DESAFORTUNADAMENTE POCOS conocen los programas de los partidos. Aunque muchas de las medidas del programa del PIP ya han sido explicadas en la página que este periódico provee bisemanalmente para contestar preguntas de los lectores, en columnas posteriores analizaré varios aspectos de nuestro programa que está disponible en un extenso folleto de más de cien páginas, cuyo resumen se publicará en la prensa. Hoy compartiré con ustedes unos pensamientos y reflexiones que quiero que sirvan de trasfondo a mis columnas y a la campaña que queda por delante. A nuestro pueblo va dirigido nuestro programa y nuestra campaña, y sobre nuestro pueblo trata este artículo.

Acabo de leer un ensayo histórico sobre el Valle del Turabo en el siglo 16, que gentilmente me envió su autor, el profesor Francisco Moscoso. La lectura, además de instructiva, resultó conmovedora, particularmente en lo que se refiere al relato del hijo del español Diego Muriel y de la "cacica" doña María, de la familia del cacique Caguax. Los esfuerzos de Muriel para que Diego García, en cuya encomienda se encontraba su hijo, "se lo diese para lo criar como su hijo" y los alegatos de que no se podía tratar al niño como esclavo, traen a la imaginación una historia casi novelesca, por desgracia demasiado común en aquellos tiempos infernales para la raza autóctona.

Ante los atropellos y abusos de la conquista, Urayoán hizo seres humanos a los "inmortales" españoles ahogando a Salcedo en el río Añasco, y Agüeybaná II el Bravo encabezó la rebelión. Y para honra de España, hubo blancos que rehusaron hacerse bestias. En la entrada marítima de Santo Domingo se levanta imponente la estatua de Montesinos, el fraile que clamó que todos somos seres humanos, mientras el jurista y teólogo Francisco De Vitoria predicaba en España la igualdad de todos los hijos de Dios.

Pero lo más interesante del relato de Diego Muriel y doña María, de su matrimonio y de su hijo, es que no trata ni de héroes ni de villanos, trata del complicado mundo intermedio.

No sabemos con certeza si el cacique Caguax fue un "mero colaborador" de los españoles o si fue una víctima de las circunstancias o un jefe que optó por combatir, junto a los españoles, contra sus enemigos indios tradicionales. No obstante, como señala el profesor Gervasio García en nota preliminar, el ensayo nos ayuda a entender "el contexto y las poderosas razones que llevaron a los turabeños a transigir y salvar lo que podían, después del desplome de la resistencia armada de 1511". Ecos anticipados, añado yo, de siglos posteriores.

Tampoco sabemos si Diego Muriel es exclusivamente un codicioso de riquezas con un "harén de taínas" y que "participaba en las cabalgatas terroristas" contra los indios, o si era un padre honestamente preocupado por su hijo. O quizás tanto Caguax como Muriel eran muchas cosas a la vez. Los que sin duda aparecen como las víctimas son los que en realidad fueron y en gran medida hasta hoy son los más discriminados y abusados, la "cacica María" y su hijo, las mujeres y los niños de ayer y de hoy. Se trasluce del ensayo con diáfana claridad la dimensión humana y personal del trauma terrible de la colonización y su secuela, el mestizaje.

Para esa época no se había añadido aún a nuestro entronque nacional el crimen y la tragedia de la esclavitud africana. Baste señalar que reyes africanos en contubernio con traficantes europeos para vender como esclavos a los suyos, eran de la misma estirpe de los Fante que como aspiración suprema predicaban las cinco virtudes del ser humano completo: la dignidad, la confianza, el valor, la compasión y la fe. El mulato -"dicen que hasta Bolívar lo fue" según Martí- no era todavía. El maestro Cordero y los esclavos rebeldes estaban en el futuro, al igual que el padre Betances -que se decía "prietuzco"- y Segundo Ruiz Belvis, quienes rescatarían con su fortuna personal a los niños negros de la pila bautismal para hacerlos hombres libres.

De toda esa arcilla, biológica y espiritual, fruto a veces del atropello y del ultraje y otras del amor y la virtud, estamos hechos los puertorriqueños. De doña María y de su hijo mestizo, de Caguax y Muriel, de Montesinos y Vitoria, de Urayoán, de Salcedo y Agüeybaná el Bravo, de los esclavos y los esclavistas, de los Fante, del maestro Cordero y los cimarrones, de Betances y Ruiz Belvis estamos hechos.

Cada puertorriqueño y cada puertorriqueña tiene que separar en su yo interno el grano de la paja. Pero en nuestra herencia están los ideales y paradigmas a los que debemos aspirar, conscientes de que no todos vamos al mismo paso porque es escabroso el camino.

En la medida en que entendamos la compleja y contradictoria realidad material y espiritual de ayer y de hoy, más tolerantes seremos, y más justo y libre será nuestro futuro. Lo verdaderamente importante, aun en medio de las agrias contiendas del presente, es ascender, aspirar a más, cumplir con la conciencia. El 7 de noviembre todos tendremos la oportunidad de dar testimonio de lo mejor de nuestra tradición de lucha y superación.