El constante y progresivo avance de la corriente anexionista es el elemento definitorio del último medio siglo de la política puertorriqueña. No podía ser de otra manera cuando el sesenta por ciento de nuestra población depende para su sustento del “mantengo” proveniente de los Estados Unidos y cuando el incremento de la dependencia constituye el factor económico y social determinante.


Rubén Berríos Martínez, Presidente del PIP y pasado
candidato a Gobernador

El Tribunal de Apelaciones de Boston acaba de decidir quién es el próximo gobernador de Puerto Rico y el ELA, a su vez, se ha convertido para casi todos los efectos prácticos, en un estado sin representación congresional ni voto presidencial. Más que padecer de un déficit de democracia, padece de un déficit de anexionismo; el ELA es un status neoanexionista que usa como hoja de parra un nacionalismo culturalista.

En el 1952, al inaugurarse el ELA, los partidos anexionistas tenían alrededor de un 15% de los votos; hoy el PNP cuenta con cerca de la mitad del electorado. Las elecciones del 2004 comprobaron la fuerza del anexionismo, obteniendo el PNP mayorías sólidas en Senado, Cámara y alcaldías, aun ante el abrumador clamor contra su candidato a gobernador. El candidato del PPD por su parte se declaró partidario de la unión indisoluble con los Estados Unidos.

El ELA se ha confirmado como el semillero del anexionismo y el PNP y el PPD van camino a convertirse en apéndices de los partidos norteamericanos. Incluso hasta un número considerable de electores que aspiran a la independencia, temerosos ante la posibilidad del triunfo de un líder anexionista extremadamente repudiado y amenazante, votaron en el 2004 por el partido colonialista o sus candidatos, ayudando así en su confusión al neoanexionismo estadolibrista y por ende a la corriente anexionista que pretendían combatir. A los que de buena o mala fe argumentaban que ése era un voto útil, cabe preguntarle, ¿útil para quién, para la independencia o para la anexión?

En síntesis, la tormenta del anexionismo se ha convertido en huracán. Pero es precisamente tras el vendaval cuando la naturaleza corta por lo sano y se regenera al quedar en pie los árboles más fuertes y de raíces más profundas.

Paradójicamente, el que junto a esa corriente anexionista coexista y se fortalezca la nacionalidad puertorriqueña, constituye más allá de líneas partidistas, la otra realidad determinante de nuestra política. Esa conciencia de que somos un pueblo único y distinto -que tuvo su despegue luego de las elecciones del 1932, aun cuando frente al triunfo de la Coalición anexionista el Partido Nacionalista obtuvo apenas 5,000 votos (el 1.8%) y don Pedro 11,000 para el Senado- hoy afirma su vigor en casi todas las manifestaciones de la vida puertorriqueña. Y mientras esa realidad persista, la total anexión de la estadidad no pasa de ser una quimera; porque un estado poblado por ciudadanos que rehúsan ser americanos es un imposible, particularmente a la luz de la muy reducida utilidad militar de Puerto Rico.

Ante esas consideraciones hay que reafirmar lo evidente: no hay independencia que se haya logrado sin un independentismo organizado. En el momento en que el independentismo perdiera su identidad propia, se disolvería o se convertiría en rabiza o cómplice de partidos o instituciones que promueven el colonialismo y la dependencia.

No debe extrañar, por lo tanto, que en la pasada elección el liderato del PPD desató una campaña bien financiada y orquestada dirigida a desprestigiar y a acabar con el PIP. Volcaron contra el partido de la independencia la saña antiindependentista que forma parte de su naturaleza de partido colonialista, y que arrastran desde la época de la Mordaza en los años cuarenta y cincuenta.

En ese nuevo intento utilizaron durante varios años sus inmensos recursos, las prebendas, los contratos, los difamadores a sueldo y su acceso privilegiado a algunos medios de comunicación asentados sobre una centenaria cultura política antiindependentista. A eso se añadió, fruto del resentimiento y la frustración, la vocinglería acumulativa de unos pocos individuos (amplificada y remunerada por esos medios) que han quedado desenmascarados como instrumentos al servicio del PPD. Aunque son responsables de que algunos pretendan cuestionar la integridad del independentismo, afortunadamente hoy, desacreditados han perdido la capacidad para hacerle más daño a nuestro ideal.

Hoy más que nunca es imprescindible un Partido Independentista sin ambivalencias ideológicas; un partido que, como hasta ahora, aun sin obtener el poder, ha sido factor clave para el logro de importantes victorias que adelantan la independencia como por ejemplo, en Vieques, en la arena internacional, en el foro legislativo y en la tarea patriótica de convencer a nuestro pueblo de la naturaleza colonial del ELA y de la necesidad de la descolonización.

El PIP continuará impulsando la descolonización e insistiendo en la suprema definición como estrategia para el logro de la independencia; con mayor fuerza ahora que, en caso de tranque entre el PNP y el PPD, habrá gobierno compartido –pero entre tres partidos ya que el voto del PIP en ciertos momentos críticos será decisivo para aprobar legislación.

El temor a la definición por miedo a la estadidad, además de infundado, lleva a la colaboración con el colonialismo. A la larga, las confusiones serán cosa del pasado y, no importa lo que suceda en las etapas iniciales del proceso de definición, la victoria será nuestra. Los puertorriqueños somos y queremos seguir siendo puertorriqueños y los Estados Unidos que nunca han estado interesado en los pájaros, han perdido interés en la jaula.

En la lucha por nuestra libertad lo fundamental es la perseverancia. El colonialismo está proscrito; es el problema y no puede ser la solución. La estadidad no puede convertirse en realidad; y la soberanía nacional se evidencia como la solución natural al problema del colonialismo. Mientras haya lluvia habrá ríos, y los ríos inexorablemente fluyen hacia el mar. En el futuro habrá triunfos y también reveses; pero mientras Puerto Rico sea Puerto Rico, el logro de la independencia es cuestión de tiempo y circunstancia.