con sus banderas de fe y de respeto a la naturaleza.

Por primera vez en el siglo, desde diversas perspectivas, con los más variados acentos y matices, los puertorriqueños, estremecidos por la tragedia de Vieques, nos hemos unido en una exigencia fundamental frente a los Estados Unidos. Las discrepancias en cuanto a cómo y cuándo hacer valer los derechos de Vieques, por profundas que sean, no pueden ni deben ocultar la importancia y las implicaciones de ese logro trascendente.

La raíz del problema de Vieques –al igual que del problema más profundo de nuestra relación política con los Estados Unidos- ha sido la negativa del gobierno norteamericano de respetar la voluntad de nuestro pueblo. La abrumadora mayoría de los puertorriqueños exige que la Marina se vaya de Vieques, pero la Marina no respeta nuestra voluntad. La abrumadora mayoría de los puertorriqueños requiere que la actual relación -sometida a las leyes y el poder discrecional y soberano de los Estados Unidos- sea superada, pero el Congreso no actúa.

Vieques es Puerto Rico. Vieques es la manifestación más dramática y descarnada de esa realidad de subordinación política que viola el más elemental principio de la democracia: el respeto a la voluntad del pueblo.

Niega, además, nuestro derecho como seres humanos a la paz, a la vida, a la salud y a la libre determinación.

 

Vieques ha tenido el efecto de desenmascarar, de impugnar esa realidad ante nuestro pueblo, ante los Estados Unidos y ante el mundo. Por eso, el verdadero acusado en este juicio no soy yo. El que está siendo enjuiciado y cuestionado es precisamente ese régimen que degrada a los puertorriqueños y contradice los principios que Estados Unidos proclama defender.

Para superar esa angustiosa situación hay que valerse de la enaltecedora toma de conciencia que hemos logrado con Vieques y construir sobre ella. Hay que acoplar los más diversos intereses. Hay que dejar a un lado lo que desune y trabajar sobre lo que nos une.

Aunque no todos estén exentos de responsabilidad, no es momento para recriminaciones entre puertorriqueños. Hay que empezar por reconocer las aportaciones legítimas de todos los que han contribuido a la paz en Vieques; así lo exigen la honestidad y la justicia. Además, en la medida en que Vieques siente las pautas de racionalidad y respeto a la diversidad, de audacia, de generosidad y de lucha que son necesarias para enfrentar el problema más profundo de nuestra inferioridad política, en esa medida podremos superarlo. Por eso Vieques es preludio, metáfora de la lucha por la plena dignidad política de nuestro pueblo. Por eso nuestra historia se dividirá en antes y después de Vieques.

Queda mucho por hacer, pero los días del militarismo en Vieques, al igual que los del colonialismo, están contados. Muy pronto, la voluntad de nuestro pueblo, unida a la desobediencia civil, hará que en Vieques haya paz, no guerra. Su mar, sus playas, su tierra, su cielo serán para el arte de sus pescadores, para la risa y juegos de sus niños, para el amor y el trabajo de sus hombres y sus mujeres.

Y Puerto Rico se descolonizará. Gracias al calvario de los viequenses Puerto Rico ha cobrado plena conciencia de su propia dignidad y valía y, cuando eso sucede, los pueblos saben lo que tienen que hacer y no hay fuerza en el mundo capaz de frenar su voluntad. Por eso Vieques alumbra a Puerto Rico. Por eso es que Vieques hoy es Puerto Rico mañana.

En Irlanda y África del Sur, con sus antagonismos ancestrales y sus taras de raza y fanatismo, la esperanza empieza a vencer al odio. En Puerto Rico, juntando razas, penas y sueños, hemos fraguado una sola estirpe caribeña y latinoamericana. La historia -ahora impulsada por Vieques- nos conduce hacia la gran reconciliación de la patria. Cualquier sentencia que esta corte me imponga hará aún más evidente la naturaleza antidemocrática y obsoleta del régimen que impera en Puerto Rico. Cambiar la playa que durante un año fue mi prisión por una cárcel con rejas no me amedrenta, me honraría. Mientras mayor la penalidad, más se fortalecerá nuestra voluntad de lucha. ¡No hay cárcel capaz de doblegar mi espíritu ni el de mi pueblo!

Si, por el contrario, esta corte se limita a sanciones nominales y en efecto opta por dejarme en libertad, se hará patente la bancarrota moral y la falta de legitimidad de un sistema que ni su propia corte es capaz de sostener. Sería prueba de que tienen que reconocer y respetar la fuerza de los ideales que unen a este pueblo en Vieques y que por un año mantuvieron a raya a la Marina más poderosa del mundo.

Esté yo en prisión o esté en libertad, se elevará aún más la conciencia de nuestro pueblo y más cerca estará Puerto Rico de la descolonización, la democracia, los derechos humanos y la paz.

Yo he cumplido con la obligación que me impone la Ley de la Patria. Cumpla este tribunal con la suya.