LA SEMANA pasada recibí una carta de una joven madre.

Me cuenta que acudió con su hijo de cinco años (al que orgullosamente describe como "muy inteligente, cariñoso y buen pelotero") a esperar en las afueras de la corte federal el día del juicio de este servidor por entrar al campo de tiro de la Marina en Vieques.

Para subirlo en hombros de modo que pudiera ver por encima de la multitud, su mamá puso en el piso la bandera del PIP que le habían regalado.

Inmediatamente, el niño le preguntó por qué había colocado en el piso "una bandera tan importante". Y esa noche, al hacer sus oraciones, le dijo que "no se nos olvide Rubén, mamá".

Pero el niño de la carta, además de ser un pequeño patriota, es también, en palabras de su madre, un "huérfano de padre vivo". Por eso representa y simboliza las realidades y esperanzas de miles de niños y niñas que, como él, cuentan con su madre como único baluarte, como único estandarte para las "banderas importantes" del amor y del sacrificio.

Madres como éstas son las que cada vez con más frecuencia se tienen que echar sobre sus hombros la tarea de criar en solitario a las futuras generaciones de este país. Ellas son, como escribe la madre de la carta, las que van a "echar a mi hijo pa'lante, con alguien o sin alguien".

Mujeres como éstas representan lo mejor de esa mitad de nuestro país que contra prejuicios, discrimen y olvido han tenido que dar la batalla por partida doble: por ellas y por sus hijos. Las mujeres representan probablemente el único sector afectado por las grandes luchas sociales para el que el alcance de cada logro ha significado una multiplicación de sus responsabilidades. La entrada al mundo del trabajo dio paso a la famosa doble jornada: salir a la fábrica, la escuela, la oficina, a ganar el sustento diario, para llegar a la casa a realizar los mismos quehaceres de antes. El alcance de niveles académicos superiores y su ascenso en la escala laboral las ha llevado a enfrentar en algunos centros de trabajo el discrimen, el hostigamiento y la presión continua de tener que hacer su trabajo mejor que un hombre para que la tengan a ella en la misma estima que a él. A esto se le añade la violencia doméstica, con sus variantes de maltrato físico y sicológico y su efecto devastador sobre toda la familia, y la irresponsabilidad de muchos hombres que con su aportación biológica empezaron y terminaron su participación en la vida de sus hijos e hijas.

Todas estas situaciones, se den en la calle, en la casa, en el trabajo, surgen porque en los comienzos de este nuevo siglo sigue enraizada en la mentalidad de muchos la premisa de la inferioridad de la mujer que ha mantenido a la mitad de la humanidad a merced de la otra. Algunos con espíritu científico se han dedicado a probar con estudios y estadísticas la falsedad de este reclamo, pero, creo yo, que para los que conocemos a mujeres como la madre de la que comencé hablando, niño en brazos y bandera en mano, esto es como tener que probar que el sol alumbra.

El convencimiento individual, sin embargo, y aun la lucha de muchos por hacer efectivos los derechos de las mujeres, no tendrán el resultado que en justicia requieren los postulados de igualdad y la dignidad humana, hasta tanto los cimientos mismos de las estructuras sociológicas que han permitido la dominación de un género sobre otro colapsen. Por eso, por ejemplo, es que cuando hablamos de la Licencia para la Lactancia, de incentivar agresivamente el establecimiento de centros de cuido, de extender el período de descanso que provee la Ley de Madres Obreras, hay muchos que piensen que estamos hablando de hacer concesiones especiales y no de reconocer legítimos derechos.

Para comenzar a romper desde su origen con los moldes que han limitado el avance de la mujer, hemos consignado como un aspecto prioritario en el programa de gobierno del Partido Independentista contribuir a erradicar la desigualdad entre hombres y mujeres a través de programas de acción afirmativa, basados en estudios sobre la realidad del discrimen por género en la esfera gubernamental; la revisión del currículo del Departamento de Educación para eliminar los textos y materiales educativos que fomenten estereotipos por género, y la identificación de factores de riesgo (tanto fisiológicos como sociales) específicos de las mujeres en ciertas aspectos de la salud.

Proponemos, además, la creación de una Procuraduría de los Derechos de la Mujer, que sustituya a la Comisión para Asuntos de la Mujer, que tenga mayores poderes y recursos para investigar acciones de discrimen tanto en el sector público como privado, y presentar acciones civiles y penales a nombre del interés público o a nombre de personas específicas para vindicar la violación de derechos que sufran las mujeres víctimas de discrimen por género en cualquiera de sus manifestaciones. Para las miles de mujeres jefas de familia, proponemos aumentar los servicios de educación, adiestramiento y readiestramiento, para que puedan adquirir destrezas de empleo que reduzcan la dependencia de ayudas gubernamentales, y para aquellas que opten por permanecer en el hogar, reconocer un valor económico a su tarea para fines como reclamaciones de daños y perjuicios, y la adjudicación de bienes gananciales o división de bienes comunes.

La madre que me escribió me pide que visite al niño en su cumpleaños, porque ése sería su "mejor regalo".

En medio de mi calendario de fin de campaña, voy a hacer lo que sea necesario para hacer un aparte y visitarlo. Pero el mejor regalo que les podemos hacer a él, a su madre, y a los miles de madres y niños que "con alguien o sin alguien" están dispuestas a seguir adelante, es hacer todo lo posible para que medidas como las que aquí he mencionado se conviertan en realidad, y así más temprano que tarde vivamos en un mundo de verdadera igualdad.