En primer lugar, mi agradecimiento al Dr. José Víctor Madera, al comité del PIP de Ponce, por la gentileza de la invitación para estar aquí está noche.  Además, mis felicitaciones, por haberse dado a la tarea de honrar la memoria de Antonia Martínez Lagares y desde su recuerdo, reflexionar sobre nuestro país y nuestra lucha.  Mis saludos y respetos a los que me han precedido en la palabra, de forma especial, a don Rafael Cancel Miranda.

En estos días, de alguna forma, todos en Puerto Rico nos sentimos abacorados por la avalancha de malas noticias que parecen no tener fin. Cuando uno ve en la noticias cómo la policía la emprende contra los jóvenes  de la universidad—algunos de los cuales una ha visto crecer, porque son hijos de amigos o compañeros de lucha, cuando los escándalos de corrupción se multiplican, cuando la recesión muerde con saña a tanta gente, y cuando no parece seguro ni llevar la familia a un centro comercial, ¡es tan fácil ceder a la desilusión! Y es que de los muchos males que pueden aquejar a un país—la pobreza, la violencia, la justificada falta de confianza en el gobierno—y que, ciertamente, atormentan al nuestro, creo que no hay uno más perverso que el de la desesperanza. Por eso, hoy que estamos aquí recordando a Antonia y  en solidaridad con la lucha estudiantil de la Universidad de Puerto Rico, hay que comenzar agradeciendo a los universitarios y universitarias que nos han devuelto la fe en la juventud, justo cuando pensábamos que las nuevas generaciones parecían inmunes a realidad que les tocó.

 

 

 

En primer lugar, mi agradecimiento al Dr. José Víctor Madera, al comité del PIP de Ponce, por la gentileza de la invitación para estar aquí está noche.  Además, mis felicitaciones, por haberse dado a la tarea de honrar la memoria de Antonia Martínez Lagares y desde su recuerdo, reflexionar sobre nuestro país y nuestra lucha.  Mis saludos y respetos a los que me han precedido en la palabra, de forma especial, a don Rafael Cancel Miranda.

En estos días, de alguna forma, todos en Puerto Rico nos sentimos abacorados por la avalancha de malas noticias que parecen no tener fin. Cuando uno ve en la noticias cómo la policía la emprende contra los jóvenes  de la universidad—algunos de los cuales una ha visto crecer, porque son hijos de amigos o compañeros de lucha, cuando los escándalos de corrupción se multiplican, cuando la recesión muerde con saña a tanta gente, y cuando no parece seguro ni llevar la familia a un centro comercial, ¡es tan fácil ceder a la desilusión! Y es que de los muchos males que pueden aquejar a un país—la pobreza, la violencia, la justificada falta de confianza en el gobierno—y que, ciertamente, atormentan al nuestro, creo que no hay uno más perverso que el de la desesperanza. Por eso, hoy que estamos aquí recordando a Antonia y  en solidaridad con la lucha estudiantil de la Universidad de Puerto Rico, hay que comenzar agradeciendo a los universitarios y universitarias que nos han devuelto la fe en la juventud, justo cuando pensábamos que las nuevas generaciones parecían inmunes a realidad que les tocó.

 

 

 

Desde que comenzó el conflicto en la UPR, la pregunta de muchos ha sido ¿qué posibilidades tienen de ganar los estudiantes, frente a una administración que no se detiene por nada y sin ninguna disposición al diálogo o la transacción?  Sería bueno, claro, sería maravilloso, que el resultado final fuera la eliminación de la cuota, y la apertura hacia una democratización de los procesos universitarios.  Pero me parece a mí, y es lo que se ve en la calle, en las expresiones de apoyo a los y las estudiantes, en la indignación que el país siente cuando los atropellan, que ésta es una lucha que con darse, ya es ganancia.  La Universidad ha sacudido al país, ha sensibilizado a la gente, ha devuelto esperanza, ha creado sentido de posibilidad—ésa es una victoria gigante.

 

José Enrique Rodó, en el Ariel, esa obra maravillosa de inspiración para la juventud y sobre la juventud, decía que la dignidad humana triunfa sobre las limitaciones de nuestra naturaleza sólo cuando tenemos seguridad de que nuestra intervención dará forma a una obra  que haya de sobrevivirnos.  Y eso es lo que han logrado los y las estudiantes.  Con todo en contra, reinventando conceptos, sin rendirse, nos han regalado algo que va más allá del triunfo inmediato.  Sembraron en el más árido de los terrenos y lograron cosechar. Y para nosotros en el Partido Independentista Puertorriqueño ha sido una enorme satisfacción ver cómo, en un escenario tan complicado, se han estrenado en la militancia el grupo de jóvenes que compone nuestra juventud universitaria, y ser para ellos apoyo, en donde hiciera falta, lo mismo frente a la Fuerza de Choque que en el piquete o en el tribunal—o al lado de los padres y madres, que se debaten entre el orgullo y la preocupación por lo que están haciendo sus hijos e hijas.

 

Sé que, en un país en el que tristemente, la política se ha convertido en una mala palabra, sinónimo de corrupción, flojera y abuso, y en el que el vocablo ideología se dispara como si fuera un insulto, hay quienes prefieren mantener el debate universitario alejado de esos conceptos, como si así se le mantuviera mas puro.  Yo no creo eso.  Primero, porque los que estamos en política por amor, por convicción –como decía Martí, sabiendo que esa tarea es ara y no pedestal—no podemos dejarle el campo libre a los que  manchan el nombre de lo que el mismo prócer cubano llamó la “tarea de hacer felices a las  personas”.  Yo digo con orgullo, con mucho orgullo, que me dedico a la política, que milito en un Partido Político, porque tras el nombre de Partido Independentista Puertorriqueño hay sesenta años de limpieza  y decencia.  No en teoría, no en papel, no en lemas publicitarios, sino en el esfuerzo constante, en el sudor, en la dedicación de los hombres y mujeres que en cada momento difícil han sabido llevar hacia adelante al instrumento de lucha por la libertad, los que han demostrado estar hechos de un material superior, a prueba del cansancio y la desilusión.  Esa es la política de verdad—no la de narcómanos en corbata, no la de los que venden su conciencia al mejor postor—la política de la gente de abajo, que se levanta todos los días con la vergüenza de que en su país manden otros y con el valor de hacer algo para cambiar esa realidad. Política no es  montarse en un avión para las Vegas, como los azules, o la vestir ropa de diseñador, como los rojos,  a cuenta de truhanes con grandes cuentas de banco.  La  política de verdad se hace buscando endosos bajo el sol de mediodía en la Calle Atocha y en Villa del Carmen, como yo he visto hacer a los compañeros de Ponce, dando el frente en las luchas comunitarias, como han hechos todos nuestros comités del sur con el gasoducto –y antes en tantas otras batallas,  visitando puerta a puerta,  reuniendo gente aquí, en actividades como ésta, para presentar, como corresponde nuestros respetos a los que han dejado la vida en el camino a un mejor país, y todo, todo, con amor y con entusiasmo, a cambio de nada.

 

Y es política también, política de la buena, estar del lado de los estudiantes, frente al proyecto macabro de desmantelar la universidad.  Y es un asunto ideológico, porque tras el intento de herir de muerte a la UPR está la más absoluta intolerancia, la prepotencia de los que creen que la democracia es sólo para las mayorías y no admiten ni la disidencia ni la resistencia. Lo vemos en el ataque a otras instituciones, como el Colegio de Abogados, y en los intentos de asfixiar a entidades culturales, negándoles fondos, como ha ocurrido con la Casa Nilita Vientós o la Casa Aboy.  Lo que se debate en la universidad es la forma que tomará nuestro futuro, y en manos de quién estará.  Por eso—mucho cuidado con los acomodos y con la memoria corta.  El perdón fácil es un enemigo peligroso.  Hoy nos horrorizamos –con toda la razón—ante las imágenes de la Fuerza de Choque golpeando estudiantes  y nos escandalizamos con la barbarie del gasoducto del norte.  Pero ahí están, desde el cuatrienio anterior,  los episodios de la huelga y de la descertificación de la Federación de Maestros y aquí hay muchos de los que amanecían todos los días en los portones apoyando a los maestros y maestras, están los desalojos de familias trabajadoras y ancianos desvalidos en San Mateo de los Cangrejos en Santurce, cuando el único partido que dijo presente fue el PIP, y los atropellos contra los manifestantes contra el gasoducto, que por alguna sutileza geográfica, a algunos les parece malo ahora que va por el norte, pero se quedaron callados  cuando la ruta martirizaba al sur y estaban allí, en primera línea, pipiolos y pipiolas de Peñuelas, de Ponce, de Salinas, de Guayanilla, de Sabana Grande, de Yauco, de Santa Isabel  dando el frente por todo Puerto Rico.

Hay lobos con piel de lobos, pero también los hay con piel de ovejas (por  no hablar de las caperucitas rojas que son la maldad encubierta)  y aquí ya estamos grandes para el engaño.  La tarea es combatir el mal, y para empezar hay que saber reconocerlo, bajo cualquier disfraz y en cualquier color.  Lo otro, es curar la malaria para contraer el tifus, con la muerte asegurada en cualquier caso.

 

Y a nosotros los independentistas nos toca esa tarea de desenmascarar y denunciar, sin miedo y de frente, y sin escatimarnos a nosotros mismos los méritos que tantos años de lucha nos han permitido ganar.  Que no todos son iguales es la lección que con la frente en alto tenemos que transmitir al país, porque si no, la opción es el conformismo pernicioso, la desesperanza y la desilusión.

 

Son tiempos difíciles y los enemigos son muchos y poderosos.  Por eso, en medio de la desazón que amenaza con consumirnos, hay algo que todos tenemos que recordar—los más jóvenes, porque transitan aún sobre un mapa a medio hacer, trazándose su ruta, los más veteranos, para saber mirar hacia atrás con orgullo por lo realizado y hacia el futuro con amor y esperanza: luchar por los valores superiores—la libertad, la justicia, la solidaridad—es un privilegio inmenso.

Es un don, que mayor valor tiene cuanto peores sean los tiempos.  Estamos en medio de una tormenta; sopla un vendaval maléfico que quiere arrasar nuestra casa, desolar nuestra tierra, derribarnos al suelo.  Para el que quiera esconderse, por ahí hay par de tormenteras de latón que los pueden recoger.  Los que tenemos las faldas y pantalones en su sitio estamos listos para la batalla, acorazados con el verde de la esperanza y armados con nuestra fe.  Los cimientos de esta casa están hechos de valor y sacrificio, como nos enseñó don Pedro.  Que nadie olvide que algún día, como en la parábola del nuevo testamento, tendremos que rendir cuenta del uso que le hemos dado a los talentos que recibimos en herencia.   Ese día, todos nosotros y nosotras, los que estamos aquí y nos sentimos descendientes de una estirpe heroica, los que en el PIP nos llamamos hijos e hijas de Gilberto Concepción de Gracia, podremos decir: cuando me tocó, estuve por los marginados, por Vieques, por lo que es bueno y justo, por la Universidad y siempre, siempre, por el derecho sagrado de nuestro pueblo a la libertad.  ¡A la lucha y a la victoria! ¡Que viva Puerto Rico Libre!