La esperanza en la caja de Pandora
Luis N. Rivera Pagán
San Juan, Puerto Rico - 8 de junio de 2010
; |
Dr.
Luis Rivera Pagán presenta el libro
Puerto Rico Nación Independiente, Imperativo
del Siglo XXI
en la sede del Colegio de Abogados de Puerto
RIco |
Permítanme
comenzar con unos versos que me vinieron a la memoria al
leer este espléndido libro - Puerto Rico: Nación
Independiente, Imperativo del Siglo XXI (2010) -
de los compañeros y amigos, Fernando Martín García,
Francisco Catalá Oliveras y Rubén Berríos Martínez.
Proceden de la pluma de Rafael Alberti, uno de los
muchos escritores españoles que salieron de su patria,
lacerados profundamente por la derrota de la república,
y rezan así:
“Yo
también canto a América, viajando
con
el dolor azul del mar Caribe,
el
anhelo oprimido de sus islas,
la
furia de sus tierras interiores.
...
Suene
este canto, no como el vencido
letargo
de los quenas moribundos,
sino
como una voz que estalle uniendo
la
dispersa conciencia de las olas.
...
Yo
también canto a América futura.”
El
libro de Fernando, Francisco y Rubén también me hizo
recordar el dramático final de Yo el Supremo
(1974), la obra maestra del insigne escritor paraguayo
Augusto Roa Bastos. En el instante cuando José Gaspar
Rodríguez de Francia y Velasco, autodesignado Dictador
Perpetuo de la joven república del Paraguay y personaje
central de esa novela, percibe, a pesar de su pomposo y
fatuo título, la inevitable disolución de su cuerpo, su
vida y su despótica potestad, confunde su declive con el
de su nación. Pero un misterioso interlocutor interviene
y le sentencia, “… es necesario amar la patria, por
muchas injusticias que en ella se padezca, y aunque por
ella misma perdamos la vida, pues sólo se muere según se
ha vivido.”
Fernando
Martín, Francisco Catalá y Rubén Berríos han amado y
aman su patria, nuestra patria puertorriqueña, aún a
pesar de las muchas injusticias e injurias que por ella
han padecido. Este libro es muestra fehaciente de ello.
Y, sin pretender introducir un tono necrológico en esta
noche de reflexión y celebración, de ellos también se
afirmará un día como Rubén Darío, conmovido ante el
asesinato de José Martí, pronunciase en una hermosa
elegía del apóstol de Cuba y de toda Nuestra América:
“Quien murió allá en Cuba era de lo mejor, de lo poco
que tenemos nosotros los pobres… En comunión con Dios
vivía el hombre de corazón suave e inmenso… fue siempre
seda y miel hasta con sus enemigos.”
Al
comenzar a leer el libro, mi primera sorpresa fue el
relato de Rubén sobre un extraño encuentro que tuvo en
febrero de 2000, en Vieques. Un sacerdote cristiano,
oriundo de India, le visita. Rubén cree que se trata de
un clérigo de la iglesia católica que fundase en el
siglo dieciséis el canonizado Apóstol de las Indias,
Francisco de Javier. Pero no, resulta provenir de la
Iglesia Ortodoxa Siria de Malankara, en India. Eso me
hizo rememorar, con tierna tristeza, a un viejo amigo ya
fenecido, el Metropolitano Paulos Mar Gregorios, prelado
de esa antigua rama de la cristiandad, la cual traza sus
orígenes al apóstol Tomás. Según la tradición, el
apóstol Tomás fue al oriente como misionero peregrino y
migrante y sufrió el martirio en la India. Paulos Mar
Gregorios era un hombre brillante que combinaba de
manera poco frecuente la erudición intelectual, había
estudiado en Princeton, Yale y Oxford, con la devoción
religiosa, la honda fidelidad a su particular identidad
religiosa con la amplitud ecuménica de quien sabía
reconocer la dignidad de la diversidad. Lo conocí en
Bangalore. India, en 1975, y por los próximos quince
años nos reencontramos en distintos foros que
propugnaban la paz mundial desde una perspectiva
cristiana, en Holanda, Alemania, Finlandia Rusia,
Bulgaria, Polonia, Hungría, Ucrania y la entonces
Checoslovaquia. Parece ser que esa antiquísima iglesia,
tan poco conocida entre nosotros, ha logrado calar
hondo, gracias a dos de sus sacerdotes, en la mente y el
corazón de al menos dos puertorriqueños, Rubén Berríos y
este que les habla.
El
libro se inicia con un ensayo de Fernando Martín, “La
nueva realidad continental y nuestra independencia”, que
expone con mucha precisión tres ideas importantes: 1) la
continuidad de una voluntad imperial hegemónica
estadounidense de subordinar a Puerto Rico a sus
intereses económicos y geoestratégicos; 2) la
persistencia obstinada de la aspiración de soberanía e
independencia nacional puertorriqueña, la cual se niega
a claudicar, a pesar de su constante criminalización y
represión; 3) los cambios en la política imperial, en
América Latina y en Puerto Rico que podrían propiciar un
proceso de liberación nacional de nuestro país.
No
es la primera vez que Fernando escribe sobre estos
temas. Lo hizo magistralmente en su libro La tierra
prometida, publicado en 1996, en ocasión de
conmemorarse la quinta década de existencia del Partido
Independentista Puertorriqueño. Ahora los retoma para
ubicarlos en el contexto de la crisis política de la
herencia colonial de nuestra patria, el nuevo despertar
de las ansias libertarias latinoamericanas, y la
aspiración de completar el sueño bolivariano de la
emancipación e integración de todos los pueblos
hispanoamericanos.
Hay
una sección en este nuevo ensayo que amplía lo antes
analizado en La tierra prometida. Fernando la
titula “El nacionalismo cultural”. Se trata del esfuerzo
del gobierno colonial estadolibrista de divorciar la
defensa de la identidad cultural puertorriqueña de la
lucha por la soberanía e independencia nacional.
Permítanme contribuir unas breves reflexiones sobre este
tema que considero crucial.
El
1953 se inició repleto de buenos augurios para Luis
Muñoz Marín. Durante el año anterior su Partido Popular
Democrático había ganado las elecciones y se había
inaugurado el Estado Libre Asociado, que en la mente del
Patriarca constituía la cristalización histórica del
autonomismo. A fines de 1953, sin embargo, Muñoz ve algo
en el centro de la Isla que le perturba, como si fuese
un presagio ominoso para el protagonista de una tragedia
griega. Se trata de un humilde local de ventas y consumo
de licor que su dueño había nombrado “Agapito’s Bar”. No
era un caso único; era más bien ejemplo de una moda en
boga: titular en inglés establecimientos comerciales. Lo
que parece algo nimio lo percibe como una señal de
menosprecio al idioma y la cultura de Puerto Rico.
Muñoz
se cree el Convocado para dirigir a su pueblo en una
ardua tarea: proteger la integridad lingüística del
idioma del pueblo puertorriqueño y así resguardar su
cultura, segregados, sin embargo, del derecho pleno a la
independencia nacional. Aprovecha la invitación de la
Asociación de Maestros, para concluir su asamblea anual,
el 29 de diciembre de 1953, con un discurso en el que
censura el uso de títulos en inglés. No escatima
ejemplos: “Así vemos los ‘Auto Supplies’, los ‘Beauty
Parlors’, los ‘Drug Stores’, los ‘Barber Shops’… el
galimatías parte inglés y parte español...” Consciente
de que su auditorio se compone de maestros y maestras,
los amonesta por permitir que se les llame “Mister y
Miss y Missis”. Percibe en ello una reliquia colonial.
“¿[N]o indica un sentido colonialmente absurdo de que
eso de mandar y enseñar es atributo de personas cuyo
idioma materno no es el español?”
“El
idioma es la respiración del espíritu”, reitera Muñoz.
Está en juego la cultura propia de los puertorriqueños,
su personalidad de pueblo. El peligro, que Muñoz de
manera falaz atribuye más a la inercia de los boricuas
que a la posible alevosía imperial, es que los
puertorriqueños terminen hablando “en un papiamento – o
sea, en una mezcla de lenguas superficial y
empobrecida.”
¡Pobre
iluso Patriarca, que creía que bastaba su palabra de
mando y censura, sin la fortaleza protectora de la plena
independencia nacional, para atajar esa continua
interferencia lingüística del inglés! Nunca logró
entender el vínculo indisoluble entre idioma, identidad
cultural y soberanía nacional. Quizá sea acertado el
juicio de Edgardo Rodríguez Juliá, en su libro dedicado
a Muñoz, Las tribulaciones de Jonás (1981): “En
el fondo de este hombre había una tragedia, y ésta era
también la de su pueblo.”
Fernando
Martín culmina su ensayo con un llamado pleno de
desafíos y esperanzas. Convoca a:
“Luchar
denodadamente en Puerto Rico para volcar la opinión
pública contra el colonialismo, buscar las formas de
estimular al Congreso y al Gobierno de Estados Unidos a
enfrentar su responsabilidad descolonizadora, y
movilizar a nuestra América para que complete su
libertad auxiliándonos en lograr la nuestra: ese es el
desafío.”
¿Qué
otra cosa puedo decir, sino rememorar los inmortales
versos de Rubén Darío?
“He
lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que
habéis sido fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el
estertor postrero de un caduco león...
¡Oh
tierras de sol y de armonía,
aún
guarda la Esperanza la caja de Pandora.”
El
ensayo de Francisco Catalá es contundente, demoledor. En
solo cincuenta páginas nos ofrece una mina de
información sobre el modelo imperial económico de
enclave que, con distintos ropajes y legitimaciones, ha
prevalecido en Puerto Rico desde que por la fuerza de
las armas nuestra tierra fuese conquistada por Estados
Unidos. Describe, además, las distorsiones de la
economía colonial y, esto es lo crucial, desmonta
críticamente las justificaciones que en su defensa
esgrimen sus apologistas.
Es
un acopio ejemplar de información y análisis crítico
sobre la historia económica de Puerto Rico desde el 1898
hasta el presente. Explica certeramente la decadencia de
la economía de enclave colonial y la crisis de sus
paliativos transitorios – la transferencia de fondos
federales, el endeudamiento público y las exenciones
tributarias al capital inversionista extranjero. El
panorama económico que traza su pluma es desolador. Me
trae a la mente el famoso lúgubre aguafuerte de
Francisco Goya “El sueño de la razón produce monstruos”.
La pesadilla de la racionalidad económica colonial,
parece decir Catalá, ha producido el monstruo del
descalabro económico que padece Puerto Rico. Pudo haber
concluido su ensayo citando los angustiosos versos de la
escritora mexicana Rosario Castellanos,
“Alguien, yo arrodillada: rasgué mis vestiduras
Y
colmé de cenizas mi cabeza.
Lloro
por esa patria que no he tenido nunca,
La
patria que edifica la angustia en el desierto…”
Sin
embargo, por la alquimia milagrosa de la fe en la
racionalidad del pueblo puertorriqueño y en su voluntad
de procurar el bien común de la patria, Francisco
termina redescubriendo la esperanza en el interior de la
caja de Pandora…
“Puerto
Rico es una nación. Esto constituye una extraordinaria
ventaja comprobada por la teoría y la historia
económica… El desarrollo no es posible si se carece del
instrumental que provee la independencia. Así lo
demuestra la historia. Para su desarrollo Puerto Rico
tiene que reconciliar su ordenamiento institucional con
su naturaleza nacional. La independencia, el pleno
ejercicio de la soberanía, es el imperativo para
lograrlo.”
Esa
es la virtud de este ensayo, que no se limita al lamento
borincano tan común en los economistas del país. Tiene,
por el contrario, la audacia de proponer un diseño
distinto: un Puerto Rico soberano e independiente que al
asumir control de su vida colectiva pueda lograr que los
beneficios del modelo económico que estructure sean para
el beneficio prioritario de los habitantes de esta Isla,
que tanto lo precisan.
Rubén
Berríos inicia su ensayo sobre nacionalidad, ciudadanía
y nacionalidad dual con la primera pregunta de uno de
mis cuentos preferidos de Jorge Luis Borges, Las tres
versiones de Judas (1944), a saber “¿Quién se
resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya
prédica no le importa?” Yo prefiero reaccionar a su
exposición con la última pregunta de ese enigmático
relato borgiano, “¿Qué infinito castigo será el suyo,
por haber descubierto y divulgado el horrible nombre de
Dios?” O, más bien, y alterando la pregunta a lo que nos
compete esta noche, ¿qué infinito castigo será el de
Rubén, por descubrir y divulgar la horrible realidad de
la ciudadanía americana que el congreso estadounidense
nos impuso en 1917?
Es
un texto abarcador del cual me limito a mencionar de
pasada algunos asuntos claves. Rubén analiza la
formación semántica moderna de nacionalidad, como un
vínculo en continuo desarrollo que confiere a un pueblo
pertenencia histórica y cultural, ligada a una tierra,
unas tradiciones y una lengua comunes. Analiza luego la
historia de la ciudadanía estadounidense, con sus
iniciales limitaciones y exclusiones, y sus posteriores
desarrollos divergentes y en ocasiones conflictivos
sobre los derechos civiles y políticos de los sectores
poblacionales no caucásicos.
Hay
tres apartados muy iluminadores. Uno de ellos tiene que
ver con un tema de mucho debate y ofuscación – la
tensión entre la naturaleza colonial de la relación
entre los Estados Unidos y Puerto Rico, que se mantiene
intacta a pesar del maquillaje encubridor del Estado
Libre Asociado, y la ciudadanía que a título individual
nos liga a la hegemonía política y jurídica del imperio.
Es una ciudadanía de segunda clase, impuesta sin
consulta ni consentimiento, que intenta excluir la
independencia a la vez que pretende clausurar el posible
camino de la anexión. Es la cuerda larga del coloniaje,
como la describiese Muñoz Marín antes de abdicar sus
juveniles ideales libertarios. Confieso que al
considerar la ordalía a la que por más de un siglo se ha
sometido el independentismo puertorriqueño, descrita por
Rubén, aflora en mi imaginación la frase atribuida a
Simón Bolívar, pronunciada quizá en uno de sus
incontables momentos de decepción y tristeza… “He arado
en el mar y cosechado en el viento.”
Un
segundo apartado trata de los cambios jurídicos y
constitucionales sobre ciudadanía y nacionalidad dual en
México. Parecería extraña esta aparente digresión. ¿Qué
tiene que ver México con la ciudadanía de los
puertorriqueños? Mucho, si seguimos atentamente la
argumentación de este ensayo. Rubén describe el cambio
drástico de un estado, el mexicano, tradicionalmente muy
celoso de su exclusiva y excluyente ciudadanía, a uno
que promueve la ciudadanía dual de sus nacionales. Si el
gobierno mexicano tuviese éxito en ese proyecto
precipitaría a Estados Unidos por un sendero por el que
en realidad esa nación nunca ha querido transitar – el
de la ciudadanía y nacionalidad duales.
No
debe omitirse que el famoso precedente marcado por
Afroyim v. Rusk, de 1967, en una cerrada votación de
cinco jueces contra cuatro, y que versaba sobre un
ciudadano estadounidense judío que había mostrado de
diversas maneras su fidelidad al estado de Israel, nunca
se pensó como puerta de entrada a millones de personas
que ostentasen doble ciudadanía y albergasen duales
lealtades nacionales. Si las decenas de millones de
ciudadanos mexicanos que residen, legal o ilegalmente,
en Estados Unidos adquiriesen, a corto o largo plazo, la
ciudadanía estadounidense, a la vez que conservan la
suya original, y si incontables migrantes de otros
países latinoamericanos hiciesen algo similar, se
crearía una situación novedosa en la historia política y
constitucional norteamericana, con consecuencias
impredecibles para la identidad cultural de esa nación.
¿No
sugiere acaso este peculiar excurso que la independencia
de Puerto Rico no excluye la ciudadanía dual –
estadounidense y puertorriqueña – para aquellos
compatriotas que así lo deseen? Y, por consiguiente, de
ser correcta mi lectura, la retención de la ciudadanía
estadounidense no necesariamente constituye un obstáculo
insuperable en la consecución de nuestra independencia
nacional. Eso, dicho sea de paso, podría ser importante
para quienes valoren grandemente su ciudadanía
norteamericana, entre los cuales, debo confesar, no se
cuenta éste que ahora les habla.
Naturalmente,
como bien saben quienes, como Rubén, han dedicado su
vida a la ardua tarea de la resistencia política, las
cosas nunca resultan tan simples. Los americanos no son
incautos. Por algo su nación ocupa la cúspide del poder
mundial. Al interior de Estados Unidos hay una fuerte
reacción contra la difusión de lealtades y fidelidades,
representada en primera instancia por los migrantes
latinoamericanos que reclaman derechos de residencia e
incluso ciudadanía sin abandonar su profunda ligazón
afectiva, política, económica y jurídica con su nación
de origen.
Rubén
destaca esta reacción nativista y a veces incluso
xenófoba. Por mi parte deseo recalcar su argumentación
recordando el importante libro de Samuel P. Huntington,
publicado en 2004, bajo el significativo título Who
are We? The Challenges to America’s National Identity,
precedido por un artículo de primera plana sobre el
mismo asunto en la revista Foreign Policy, en la
primavera de ese año. Huntington, profesor distinguido
de Harvard, fue una eminencia gris de la política
neoconservadora estadounidense y arquitecto intelectual
de la notoria teoría del “choque de las civilizaciones”
que embarcó al estado norteamericano en el fiasco de las
guerras de Afganistán e Irak.
En
esta su postrera criatura literaria, Huntington cree
descubrir un enemigo nefasto de la integridad cultural y
política estadounidense: los inmigrantes
latinoamericanos. Por la cantidad y continuidad de ese
flujo migratorio, por su distanciamiento de las
tradiciones culturales angloprotestantes
norteamericanas, por su retención del idioma español,
por la constancia de su fidelidad a su patria natal,
alega Huntington, esta migración representa y cito en su
idioma preferido, “a major potential threat to the
cultural and political integrity of the United States”
(FP, 33; WAW, 243). Son muchos los hispanos
estadounidenses que con vehemencia han negado ese aciago
pronóstico y han insistido en su disposición a
asimilarse a la cultura norteamericana. Yo, por el
contrario, aspiro a que Huntington tenga toda la razón,
a que en efecto los migrantes latinoamericanos
constituyan una amenaza real a la integridad cultural y
política de Estados Unidos.
Esos
escritos últimos de Huntington abonan a lo que Rubén
enfatiza en su ensayo: la heterogeneidad de memorias
históricas y tradiciones de identidad entre Puerto Rico
y Estados Unidos puede contribuir a una sana y armoniosa
relación entre dos naciones soberanas, pero nunca a
nuestra disolución como pueblo por la senda de la
anexión política y el asimilismo cultural. No sería eso
legítimo para Estados Unidos y, sobre todo, es
incompatible con nuestra aspiración de preservar y
enriquecer nuestra identidad cultural como pueblo
latinoamericano y caribeño.
No
quiero concluir sin hacer un breve apunte sobre la
situación actual de nuestro pueblo, en la que surge este
libro. En 1985 Ernesto Laclau y Chantal Mouffe
publicaron su texto Hegemony and Socialist Strategy:
Towards a Radical Democratic Politics en el que
cuestionaban la postura dogmática de los partidos
tradicionales de izquierda que partían del principio
exclusivo de la lucha de clases y llamaban la atención
al actual pluralismo de resistencias y reclamos de
reivindicación de derechos humanos políticos,
culturales, sociales y económicos. Pero al menos quince
años antes que ellos escribiesen ese libro, el
independentismo puertorriqueño se vinculaba
estrechamente con rescates de tierras, el repudio al
servicio militar compulsorio, el uso bélico de la isla
de Culebra y el respeto a los derechos de la mujer,
entre otras instancias de reclamos sociales.
Hoy
nos encontramos en un Puerto Rico convulso, con
sindicatos, empleados públicos, estudiantes
universitarios, sectores residenciales marginados,
mujeres que ya no toleran su tradicional subordinación,
cristianos inspirados por la teología de la liberación y
la comunidad no heterosexual (GLBTT) en abierta rebeldía
contra quienes se creen destinados para dominar y
controlar. Es una oportunidad dorada para ligar de raíz
la exigencia de la soberanía plena e independencia
nacional con la fascinante multiplicidad caleidoscópica
de reclamos de justicia y reconocimiento que prolifera
en nuestro país. A esa convergencia de luchas diversas
pero conciliables contribuye significativamente este
libro de Fernando Martín, Francisco Catalá y Rubén
Berríos que hoy celebramos. Ese es el futuro de quienes
se niegan a arrodillarse ante los nuevos becerros de oro
y falsos baales.
Deseo
terminar con unos versos de un poeta iraquí, Badr Shakir
Al Sayyab, quien poco antes de morir, joven aún, cargado
de los dolores de los pueblos árabes y buen conocedor
del legado lastimoso del coloniaje, logró rescatar la
esperanza de la caja de Pandora y escribir lo siguiente
en su poema El canto de la lluvia…
“En
cada gota de lluvia
hay un
brote rojo o amarillo de los jardines de las flores.
Cada
lágrima de los hambrientos y los desnudos,
cada
gota derramada de la sangre de los esclavos
es una
sonrisa esperando una nueva boca
o un
pezón sonrosado sobre la boca de un niño
en el
mundo joven del mañana, ¡dador de vida!”
¡Muchas
gracias!
8 de junio de 2010
Colegio de Abogados
San Juan, Puerto Rico.
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