Rubén con niños y niñasEn el lugar más alto de Villa Palmeras, en Santurce, donde se divisa la costa cangrejera, al este del viejo teatro Morell Campos y a metros de la Eduardo Conde, van a la escuela elemental Alejandro Tapia y Rivera los niños y niñas de Villa Palmeras, Shangai, la Playita, el residencial Las Casas, Villa Kennedy y Las Margaritas. En Sabana Llana, Río Piedras, en el oasis de una arboleda que venció al cemento, entre la 65 de Infantería y la Iturregui, en la escuela elemental Felipe Gutiérrez estudian los niños y las niñas de los residenciales Ramos Antonini, Sellés y El Prado, de las Parcelas Hills Brothers y Falú, los de Las Virtudes y Villa Prades. En Cataño, al costado de la plaza pública, a un par de cuadras de la bahía y de la majestuosa vista del viejo San Juan, estudian en el colegio elemental San Vicente Ferrer niños y niñas de todo el municipio.

 

"La semilla está bien sembrada.  La historia de Puerto Rico se dividirá en antes y después de Vieques."

Los niños y las niñas de esas escuelas me invitaron a celebrar con ellos la semana de la puertorriqueñidad. Es el honor y el regalo más bello que he recibido en mi vida.

Vieques fue, en las tres escuelas, el centro y el corazón de la celebración artística, musical, poética y teatral. Cada clase montó su propio espectáculo, inspirados por sus maestros y maestras, escultores del alma de la patria. Desde la batalla de "el Josco" contra el toro extranjero en Villa Palmeras hasta el cuento de la "abuelita" en Sabana Llana narrándole a sus "nietos" la gesta de Vieques, hasta el areyto de los taínos y el baile de bomba en Cataño, todo exaltaba los valores de nuestra nacionalidad.

Cuando aquella diminuta declamadora de Cataño, con su rostro de azabache y su turbante blanco, recitó "Y tu abuela, ¿dónde está?" antes de darme un beso, y aquella "colorá" de Río Piedras con su corona de flores -bordada por su maestra- mirándome con sus grandes ojos verdes me dijo: "Tú tienes los ojos del mismo color de los ojos del gato de mi madrina", se materializó ante mí la visión de don Pedro, su concepto cristiano, histórico cultural de la "raza", de la nacionalidad: "Para nosotros la raza nada tiene que ver con la biología... Raza es una perpetuidad de virtudes y de instituciones características"; los que ayer estuvieron, los que hoy están y los que mañana estarán.

Y cuando los niños y las niñas de Santurce, vestidos de jíbaros, me recibieron en filas paralelas, como a la entrada de los Campos Elíseos de los antiguos -bordeado de ángeles en vez de árboles-; cuando un niñito y una niñita de Río Piedras me escoltaron de la mano a la cancha de su escuela; cuando escuché a los niños y niñas de Cataño recibirme a viva voz coreando mi nombre, como lo habían hecho los de Santurce y Sabana Llana, y vi también allí los carteles de "Paz para Vieques", pensé que se me había concedido el privilegio de ver la entrada al paraíso desde acá, desde la tierra.

"...los niños, mejor que nadie, entienden y asimilan el valor de la acción, del ejemplo de Vieques."

Pero la realidad era más sencilla. Estaba ante el Puerto Rico del futuro, el Puerto Rico después de Vieques.

Lo había visto y sentido durante la pasada campaña electoral en todo Puerto Rico; en la carretera de Morovis a Orocovis cuando de noche los niños y niñas salieron a los balcones para recibirme; en Hormigueros, cuando un niño me trajo a sus padres, de otra ideología, para que los conociera; en Luquillo, cuando una niña sentó a su padre en primera fila para que escuchara mejor mi mensaje; en Guaynabo, donde un niño me bendijo; en Cabo Rojo, donde conocí a un niño que reza por mi todas las noches; en San Juan, donde un niño votó por mi candidatura en la urna más repleta de la tienda "Toys R'Us"; en Carolina, donde una jovencita de 11 años escribió y me dedicó un programa de computadoras sobre Vieques para niños; en Ponce, el día de don Pedro, cuando la mamá simpatizante de otra ideología, me entregó un collar con la bandera de la patria para que yo lo pusiera al cuello de su niño.

Lo había comentado en artículos y discursos durante la campaña, pero ahora lo podía comprobar con mayor claridad y precisión en estas tres escuelas elementales. La semilla está bien sembrada. La historia de Puerto Rico se dividirá en antes y después de Vieques. "Nada se ha realizado en esta tierra sin acción directa" sentenció Gandhi, y los niños mejor que nadie entienden y asimilan el valor de la acción, del ejemplo de Vieques.

Antes de Vieques los puertorriqueños no sabíamos todo lo que valemos. Nos sentíamos impotentes. No teníamos plena conciencia de nuestra dignidad colectiva, de nuestro respeto propio, de nuestra capacidad para hacer valer nuestra voluntad aún frente al adversario más poderoso; plena conciencia de que la moral es más fuerte que la fuerza.

Con Vieques los puertorriqueños, como pueblo, descubrimos la fuerza de nuestro mundo interior, de nuestro espíritu. Vencimos al dios del miedo. Nuestra nacionalidad está "en pie para rescatar nuestra soberanía y salvar a este pueblo para los valores superiores de la vida". Nada lo personifica mejor que aquel chiquito de primer grado de Cataño cuando me dijo con la mayor tranquilidad, serio y sin inmutarse: "¿Cuándo vamos pa'Vieques?" Él, sus compañeros y compañeras, los jóvenes de Puerto Rico, los que se formaron con Vieques, no descansarán hasta que seamos dueños de nuestro destino, hasta que ostentemos nuestra plena dignidad nacional. Es ley de vida.

La Biblia nos enseña en Hebreos que la fe es "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve". Gracias a los niños y niñas de mi patria por fortalecer mi fe, por dejarme ver el futuro.

 

En el lugar más alto de Villa Palmeras, en Santurce, donde se divisa la costa cangrejera, al este del viejo teatro Morell Campos y a metros de la Eduardo Conde, van a la escuela elemental Alejandro Tapia y Rivera los niños y niñas de Villa Palmeras, Shangai, la Playita, el residencial Las Casas, Villa Kennedy y Las Margaritas. En Sabana Llana, Río Piedras, en el oasis de una arboleda que venció al cemento, entre la 65 de Infantería y la Iturregui, en la escuela elemental Felipe Gutiérrez estudian los niños y las niñas de los residenciales Ramos Antonini, Sellés y El Prado, de las Parcelas Hills Brothers y Falú, los de Las Virtudes y Villa Prades. En Cataño, al costado de la plaza pública, a un par de cuadras de la bahía y de la majestuosa vista del viejo San Juan, estudian en el colegio elemental San Vicente Ferrer niños y niñas de todo el municipio.

 

"La semilla está bien sembrada.  La historia de Puerto Rico se dividirá en antes y después de Vieques."

Los niños y las niñas de esas escuelas me invitaron a celebrar con ellos la semana de la puertorriqueñidad. Es el honor y el regalo más bello que he recibido en mi vida.

Vieques fue, en las tres escuelas, el centro y el corazón de la celebración artística, musical, poética y teatral. Cada clase montó su propio espectáculo, inspirados por sus maestros y maestras, escultores del alma de la patria. Desde la batalla de "el Josco" contra el toro extranjero en Villa Palmeras hasta el cuento de la "abuelita" en Sabana Llana narrándole a sus "nietos" la gesta de Vieques, hasta el areyto de los taínos y el baile de bomba en Cataño, todo exaltaba los valores de nuestra nacionalidad.

Cuando aquella diminuta declamadora de Cataño, con su rostro de azabache y su turbante blanco, recitó "Y tu abuela, ¿dónde está?" antes de darme un beso, y aquella "colorá" de Río Piedras con su corona de flores -bordada por su maestra- mirándome con sus grandes ojos verdes me dijo: "Tú tienes los ojos del mismo color de los ojos del gato de mi madrina", se materializó ante mí la visión de don Pedro, su concepto cristiano, histórico cultural de la "raza", de la nacionalidad: "Para nosotros la raza nada tiene que ver con la biología... Raza es una perpetuidad de virtudes y de instituciones características"; los que ayer estuvieron, los que hoy están y los que mañana estarán.

Y cuando los niños y las niñas de Santurce, vestidos de jíbaros, me recibieron en filas paralelas, como a la entrada de los Campos Elíseos de los antiguos -bordeado de ángeles en vez de árboles-; cuando un niñito y una niñita de Río Piedras me escoltaron de la mano a la cancha de su escuela; cuando escuché a los niños y niñas de Cataño recibirme a viva voz coreando mi nombre, como lo habían hecho los de Santurce y Sabana Llana, y vi también allí los carteles de "Paz para Vieques", pensé que se me había concedido el privilegio de ver la entrada al paraíso desde acá, desde la tierra.

 

"...los niños, mejor que nadie, entienden y asimilan el valor de la acción, del ejemplo de Vieques."

 

Pero la realidad era más sencilla. Estaba ante el Puerto Rico del futuro, el Puerto Rico después de Vieques.

Lo había visto y sentido durante la pasada campaña electoral en todo Puerto Rico; en la carretera de Morovis a Orocovis cuando de noche los niños y niñas salieron a los balcones para recibirme; en Hormigueros, cuando un niño me trajo a sus padres, de otra ideología, para que los conociera; en Luquillo, cuando una niña sentó a su padre en primera fila para que escuchara mejor mi mensaje; en Guaynabo, donde un niño me bendijo; en Cabo Rojo, donde conocí a un niño que reza por mi todas las noches; en San Juan, donde un niño votó por mi candidatura en la urna más repleta de la tienda "Toys R'Us"; en Carolina, donde una jovencita de 11 años escribió y me dedicó un programa de computadoras sobre Vieques para niños; en Ponce, el día de don Pedro, cuando la mamá simpatizante de otra ideología, me entregó un collar con la bandera de la patria para que yo lo pusiera al cuello de su niño.

Lo había comentado en artículos y discursos durante la campaña, pero ahora lo podía comprobar con mayor claridad y precisión en estas tres escuelas elementales. La semilla está bien sembrada. La historia de Puerto Rico se dividirá en antes y después de Vieques. "Nada se ha realizado en esta tierra sin acción directa" sentenció Gandhi, y los niños mejor que nadie entienden y asimilan el valor de la acción, del ejemplo de Vieques.

Antes de Vieques los puertorriqueños no sabíamos todo lo que valemos. Nos sentíamos impotentes. No teníamos plena conciencia de nuestra dignidad colectiva, de nuestro respeto propio, de nuestra capacidad para hacer valer nuestra voluntad aún frente al adversario más poderoso; plena conciencia de que la moral es más fuerte que la fuerza.

Con Vieques los puertorriqueños, como pueblo, descubrimos la fuerza de nuestro mundo interior, de nuestro espíritu. Vencimos al dios del miedo. Nuestra nacionalidad está "en pie para rescatar nuestra soberanía y salvar a este pueblo para los valores superiores de la vida". Nada lo personifica mejor que aquel chiquito de primer grado de Cataño cuando me dijo con la mayor tranquilidad, serio y sin inmutarse: "¿Cuándo vamos pa'Vieques?" Él, sus compañeros y compañeras, los jóvenes de Puerto Rico, los que se formaron con Vieques, no descansarán hasta que seamos dueños de nuestro destino, hasta que ostentemos nuestra plena dignidad nacional. Es ley de vida.

La Biblia nos enseña en Hebreos que la fe es "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve". Gracias a los niños y niñas de mi patria por fortalecer mi fe, por dejarme ver el futuro.