Un cambio de jinete

Por: José R Bas García
Miembro del Partido Independentista Puertorriqueño
Especial para ARGENPRESS.info
Publicado el 23 de abril de 2005

En nuestro artículo anterior sobre Puerto Rico, publicado por ARGENPRESS el 8 de abril de 2005, hicimos un brevísimo paseo histórico para demostrar el origen y la trayectoria paralela de la Isla y Latinoamérica. Interrumpimos ese viaje con la mención de la Guerra Hispanoamericana de 1898 y la llegada a suelo boricua de un nuevo invasor: Estados Unidos de América. La ocupación militar de Puerto Rico por tropas norteamericanas comenzó el 25 de julio de 1898 y culminó en lo que previó don Ramón Emeterio Betances cuando dijo: 'no quiero colonia, ni con España, ni con Estados Unidos' (1). En efecto, Puerto Rico pasó de ser una colonia española a serlo de Estados Unidos. Tan sencillo como cuando a un mismo caballo se le cambia de jinete.

Durante el último cuarto del siglo 19 Puerto Rico obtuvo algunos logros políticos bajo España. Ya para el 1897 España había aprobado una Carta Autonómica que le concedía poderes a la colonia muy avanzados con respecto a otras épocas y con respecto a otras colonias caribeñas pertenecientes a distintas potencias europeas. No es de extrañarse que la aspiración de muchos puertorriqueños fuese entonces alcanzar una situación igual o aún superior bajo Estados Unidos. Es natural que al inicio de esta relación política muchos desearan ser ciudadanos de Estados Unidos, igual que lo habían sido de España, y que quisieran gozar de las libertades provistas en la Constitución de EE.UU., tal como había prometido el General Miles, comandante del ejército invasor.

Otro era el destino que nos tenía reservado los norteamericanos. La decepción que más tarde sufrieron muchos tenía sus raíces escritas en el mismo tratado de paz entre España y Estados Unidos, conocido como el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, por el que España cedió a Puerto Rico. Este dice que 'los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos a los Estados Unidos, se determinarán por el Congreso' (2). El invasor no tomó decisión inmediata alguna sobre la condición de los habitantes de su nueva posesión. Quedaban en un limbo jurídico y político a merced del Congreso, sin que hubiese un compromiso o expectativa alguna de solución a ese estado. Aún más, la Constitución de Estados Unidos le confiere al Congreso facultad para 'promulgar todas las reglas y reglamentos necesarios en relación con el territorio o cualquier propiedad perteneciente a los Estados Unidos' (3). Se iniciaba con esto la construcción del andamiaje legal y político que sostiene hasta nuestros días la relación de subordinación colonial de Puerto Rico a Estados Unidos mediante la cual el Congreso legisla para la Isla sin la representación nuestra en ese cuerpo y sin nuestro consentimiento.

Para 1899 la población de la Isla era de 953,243, de los cuales el 31% estaba por debajo de los 10 años de edad y sólo el 11% era mayor de 45 años. El 38.2% estaba compuesto por negros y mulatos. La ciudad más grande era San Juan, en la que vivían 32,048 personas. La tasa de analfabetismo era de 83.8%. Había 529 escuelas, seis de las cuales estaban en edificios públicos. No había una universidad. Así nos había dejado España (4).

Según José Trías Monge 'a fines del siglo 19 Puerto Rico tenía… una identidad nacional bien definida, un fuerte sentimiento de su propia cultura, parte de las comunidades caribeñas y latinoamericanas hispanohablantes, con sus singularidades propias y tanto derecho como las otras a la libertad y a ser respetada… un país que quería justicia económica, política y social, pero no tutelaje colonial' (5).

Entre 1898 y 1900, el gobierno de Puerto Rico estuvo en manos de generales militares. El Congreso de EE.UU. aprobó en el 1900 la primera ley orgánica para Puerto Rico. La Ley Foraker, para establecer un gobierno civil, establecía un Gobernador nombrado por el Presidente de EE.UU.; un consejo ejecutivo compuesto por norteamericanos nombrados por el Presidente, con funciones en la rama ejecutiva, así como en la legislativa; y una Cámara de Delegados. Esta última era el único cuerpo del gobierno al que el pueblo podía elegir sus representantes. El mismo estaba subordinado al Consejo Ejecutivo y al Gobernador. Entre otras cosas, la Ley Foraker mantuvo a los puertorriqueños en el mismo limbo jurídico en que el Tratado de París los había puesto ya que solo hizo una referencia a los puertorriqueños como 'ciudadanos de Puerto Rico', pero sin derecho a naturalizarse como estadounidenses, no podían ocupar empleos para los que fuera requisito ser ciudadanos norteamericanos y siendo residentes en EE.UU., no podían votar en las elecciones.

Había una clara desigualdad y distinción entre los puertorriqueños y el resto de los norteamericanos establecida por el propio estatuto del Congreso. Muy lejos quedábamos con respecto a las expectativas iniciales. La insatisfacción nuestra no se hizo esperar. Mientras el gobierno de la metrópoli rechazaba hacer cambios en su trato hacia Puerto Rico, en la Isla se cuajaban distintas manifestaciones de resistencia.

Una de esas manifestaciones ocurrió en el 1904 cuando se fundó el Partido Unión. Entre sus propósitos estaba 'resistir la ola esclavizante del Norte' (6). Este partido propuso en la base quinta de su plataforma la independencia para Puerto Rico. Por primera vez en nuestra historia un partido político incluía la independencia como solución a nuestro dilema colonial. Ese sentimiento independentista fue afirmándose y organizándose con el tiempo, según veremos después.

Los norteamericanos vieron en el bajo nivel educativo de los puertorriqueños una gran oportunidad para transformarnos. La tasa de analfabetismo tan alta los llevó a pensar que sería sencillo 'americanizar' a los puertorriqueños. Uno de los primeros estadounidenses encargados de establecer el sistema de educación en la Isla dijo que 'si americanizamos las escuelas y se inspira con el espíritu americano a los profesores y a los alumnos…' (7). En efecto, se estableció esa política encaminada a amputar de nuestra existencia nuestras raíces culturales, nuestro idioma, nuestro espíritu y alma puertorriqueña para convertirnos en 'americanos'.

¿A qué obedecía esta política? Podríamos aventurarnos con una contestación si consideramos lo siguiente. La ocupación y conquista de los territorios contiguos al oeste de las trece colonias ocurrió en parte porque la densidad poblacional de estos era muy baja y los anglosajones pudieron desplazarlos con relativa facilidad. Además, la determinación de ellos era que esos territorios estaban destinados a la anexión y eventual conversión como estados. Un requisito general para esto último era que la población blanca fuera mayor de una cantidad determinada de habitantes. Al llegar al Caribe, la situación era totalmente distinta. Cuba y Puerto Rico estaban densamente pobladas por mestizos que hablaban español que eran culturalmente diferentes y considerados inferiores. El trato necesariamente tenía que ser distinto. En esa política estaba implícita la realidad de que éramos un pueblo diferente que debía asimilarse lo más posible para parecerse al anglosajón invasor. Lo intentaron sin éxito. Hoy, todavía más del 70% de nuestra población no domina otro idioma que el español.

El hecho es que los mismos norteamericanos distinguieron a una nación diferente en Puerto Rico. Por lo tanto, sus objetivos se limitaron a procurar que los puertorriqueños nos mantuviésemos 'tranquilos' y no entorpeciéramos sus propósitos. Procuraron y forzaron nuestra fidelidad de distintas maneras a fin de poder utilizar la colonia caribeña como fortín militar para defender sus costas del Golfo de México y las entradas al Canal de Panamá que recién habían construido. Igual que para España, la posición geográfica de la Isla era importante para la metrópoli. Los puertorriqueños éramos meros accesorios incidentales para los propósitos de Estados Unidos. Bien dijo en una ocasión don Pedro Albizu Campos que a los americanos les interesaba más la jaula que los pájaros.

Veremos en artículos siguientes el desarrollo de esa relación colonial hasta hoy. Daremos una mirada a las transformaciones que ella ha producido en la sociedad puertorriqueña, la cual aún expuesta a tanta presión, continúa siendo hispanoamericana.

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1) Luís M. Días Soler, Puerto Rico: Sus luchas por alcanzar estabilidad económica, definición política y afirmación cultural. 1898-1996 (Isabela, Puerto Rico: 1998), pág. 7

2) Artículo 9 del Tratado de París de 1898, según publicado por Lcdo. Alfonso L. García Martínez, Editor, Puerto Rico: Leyes Fundamentales (Río Piedras, Puerto Rico: 2000), pág. 121

3) Artículo IV, sección 3 de la Constitución de los Estados Unidos, según citada en Ibid., pág. 277

4) José Trías Monge, Puerto Rico: las penas de la colonia más antigua del mundo (Río Piedras, Puerto Rico: 1999), pág. 15

5) Ibid. , págs. 19-20

6) Ronald Fernández, The Disenchanted Island: Puerto Rico and the United States in the Twentieth Century (Westport, Connecticut: 1996), pág. 43

7) Aida Negrón de Montilla, La americanización en Puerto Rico y el sistema de instrucción pública 1900-1930 (Río Piedras, Puerto Rico: 1976), pág. 250

Datos del autor: José R. Bas García es miembro del Partido Independentista Puertorriqueño. Información Adicional Tema: Situación en Puerto Rico País/es: Puerto Rico http://www.argenpress.info/nota.asp?num=020265

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