Con la autoridad que otorgan más de 60 años de lucha, Doña Lydia Alfaro, fundadora del PIP, en una nota que me envió dice sabia y sencillamente: "El camino hacia la independencia es muy difícil, pero el más glorioso. Lo escogimos así y lo honraremos hasta la muerte". Recientemente, ante la pregunta tantas veces repetida de por qué los independentistas continuan luchando si siempre son minoría, don Rafael Cancel Miranda, con la fuerza moral de un cuarto de siglo en prisión por la libertad contestó, con timbre albizuista, que cuando la madre está enferma el hijo la cuida, no importa lo que suceda.

Ambos hablan por todos los independentistas: la enfermedad de nuestra Patria es el colonialismo y ante la dependencia que nos asfixia social y moralmente nuestro deber es luchar por mandarnos a nosotros mismos, más allá de los triunfos o fracasos pasajeros que, después de todo, son cuestión de tiempo y circunstancia. Puerto Rico, la última gran colonia en el mundo, no será la excepción a la regla universal de la soberanía.

Al otro lado del mundo, el gran líder de Singapur, Li Kuan Yew, también habla por la independencia cuando dice: "Para poder triunfar tenemos que depender de nosotros mismos… no podemos tener un país con mentalidad de mendigo… con mentalidad de dependencia de la ayuda exterior"; ecos de don Pedro que ya en el 1934 advierte contra la pretensión norteamericana de convertir a Puerto Rico "en el primer país de mendigos que haya pisado la faz de la tierra". Singapur, en contraste con Puerto Rico, repudió la dependencia y fundó su extraordinario desarrollo en el principio de la independencia para la interdependencia; y con un área 14 veces menor y mayor población tiene hoy un ingreso por persona más de tres veces el nuestro cuando al advenir a su soberanía su ingreso era menor.

En Puerto Rico, Muñoz Marín, en junio de 1975, el mismo año del cuadro de Rodón, cuando ya era evidente la relación entre la dependencia extrema y el deterioro social, hablando de la ideología de Acción Social Independentista, organización fundada por él en los años 30, dijo; "en su nombre simbolizaba las dos cosas -la justicia social y la independencia; [ASI] no era independentista y que a lo social se lo llevara el diablo. Ni era social sin la independencia. Ahí es que está Rubén Berríos ahora".

Y todavía estoy y estaré, porque ése es mi deber. Quizás la libertad no haga felices a los hombres, pero al menos los hará hombres, se ha dicho con sabiduría reiterando el Génesis. También sé que el que entrega la libertad a cambio de pan, termina sin pan y sin libertad; y que hoy, en la colonia, hace tiempo que "a lo social" se lo llevó "el diablo".

II

Además de tener plena conciencia de por qué luchamos y plena confianza en la victoria final, para prevalecer -para no confundirse, desviarse, ni frustrarse- hay que entender la naturaleza del desafío que enfrentamos.

A veces olvidamos lo evidente, lo básico, que los Estados Unidos es la nación más poderosa del mundo, que Puerto Rico está empantanado en la dependencia y que, luego de 500 años de colonialismo, el miedo a la libertad y el sentido de impotencia son parte de nuestra cultura política. A esto hay que sumar la perenne persecución, el prejuicio anti independentista y un entorno caribeño plagado de inestabilidad y estancamiento. En un país donde la mayoría recibe de los Estados Unidos tarjetas para alimentos y en donde a mayor estancamiento más ayuda federal, ser independentista es un acto de fe. De los esclavos que servían en la casa del amo, muy pocos lucharon por su libertad.

En Puerto Rico, por lo tanto, una organización política como el PIP, que es a la vez partido político electoral y partido de liberación nacional, enfrenta un reto tan arduo como delicado. Como partido político electoral, como opción de gobierno, aspira atraer al electorado en general, pero como partido de liberación nacional limita su potencial de votos al combatir la dependencia en la que vive total o parcialmente la mayoría de los electores. Nadie advirtió mejor el peligro que entraña ese desafío que Géigel Polanco quien, cuando el PPD debatía qué énfasis darle a la independencia, le dijo a Muñoz Marín en carta de febrero de 1940: "Pero de esperar mejor oportunidad para luchar abiertamente por la independencia, a descartar esa aspiración del programa, media un trecho tan considerable como el que va de la prudencia a la claudicación". Como si no bastara con la tentación siempre presente para algunos de desatender el consejo de Géigel, como le sucedió a Muñoz, hay que añadir que nuestros adversarios cuentan con ilimitados recursos económicos y con un sistema electoral sin representación proporcional que reduce la "utilidad" de votar por un tercer partido como el PIP ya que muchos votan para "ganar" o derrotar al incumbente.

Sin embargo, dentro de una tradición más que centenaria, en que los partidos y las elecciones son parte consustancial de la vida misma del país, un partido independentista cumple una función crucial. Garantiza un espacio relevante y efectivo en el debate y el proceso político indispensable para no marginarse y para mantener y fortalecer la masa crítica de apoyo necesaria para advenir a la libertad en el momento en que existan condiciones apropiadas.

Más aún, el Partido, junto al esfuerzo de otros que orientan la lucha desde diversas perspectivas, es fundamental para ayudar a generar dichas condiciones. Contra viento y marea en Puerto Rico existe un movimiento independentista -firme, respetado e influyente, fiel de la balanza en un sistema político dominado por dos partidos coloniales- cuyo poder político, es decir su capacidad para afectar la realidad, para influenciar las decisiones y el tenor de la vida política del país es considerable, como quedó demostrado en Vieques.

Esa gesta tendrá repercusiones trascendentales en las futuras relaciones con los Estados Unidos; además de fortalecer el respeto propio y la confianza de nuestro pueblo en sí mismo, le asesta un golpe histórico al corazón del dominio colonial ya que, como dijo don Pedro, ese país siempre ha estado interesado en la jaula no en los pájaros. Nuestra insistencia en una Asamblea Constituyente o de Status que frente a la inercia de los Estados Unidos persigue hacer prevalecer la voluntad de cambio de todos los puertorriqueños que aspiran a la soberanía, también está dirigida a alterar las actuales condiciones tan adversas a nuestra causa; así como nuestras propuestas de representación proporcional unicameral y de igualdad de financiamiento para las campañas, ya respaldadas por amplios sectores de nuestro pueblo.

III

No hay independencia que se haya logrado sin organizaciones independentistas. En el momento en que el independentismo pierda su identidad propia, se diluya, se disuelva o se convierta en rabiza o cómplice de partidos o instituciones que promuevan la dependencia, perderá su gravitación y su peso y se convertirá en un movimiento folclórico incapaz de incidir sobre la opinión pública o de movilizarla. La simple afirmación cultural sin la existencia de organizaciones que la encaucen hacia el reclamo de la soberanía corre el riesgo de desvirtuarse, de convertirse en pantalla de intereses mercantiles o en artificio para expiar culpas o símbolo hueco, falsificado para perpetuar el coloniaje; el patriotismo se trasmuta entonces en patriotería, en nacionalismo de pacotilla, en un gran festival del mamey.

Quien no esté consciente de esas realidades y esas limitaciones (aún frente a las cuales el PIP, en las pasadas elecciones, aumentó su voto íntegro y a la gobernación en un 40%) está abocado a la desilusión y a la frustración que llevan a la inacción y hasta sirven de pretexto para encubrir la claudicación. O peor aún desembocan en el resentimiento y el rencor que se traducen en atacar y desilusionar a los que luchan.

Lo fundamental para el independentismo, lo esencial, es la perseverancia, la tenacidad; mantener la llama viva, atizarla para que resplandezca con mayor fulgor al tiempo que trabajamos -aun al precio de la libertad personal- para que cambien las condiciones, para ampliar la organización y para adelantar la democracia social. Cuando se trata de la liberación, el tiempo no se cuenta en años ni en cuatrienios, sino en ánimo y fervor.

Sin la existencia y persistencia del independentismo, sin su lucha tenaz por fortalecer el respeto propio y la conciencia nacional, el centro de gravedad política se habría desplazado hacia el polo de la anexión, y la discusión giraría alrededor de cómo integrarnos a los Estados Unidos. Gracias a esa lucha, sin embargo, el eje del debate político de Puerto Rico es precisamente lo contrario, la afirmación de la nacionalidad puertorriqueña y sus consecuencias.

Cumplir con el deber, comprender y enfrentar el desafío ante nosotros y perseverar -esa es nuestra misión. El momento del triunfo final es cuestión de tiempo y circunstancia. Ya lo sentenció Bolívar, "Dios concede la victoria a la constancia".