Compatriotas: Permítanme comenzar por reconocer que este homenaje se debe al esfuerzo y a la iniciativa de un hijo devoto y agradecido, el licenciado y compañero Gilberto Concepción Suárez. Ningún laurel mayor para un padre que la gratitud de su hijo. Un padre que fue ejemplo y luz la merece más que nadie.

Que sirva este homenaje, y más aún el que le rendirá todo nuestro pueblo en los años y siglos por venir, para paliar en algo la mucha ingratitud que sufrió don Gilberto a través de su vida.

Se ha querido ocultar y esconder la memoria de don Gilberto Concepción de Gracia. No es casualidad que así sea. Como recordó Sarmiento a los que pretendían olvidar a San Martín, “el olvido de las grandes figuras tiene como su principal razón absolver y agrandar a las pequeñas”.

Don Gilberto es la impugnación constante del régimen colonial, y de sus colaboradores; es la intransigencia en la defensa de la independencia. Por eso no se cansó de denunciar a los que tomaron en sus palabras “los cómodos atajos del coloniaje por consentimiento, más vergonzoso aún que el coloniaje impuesto por la fuerza”. Don Gilberto es el modelo de racionalidad, perseverancia y pulcritud; el ejemplo que no pueden permitir los enemigos de nuestra libertad. ¡Esconder y marginar a don Gilberto es intentar excluir la posibilidad de la independencia!

A don Gilberto le tocó vivir la época de la persecución inmisericorde, del oropel y del becerro de oro donde, para usar una frase premonitoria de Matienzo, “el ideal se convirtió en un lechón asado y la bandera en servilleta”. Pasó sin mancha por aquel pantano de traiciones, genuflexiones y entregas. Fue un hombre inaccesible al rencor y al resentimiento. Era un ser humano de calidad humana superior, purificada ante las grandes dificultades. Tenía un itinerario moral claro. Poseía la suprema virtud, la generosidad, y a cambio de ella nunca pidió nada. La política fue para él, “la más noble de las profesiones, el más alto sacerdocio”.

Don Gilberto aprendió de Martí que la política es el arte de hacer felices a los seres humanos. Puso su sabiduría al servicio de la independencia y de la “genuina justicia social” para su pueblo. Sabía que los poderosos no necesitan de la política porque ellos -ya disfrutan del poder.

La política es la capacidad para afectar la realidad y transformarla. Y esa convicción inspiró toda la vida de don Gilberto, hasta que su “alma”, como él decía, “entró al misterio de la eternidad”. Para cambiar la realidad colonial fundó el Partido Independentista Puertorriqueño y lo fundó, en sus palabras, “con el propósito primordial de laborar pacíficamente por la constitución de nuestro pueblo de Puerto Rico en una república independiente, soberana y democrática. Esta finalidad no podrá ser alterada, sin que el Partido pierda el motivo esencial de su existencia…”.

Don Gilberto, al fijarle el norte a su Partido, seguía el consejo del Quijote, “Llaneza, muchacho, llaneza”; sencillez, claridad, siempre al punto, para que nadie se confunda o se pierda en el camino.

Esos son los principios y el mandato de don Gilberto que orientan y seguirán orientando la prédica y la acción de su Partido.

No pretendía don Gilberto incluir en una sola organización –y utilizo una frase de Borges- “la diversidad de criaturas que forman este singular universo” del independentismo. Respetando a otros, escogió su camino y no permitió que nada lo desviara del mismo. Le enseñó a su partido que era necesario mantener ¡La lucha digna y frontal del heroísmo civil!

Nuestro mayor homenaje a don Gilberto, y a la vez nuestro gran desafío, es cómo utilizar las actuales circunstancias para hacer realidad la independencia. Ya don Gilberto había previsto, visionario al fin, el inevitable cambio de las circunstancias por venir. Por eso caracterizó en el 1964 la realidad puertorriqueña como la de, y cito, “una economía artificial que preconiza… el desplazamiento total del puertorriqueño, el debilitamiento de nuestras bases culturales y el caos social”. Hoy, esa predicción se cumple a plenitud.

Durante el discurso en honor a don Gilberto

En Puerto Rico el problema de fondo es el colonialismo, y el colonialismo tiene dos caras, dos nombres: el estadolibrismo y el estadoísmo. El ELA y la estadidad son para Puerto Rico, una nación latinoamericana, dos vertientes de un solo sistema de subordinación, marginación, injusticia y dependencia. La estadidad es la colonia del ELA con otra máscara jurídica.

Para don Gilberto, como para Martí, cuyo busto tenía sobre su escritorio, el colonialismo, bajo el nombre de autonomía, siempre fue “fantasmagoría”, un “falso remedio”, “que no resuelve nuestros problemas”, y el partido que lo defendía siempre fue para él “el partido de la equivocación permanente”, “de la sumisión inacabable”. Y no olvidemos que en tiempos de España la autonomía incluía la representación en el parlamento del imperio, al igual que hoy la estadidad sólo sería la colonia con representación en el Congreso de los Estados Unidos.

Pero don Gilberto también sabía, como Martí, que la autonomía bajo cualquier disfraz habría de ser “útil” a la independencia el día en que se comprobara, y cito, “su insuficiencia y falsedad… como se hubiese comprobado a poco de su establecimiento o la imposibilidad de conseguirla”.

Ahí estamos ahora. Hoy, ya se ha comprobado a la saciedad la insuficiencia y la falsedad de la colonia estadolibrista como remedio para resolver nuestros problemas. Y cada día se hace más evidente, no sólo la falsedad, sino también la imposibilidad de conseguir la colonia culminada que es la estadidad.

Sobre la base de todas esas convicciones, la ruta a seguir está clara. Los puertorriqueños tenemos que forzar a los Estados Unidos a enfrentar el problema colonial de Puerto Rico. Hay que forzar la suprema definición que nos anticipó don Pedro. Ése es el preludio de nuestra independencia.

El momento de la definición se acerca. Este no es un problema teórico. Todo apunta a que en Washington no va a pasar nada y el asunto revertirá acá, a Puerto Rico. El propio programa del partido en el poder así lo prevee. El otro partido colonial, por su parte, acorralado por las circunstancias, ha propuesto ante el Congreso un referéndum “estadidad, sí o no”. Y nosotros hemos propuesto un mecanismo procesal que, tomando en cuenta las propuestas de los diversos sectores, viabilice la definición. La forma específica que finalmente tomará el proceso ya se irá perfilando en el futuro cercano.

No obstante, somos conscientes de que muchos -en los dos partidos coloniales- no quieren que pase nada. El problema es que le temen a la definición. Le temen a la reacción de nuestro pueblo y le temen también a la reacción de los Estados Unidos. En el partido de la indefinición, muchos, por definición, le temen a la definición. Y en el partido estadista muchos saben que la definición es para ellos un riesgo muy grande. Los estadistas, si pierden, pierden; y si ganan, pierden también.

Pero, afortunadamente, y ante la quiebra económica y social del sistema colonial, son más todos los días los que en los dos partidos coloniales quieren que se resuelva de una vez y por siempre el estatus de Puerto Rico.

En este momento los independentistas, lejos de sentirnos abrumados o frustrados, debemos sentirnos complacidos, esperanzados, optimistas. Las señales de los tiempos están a nuestro favor. Nuestra estrategia, repito, tiene que estar dirigida a forzar la definición. Llegará ese momento y ahí estará nuestro Partido en primera fila, abierto al diálogo y flexible.

Para acelerar y forzar la definición tenemos que fortalecer nuestro Partido, nuestro instrumento de lucha por la independencia.

No hay independencia que se haya logrado sin un independentismo organizado. De ello depende su capacidad para afectar la realidad y transformarla. En Puerto Rico, sin la existencia institucional del independentismo, y sin su persistencia, el centro de gravedad política ya se habría desplazado totalmente hacia el polo del colonialismo y sólo se estaría discutiendo cómo integrarnos totalmente a Estados Unidos. La línea asimilista es norma en uno de los dos partidos coloniales y ya hay señales claras que se está imponiendo en el otro. Tenemos que actuar pronto.

Yo sé que algunos le temen a la definición, alegando que hay mucho miedo en el país. Miren si hay miedo que hay unos pocos que se enamoran de espejismos jurídicos e intentan esconder la independencia con otros nombres. ¡Como si al pueblo se le pudiera engañar!. Nosotros no somos un cayo ni un atolón perdido en la inmensidad del Océano Pacífico, aunque los escasos pueblos que los ocupan sean merecedores de nuestra comprensión porque la historia no les dejó más salida que una llamada “libre asociación”. Puerto Rico es una vigorosa nación latinoamericana, parte de la gran familia de pueblos latinoamericanos.

Compatriotas, es innegable que la razón y el proceso histórico nos asiste. Pero hay algo mucho más importante y profundo. El sentimiento, la pasión y el amor a la libertad de la patria trascienden lo específico, lo inmediato. La lucha por la independencia es mucho más que una estrategia y un programa político. Por eso don Gilberto, al ser preguntado qué sería si no fuera independentista, dijo llana y sencillamente que se moriría de la vergüenza. Por eso don Gilberto, que no era como los otros, tenía que fundar un partido que no fuera como los otros.

Este es el momento que hemos venido anticipando y esperando por décadas. En Vieques no rehuimos la confrontación. Casi un millar de compañeros y compañeras de nuestro Partido, junto a otros puertorriqueños, padecieron prisión y triunfamos. Tenemos que ir a la definición con valentía, con osadía. Esta no es misión para timoratos ni para hombres y mujeres frustrados y sin fe. Ahora es que hay que avanzar, ahora que las condiciones son propicias.

Ahora que la humanidad ha proscrito el colonialismo. Ahora que se cayó el modelo económico colonial y nuestro pueblo está buscando una salida a su angustia, a su deshonra nacional. Ahora que Latinoamérica se ha levantando. Ahora es el momento: ¡yanquis o latinoamericanos!

¡Afortunados los que pudimos conocer a don Gilberto!

¡Privilegiados si algún día merecemos ser reconocidos como sus discípulos!

¡Bendita sea esta tierra que nos dio a don Gilberto Concepción de Gracia, nuestra luz y nuestro ejemplo!

¡A la lucha y a la victoria! ¡Que viva Puerto Rico libre!