Agradezco al Ateneo Puertorriqueño y en particular a su Presidente, el distinguido amigo licenciado Eduardo Morales Coll la invitación para compartir esta noche con ustedes.  La agradezco, no tanto por el reconocimiento dispensado, que dice más de la generosidad de esta institución y de la valentía de su presidente que de los merecimientos de este servidor, sino por la oportunidad que me brinda para compartir unas reflexiones que hace tiempo vienen madurando en mí, particularmente durante mi estadía en Vieques y más recientemente en la cárcel de los Estados Unidos en Guaynabo.

A don Pepe, que al presentarme lo que hace es reflejar en mí su espíritu luminoso, le digo lo que decía Dostoievski del Quijote; que me gustaría tenerlo de testigo en el juicio final.

I

Recuerdo la primera vez que entré a este recinto; hace ya casi cuarenta años.  Cursaba yo entonces mis estudios de derecho.

La juventud del PIP celebraba su asamblea aquí en el Ateneo y don Gilberto Concepción de Gracia (a quien compete el honor que hoy a mí se me otorga y quien hace 55 años un día como mañana, 20 de octubre, fundó el Partido Independentista Puertorriqueño) me invitó para que hablara sobre la tesis que yo acababa de presentar sobre el tema del colonialismo en el derecho internacional y sobre las implicaciones económicas de la independencia.

En aquel entonces y por mucho tiempo después mis lecturas y escritos estaban concentrados en los aspectos económicos de la independencia.  No es extraño que así fuera.  Desde 1945 hasta la década del sesenta, el antiindependentismo del gobierno de Puerto Rico se concentró, por un lado, en la represión y por el otro en la propaganda que equiparaba la independencia con el desastre económico.

Yo creía entonces que bastaba con tener los argumentos adecuados y trasmitirlos a nuestro pueblo, para que por voluntad de la mayoría se reclamara la soberanía.  ¡Qué inocencia la mía!  ¡Como si la corrección de la argumentación fuera factor determinante para contrarrestar las realidades políticas y los procesos de control y dependencia que hacían del colonialismo una realidad avasallante!

Quien primero me dio un atisbo (o mejor dicho, una muy necesaria advertencia) de que en la política hay realidades y procesos determinantes y profundos que los meros argumentos racionales no pueden abarcar y mucho menos vencer, fue el gran intelectual y latinoamericanista, el uruguayo don Angel Rama, quien junto a su esposa, Marta Traba, compartió su sabiduría con nosotros por varios años en la Universidad de Puerto Rico.

Prologando un libro que escribí hace muchos años y en el que se hacía particular hincapié en los argumentos económicos a favor de la independencia, Angel Rama escribió, y lo cito en detalle pues sus palabras encarnan verdades fundamentales:

“Pertenezco al grupo de quienes creen que las culturas son las más altas expresiones de un pueblo... porque es en aquéllas donde se juega a fondo... la verdad de lo que un pueblo realmente quiere y es.”

            Y continuaba don Ángel:

“El debate que encontré en Puerto Rico me había de sonar, por lo tanto, a casuística marciana,... pues, si nadie negaba la existencia de la nacionalidad, en cambio se negaba... la viabilidad económica de la nación.”

Continúo la cita: “En este libro Rubén Berríos... demuestra conclusivamente las ventajas económicas de la independencia.  Pero suena terrible que se haya visto obligado a hacerlo, pues eso patentiza la distorsión de la vida espiritual isleña, la cual jamás podría justificar ni un intelectual ni un político norteamericano, ya que proceden de un país que hizo la primera revolución independentista y democrática de los tiempos modernos, para luego encarar, a partir de estos poderosos instrumentos de acción, su musculoso desarrollo económico.”

Y concluía don Angel diciendo:

 “...los asuntos importantes, los asuntos claves de cualquier nación son los espirituales o culturales, que le confieren identidad y coherencia.  Son las vivencias profundas que constituyen el fundamento secular de la construcción histórica.”

En aquel entonces yo no había vivido lo suficiente para poder internalizar plenamente lo que decía don Ángel.  Para él, en la vida de los pueblos, lo espiritual, lo cultural, lo político, las vivencias profundas, iban primero; eran lo determinante, lo clave.  Yo todavía creía en la prevalencia de lo económico y de la argumentación lógica, en la razón geométrica en contraste con la “razón intuitiva” a la que se refería Pascal.  Ya “intuía”, sin embargo, que en política no basta “con las luces de la razón” y que, como le advirtió Hamlet a Horacio,  “Hay más cosas entre el cielo y la tierra que las que sueña tu filosofía”.

            Desde entonces también he tratado de comprender esas vivencias profundas, esos asuntos claves, espirituales y culturales a los que aludía Rama.  He comprendido, como ha dicho el eminente filósofo político, Fernando Mires que,  “el hacer político incorpora... una multitud de ritos, mitos y símbolos, es decir imágenes, gestos y palabras, que no pueden ser totalmente traducidos al lenguaje”; porque de lo contrario, y cito: “la actividad política sería actividad puramente académica (horror de horrores)...”, dice Mires.

            Hoy pretendo compartir con ustedes algo de lo que he podido aprender sobre las realidades complejas y contradictorias del proceso político puertorriqueño.  Afortunadamente ya no pretendo, como aquella noche hace 40 años,  hacerlo exclusivamente con la fugaz certeza que da la ciencia sino también con la esperanza que obsequia la fe.

II

La historia de los seres humanos, como la de los pueblos o las nacionalidades, puede concebirse como un largo conflicto entre la libertad y la seguridad.  Nadie planteó el problema con mayor sensibilidad que Fyodor Dostoievski en Los Hermanos Karamazov.  Cuando hace apenas unos meses leí en la cárcel los capítulos titulados La Rebelión y el Gran Inquisidor, entendí mucho mejor el drama de nuestra patria.

Iván Karamazov, uno de los protagonistas de la novela, argumenta que, según el cristianismo, Dios le dio al ser humano la libertad para optar entre el bien y el mal.  Y tan valioso es el don de la libertad que Dios le ha permitido al ser humano escoger el mal aunque eso cause todo el sufrimiento de la humanidad.

            Pero el ser humano, argumenta Iván (a través del personaje del Gran Inquisidor), lo que quiere no es el don valioso de la libertad, sino la seguridad, que es un instinto natural.  Para el hombre la libertad no tiene sentido pues solo Cristo, como lo hizo en la narración bíblica (y unos pocos elegidos), pueden resistir las tentaciones de postrarse ante Satanás a cambio de recibir la seguridad que da el pan, el poder y la riqueza, y el misterio y la autoridad.

            Por eso, alega el Gran Inquisidor, la única forma de evitar la tentación de escoger el mal –el mal que causa el sufrimiento- es quitándole al ser humano la libertad.  Y esto se logra sometiéndolo a un régimen de poder que le promete la seguridad a cambio de la libertad.

            Por causa de la libertad, el ser humano se enfrenta, por lo tanto, al más cruel de los dilemas.  ¿Qué debe hacer el ser humano, escoger la libertad aun a riesgo del sufrimiento, o sucumbir a la tentación de la seguridad a cambio de la libertad?

            La contestación del cristianismo es clara.  Hay que estar con la libertad.        Esa lucha entre la libertad y la seguridad es la lucha de todos los hombres y todos los pueblos a través de todas las edades.   Desde la perspectiva de los  pueblos, pocos han descrito el problema con mayor precisión que Elihu Root, un destacado intelectual de la más rancia tradición norteamericana y Secretario de Estado de Teodoro Roosevelt.  Root, luego de señalar que, como consecuencia del “desarrollo de la civilización”, los pueblos aspiran “a la libertad del gobierno propio de acuerdo a sus propias ideas”, dice y cito:

 “... no puede haber una tiranía tan despreciable como la del control de los asuntos locales o propios por gobernantes extranjeros que son completamente indiferentes a los conceptos locales de cómo debe ordenarse la vida.  La independencia nacional es una defensa organizada contra ese tipo de tiranía.  Es lo más cerca que la humanidad ha estado de lograr un grado razonable de libertad junto a un grado razonable  de orden.”

Root, a pesar de ser un practicante del imperialismo, conocía perfectamente la naturaleza de las nacionalidades y el eterno conflicto entre la libertad y la seguridad.  Ese es el conflicto al que nos enfrentamos los puertorriqueños como pueblo, como nacionalidad.

III

Puerto Rico es, a la altura del siglo 21, una nación que no se  ha  constituido en  un  estado nacional, una nación que no disfruta de su soberanía.  La razón es sencilla:  nos ha tocado ser colonia de los Estados Unidos en lo que sin duda será conocido como “el siglo americano”, el siglo 20.

            Puerto Rico es una colonia de los Estados Unidos llana y sencillamente porque Estados Unidos ha querido mandar en Puerto Rico para beneficio de sus intereses.  Todo lo demás es secundario.  Desde el 1898 los Estados Unidos ostentan el poder último sobre Puerto Rico y no quieren que los puertorriqueños ejerzamos el poder sobre nosotros mismos no importa a través de qué fórmula de status sea.  Así lo han demostrado negando nuestros reclamos de soberanía formulados desde diversas perspectivas por estadistas, autonomistas e independentistas durante todo el siglo.

Dicho de otra forma, los puertorriqueños no gozamos de nuestra soberanía –no por voluntad propia- sino porque desde afuera nos han impuesto condiciones que nos impiden el ejercicio de la soberanía.  Esas condiciones van desde la fuerza militar comenzando en el 1898, hasta el control económico, la persecución política, la asimiliación cultural, la educación desnacionalizante y la dependencia económica extrema.

Como consecuencia de esas condiciones se ha desarrollado una mentalidad colonial –que conlleva un sentido de impotencia y temores de carácter económico y político- y que se añade como impedimento adicional al impuesto desde afuera al ejercicio de la soberanía.  Por eso se ha dicho, irónica pero acertadamente, que el reto electoral que enfrenta un partido independentista en Puerto Rico sólo puede compararse a la de un partido vegetariano en la Argentina.  El independentismo sabe que la lucha es difícil, pero siempre ha estado dispuesto a pagar el precio.  Sabemos que, como dice el viejo proverbio árabe:  “El camello que lleva azúcar a la Meca tiene que calmar el hambre durante el viaje comiendo espinas.”

            Pero no empece todas las condiciones adversas, contra viento y marea Puerto Rico se dirige hacia su soberanía aunque los que todavía no pueden oír la música piensen que los que están bailando son unos ilusos.  Nos dirigimos a la soberanía y la mayor evidencia es que, después de un siglo de dominio, los Estados Unidos no ha podido avasallar ni puede esquivar la realidad insoslayable de la nacionalidad puertorriqueña.

            Esa nacionalidad puertorriqueña que está hecha de toda la arcilla de nuestra historia, fruto a veces del atropello y del ultraje y también del amor y la virtud; de la “cacica” doña María y de su hijo con el español Diego Muriel quien, narra la historia, rompiendo todos los prejuicios, decide criarlo como hijo suyo; de Urayoán, que hizo seres humanos a los españoles y de Salcedo, el ajusticiado; de los esclavos y de los esclavistas; del Maestro Cordero que educó a los hijos de ambos; de los cimarrones, de Betances, de Hostos y de Ruiz Belvis; de todos ellos estamos hechos.

Esa nacionalidad puertorriqueña que aun durante el siglo americano se ha fortalecido y se ha ensanchado en todos los campos del quehacer humano y que ha cobrado cada vez mayor conciencia de sí misma.  Y las nacionalidades siempre aspiran a mandarse a sí mismas.  Ese es el problema de los Estados Unidos en Puerto Rico.  Nadie lo dijo mejor que el gran dramaturgo y pensador, George Bernard Shaw:

            “Una nación saludable está tan poco consciente de su nacionalidad como lo está un hombre sano de sus huesos.  Pero si le rompes a un pueblo su nacionalidad no pensará más que en componérsela.”

“Todas las pruebas de los beneficios de un gobierno extranjero, por poderosas que sean, son tan inútiles como intentar demostrar que los dientes postizos o las patas de palo son superiores al producto natural.”

“Un movimiento nacionalista... es solo el síntoma de una función natural reprimida.”  Termina la cita.

IV

Lea la reseña de la actividad y el resumen de los discursos, AQUÍ.

El nacionalismo, “magia que tiende puentes sobre los abismos de la historia” (como lo llamó un amigo) y, que no es más que la expresión consciente del orgullo y la identidad nacional,  se desarrolla no sólo por los resplandores y los triunfos individuales y colectivos de los pueblos,  si que también por las derrotas y más aún por las humillaciones.

Los triunfos y resplandores de nuestro pueblo durante el siglo 20 han sido verdaderamente extraordinarios.  Y dolorosas han sido las muchas humillaciones y atropellos a la dignidad de nuestro pueblo.

Ninguna más constante, en el campo de la política, que la perenne negativa por parte de los Estados Unidos de respetar nuestro derecho a decidir nuestro propio destino.

Los puertorriqueños lo hemos intentado todo.  Partidos estadistas. Partidos Independentistas. Partidos Autonomistas. Coaliciones. Alianzas y combinaciones de partidos; lucha armada e insurrección, lucha civil y electoral.  Del 1900 al 1904, del 1932 al 40, del 1968 al 72, del 1976 al 1984 y del 1992 al 2000; se suman 32 años de gobierno estadista y ¿dónde está la estadidad?

El Partido Unión gobernó desde el 1904 al 1924 y el PPD en su primer cuatrienio del 1940 al 1944 y ambos eran fundamentalmente coaliciónes de autonomistas e independentistas, que tampoco pudieron durante 24 años lograr sus objetivos.  Ni soberanía en la autonomía, ni en el protectorado ni en la independencia.  Entre el 1944 y el 1952 solo pudo ampliarse el gobierno interno mediante la Ley del Gobernador Electivo del 1947 y luego mediante la Ley 600 del 1950 que, aunque autorizó la redacción de una Constitución propia, mantenía el poder soberano de los Estados Unidos bajo la Ley de Relaciones Federales.  Del 1952 al 1968, del 1972 al 76 y del 1984 al 1992 (36 años adicionales) se vieron frustrados los intentos del PPD para ampliar los poderes de nuestro pueblo bajo el marco de la autonomía.

Para todos los puertorriqueños, para nosotros todos, frustraciones y humillaciones.  Pero también conciencia y más conciencia.

Tan grandes fueron las humillaciones y frustraciones durante el siglo 20 y tanto se fortaleció nuestra conciencia nacional, que a finales de siglo desbordó los cauces normales de la lucha electoral e institucional y desembocó en la gran gesta de desobediencia civil que ha sido la lucha en Vieques.  La primera gesta de nosotros todos.

Porque en Vieques lo que se ha dado es esencialmente un conflicto entre dos voluntades nacionales; la voluntad de Puerto Rico y la voluntad de los Estados Unidos.  Pero Vieques constituye solo el reflejo más evidente del conflicto de fondo: la contradicción entre la voluntad de mando y dominio de los Estados Unidos sobre Puerto Rico y la voluntad de los puertorriqueños, la voluntad de nosotros todos, de ordenar nuestro propio destino mediante el disfrute de la soberanía.

Hasta ahora, la manipulación y el control de los Estados Unidos a través del pan, la ideología y el poder -es decir, la manipulación de los ingredientes de la seguridad de que habla Dostoievski- en diversas dosis y dependiendo de la época, han prevalecido sobre el ansia de soberanía de nuestro pueblo.

Pero cada día que pasa se hace más humillante la tentación de lograr la seguridad mediante la subordinación a los Estados Unidos; porque cada día tenemos más conciencia del valor de nuestra nacionalidad; porque cada día nosotros todos nos damos más cuenta del valor incalculable de la soberanía, que es para los pueblos lo que el don divino de la libertad es para los individuos.

Ya lo dijo don Quijote:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.  Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas y la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”

El gran reto ante nosotros todos es canalizar la inclinación natural de nuestro pueblo a la libertad de forma tal que nuestra voluntad de soberanía prevalezca sobre la voluntad de dominio de los Estados Unidos.

Nuestra tarea fundamental es ayudar a crear las condiciones políticas para que Puerto Rico se dirija por su propia voluntad hacia la soberanía.

V

Para responder a ese reto los partidos políticos de gobierno en Puerto Rico han utilizado durante el siglo 20 diversas estrategias para enfrentar el problema de la ausencia de soberanía.

En varias ocasiones han utilizado lo que podríamos llamar la estrategia de exclusión de los demás.  Esta consiste en promover fundamentalmente una de las alternativas de status para luego de obtenido el poder, impulsar su particular reclamo ideológico.

En otras ocasiones han pretendido representar diversos sectores ideológicos en lo que podría llamarse la estrategia de  nosotros todos.  El ejemplo más claro fue la Base Quinta del Partido Unión del 1904, que postulaba que cualquiera de las tres alternativas –la estadidad, la autonomía soberana o la independencia- era una solución al problema de soberanía de Puerto Rico.  Más tarde, en el 1913, ante la actitud de desprecio del Presidente de los Estados Unidos frente a la Cámara de Delegados, el Partido Unión exploró una variable intermedia excluyendo la estadidad de su programa y afirmó entonces la “propia soberanía” como el “ideal supremo” de la Unión, postulando “la autonomía regional al presente, la soberanía nacional en el futuro.”

La estrategia de nosotros todos resultó exitosa para lograr el poder gubernamental, no solo a principios de siglo, sino también a principios de la década del 40 cuando el Partido Popular utilizó una versión limitada de la misma.  Pero resultó un fracaso para lograr el objetivo de la soberanía, ya que Estados Unidos sólo estaba dispuesto a ofrecer reformas coloniales para mantener intacto su poder soberano sobre Puerto Rico.  A principios del siglo 20, ante un recién inaugurado régimen colonial, y la realidad colonial imperante en el mundo, el Partido Unión sólo pudo lograr meras reformas del régimen colonial.  En la década del 40 baste repetir lo que ya todo el mundo reconoce, que la guerra fría y los intereses geopolíticos de los Estados Unidos reprimieron la voluntad de soberanía de los dirigentes del PPD.

Desde la década del 50 hasta finales de la década del 80, como norma general, se mantuvo la estrategia de exclusión de los demás.  En el 1989 se comienza a romper con esa estrategia, con la carta de los tres presidentes de los partidos políticos al Presidente de los Estados Unidos, reclamando que se le consultara al pueblo de Puerto Rico sobre su futuro.  Desde entonces se han realizado diversas gestiones, unas que incluían todas las tendencias ideológicas y otras de carácter más limitado, que produjeron varios plebiscitos.  Todas esas gestiones, incluyendo la primera y única reunión en el siglo entre el presidente norteamericano y los presidentes de los partidos políticos puertorriqueños han resultado infructuosas y se han estrellado contra la muralla de una metrópoli insensible a los reclamos de los puertorriqueños.

Como ya he señalado, la razón fundamental para el fracaso de todas las estrategias puertorriqueñas es sencilla: la actitud de los Estados Unidos.  Los otros obstáculos son de carácter secundario.  Aunque es cierto que lo que podríamos llamar la tentación de la piñata presupuestaria tiende a desviar a los partidos gubernamentales de objetivos más elevados, ése no es el obstáculo de fondo.  Está bueno ya de seguirnos culpando los puertorriqueños de lo que no es culpa nuestra sino de los Estados Unidos.  Recordemos, como nos decía don Pedro, que “La victoria de puertorriqueños sobre puertorriqueños es la derrota de la patria.”

VI

Lea la reseña de la actividad y el resumen de los discursos, AQUÍ.

Tomando en consideración la experiencia de todo un siglo, ¿qué podemos hacer los puertorriqueños?

Para comenzar recordemos que, aunque el amor debería prevalecer en las relaciones humanas, en política, como señala Fernando Mires, “lo realmente complicado es fundar un orden social entre quienes no nos amamos... y que por razones ineludibles tenemos que vivir en una misma nación...  Una de las tareas más necesarias de la política [es] llevar las luces de sus faros a aquellos espacios, donde ni llega, ni tiene por qué llegar el amor”.

Los puertorriqueños tenemos que diseñar una estrategia para el siglo 21.  Estamos en la época postcolonial, la época de las nacionalidades y la internacionalización de la economía, la época del creciente poder de los puertorriqueños y de otras minorías en el proceso decisorio de los Estados Unidos.  Tenemos que diseñar una estrategia que aproveche y se ajuste a esas nuevas circunstancias y que utilice la experiencia acumulada por nosotros todos durante el siglo 20.

Hay que retomar en las nuevas circunstancias lo que he llamado la estrategia de “nosotros todos”, que es la idea básica de principios de siglo 20, pero con un elemento adicional e imprescindible para ponerla a la altura del siglo 21: Un mecanismo con vida propia separado del proceso gubernamental, depositario de la voluntad del pueblo para atender exclusivamente la solución de nuestro problema de status.  Estados Unidos no va a actuar seriamente sobre el status hasta que nosotros nos tomemos la iniciativa que los obligue.  Para eso no basta con una iniciativa tímida, pasiva, débil.  Hay que inducirlos a actuar, hay que presionarlos, hay que empujarlos.  Estados Unidos no actuará hasta que tenga que actuar.  Por eso he dicho:  Los Estados Unidos hará lo que hagamos que haga.  Lo importante es constituirnos como pueblo y afirmar que estamos constituidos ante los Estados Unidos y ante el mundo, para resolver nuestro problema como pueblo, para ejercer nuestro derecho a la autodeterminación.   Hay que recordar a Betances: “El pueblo que quiere libertades las coge y no las espera de nadie de gracia y merced.”

A la altura del siglo 21, esa es la base ideológica que inspira el concepto de la Asamblea Constitucional de Status o de la Constituyente.

La Asamblea Constitucional de Status o Constituyente es en su definición más sencilla una institución compuesta por delegados electos por nuestro pueblo en representación de las diversas ideologías de status y en afirmación de nuestro derecho a la autodeterminación, con la encomienda de resolver el status en negociación con el gobierno de los Estados Unidos y en consonancia con la voluntad de nuestro pueblo.

El sector estadista, que ha sido el más renuente a la idea, no debe olvidar ante un Congreso que se ha negado a aprobar proyectos plebiscitarios meramente porque incluyen la alternativa de la estadidad que, cuando el Congreso se ha negado a actuar ante reclamos territoriales de estadidad, varios territorios optaron por el mecanismo de la Constituyente –algunos incluso eligiendo senadores y representantes para forzar al Congreso a responder a sus reclamos.

Hoy le propongo formalmente a los partidos políticos del país que consideren adoptar la idea de la Asamblea Constitucional de Status o Asamblea Constituyente, o de algún otro mecanismo que cumpla similares propósitos.

(1) Que el mecanismo sea inclusivo de diversas fuerzas ideológicas y que se deseche la estrategia de exclusión de los demás.   

(2) Que el mecanismo tenga como uno de sus objetivos fundamentales forzar a los Estados Unidos a responder a la voluntad de los puertorriqueños.

(3) Que el mecanismo sea de carácter continuo hasta que se logre que Estados Unidos responda a nuestros reclamos.

(4) Que el mecanismo esté separado del proceso gubernamental.

 Demás está decir que tal mecanismo no es incompatible con gestiones que puedan promoverse en los Estados Unidos.

Los organismos no partidistas en el país pueden hacer una valiosa contribución a este esfuerzo, entre otras cosas, induciendo a los partidos políticos a aceptar un mecanismo como éste.

El actual gobierno debe cumplir su compromiso programático y su palabra empeñada y disponerse a explorar mediante un comité compuesto por los diversos sectores ideológicos, las avenidas procesales disponibles para resolver nuestro problema de status.  Esto sería un paso importante, pero sólo un primer paso.

Al gobierno se le está agotando el tiempo de demostrar que está a la altura de los tiempos.  Sus últimas posturas respecto a Vieques son, en el mejor de los casos, decepcionantes.  Pero todavía está a tiempo.  En todo caso, el proceso ha comenzado con Vieques, continúa y continuará y dejará atrás a los que no reconozcan las señales de la historia.

Hay que desterrar las actitudes coloniales, las actitudes de pleitesía y genuflexión. A los que pretenden limitar los problemas de Puerto Rico a los de carácter económico y social hay que contestarles como lo hizo Muñoz Rivera al Presidente de los Estados Unidos en el 1905 cuando dijo:

“El Presidente afirma que no hay problemas políticos, sino necesidades industriales y mercantiles en esta isla.  Puerto Rico desciende a ser una factoría explotable, una finca en plena producción ... y nunca una sociedad en que se desarrollan ideales ... Se nos ofrecen las cuentas coloradas que se ofrecieron a los indios hace 400 años...”

Todos nosotros, nosotros todos, autonomistas, estadistas e independentistas, tenemos que retomar la dignidad de Salvador Brau, autonomista, que sentenciaba: “A los hijos ha de darse, antes de pan, vergüenza”;  y la de Baldorioty, y cito: “Yo odio el sistema colonial porque ese sistema es la muerte del espíritu y la degradación del hombre por el hombre”; la de Barbosa, estadista, que decía: “Colonia con España pudo ser... con los Estados Unidos... nunca. ...” “Yo tengo que decir que si yo supiera que Puerto Rico habría de ser una colonia permanente, yo, aunque tiraran cañones, seguiría protestando y protestando moriría.”  La dignidad de Betances, que clamaba: “No quiero colonia ni con España ni con Estados Unidos.  Los grandes no son grandes sino porque estamos de rodillas.  Levantémonos.”

Hay que hacer en todo Puerto Rico como hemos hecho en Vieques.  Por eso repito, Ayer Lares, hoy Vieques, mañana Puerto Rico.

El torrente de nuestro afán de libertad desbordará los diques artificiales que se le han impuesto, y buscará su cauce natural que es la propia soberanía.

La persistencia y fortalecimiento de nuestra recia nacionalidad latinoamericana y caribeña aun en las más adversas condiciones, unida a la profunda raíz filosófica de nuestro reclamo de libertad inexorablemente dirigen a nuestro pueblo hacia su soberanía.  Hoy no solo me lo dicta la razón.  Me lo confirma la fe.