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María de Lourdes Santiago

La gota sobre la piedra

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Para algunos, la persistencia del Partido Independentista Puertorriqueño es un auténtico misterio. Continuar batallando, a pesar de resultados electorales que no corresponden a los méritos de nuestras propuestas y nuestros candidatas y candidatos, no es algo que mucha gente esté dispuesta a hacer. La prueba, para quien lo dude, es que nadie más lo ha hecho.

En nuestra vocación de resistencia hay mucho de lo que decía don Pedro Albizu Campos: luchar por la libertad de la patria es como cuidar a la madre enferma. Uno no se pregunta hasta cuándo ni se atormenta con los porqué. Uno la cuida porque es lo que ordenan el deber y el corazón. Pero también sabemos que, distinto a Ulises, no aramos sobre la arena. Poco a poco los frutos de tanto esfuerzo van germinando. Que no es con la rapidez que se quisiera, pues así es. Que ha sido una gran injusticia el que muchos patriotas no vieran siquiera un asomo de victoria para la causa por la que lo dieron todo, es la verdad. En el papel que la historia le depara a las ideas y a las personas, no nos tocó el del triunfo fácil. Hemos tenido que ser como la gota sobre la piedra: tanto cae y tanto da, hasta que la perfora –con la precisión y limpieza de las que ni el martillo ni el torrente habrían sido capaces.

Vieques nos recordó cómo se forja ese camino hacia la liberación. ¿Por cuánto tiempo el independentismo fue el único sector político, que junto a los viequenses y a otras organizaciones cívicas exigió la salida de la Marina? ¿Quién pensaba, antes de abril de 1999, que en cuestión de meses, líderes estadistas y estadolibristas se verían obligados a ser parte (en sus términos y no por gusto ni convicción, claro está, porque no se puede pedir mucho más luego de ver cómo da peras el olmo) de ese reclamo. Y no fuimos nosotros los únicos que recibimos la visita de lo inesperado. Para muchos puertorriqueños, criados en el mito colonial de que “sin los americanos no somos nada”, llegó también el descubrimiento de que con la partida de la Marina no se cayó el cielo en pedazos ni se declaró guerra civil. Tan importante como eso: la Marina de los Estados Unidos dejó de entrenar en su “joya del Caribe”, tras llanto y pataleo se desprendió de lo que era “insustituible”, y la democracia occidental no ha colapsado. Si están haciendo un papelón en Iraq, nada tiene que ver con Vieques.

Con el status, ya hemos visto. La Asamblea Constituyente, de la que sólo hablaban el independentismo y el Colegio de Abogados, es tema de todos los días. Igual que en Vieques, con más resistencia que ganas, movidos por la inexorabilidad, hasta los ultra colonialistas tienen que plantear una nueva forma de atender el asunto de nuestra subordinación política.

En cuanto a la economía, por mucho tiempo, el PIP había presentado los ejemplos de Irlanda y Singapur como modelos de desarrollo en países pequeños. Para los que políticamente se nutren de la colonia, y que como el papagayo repetían el cuento de que la prosperidad sólo existe en los Estados Unidos, y el resto del mundo es algo así como un arrabal gigante, la comparación con “esas repúblicas” no era nada simpática. Hasta que los mismos americanos que les hicieron el cuento comenzaron a llevarse las fábricas de aquí precisamente a “esas repúblicas”. Ahora, no puede una menos que sonreír cuando la señora gobernadora nos invita a emular nada más y nada menos que a Irlanda y Singapur como modelos de desarrollo económico en países pequeños.

La adopción de un plan universal de salud, que cobije a todos los puertorriqueños y al que cada quien aporte según su capacidad, ha sido parte del programa de gobierno del Partido Independentista por varios cuatrienios. Se necesitó el desastre de la Reforma para que otros sectores comenzaran a verlo como una alternativa a las grandes injusticias en la prestación de servicios de salud en Puerto Rico. Pero aquí están, y no tengo duda de que será de las discusiones más importantes en los próximos años.

En temas más pedestres, pero estrechamente vinculados a nuestra aspiración de un gobierno más limpio, ya el PIP no sostiene un monólogo, sino que participa de lo que se ha convertido en un debate intenso. Así, cuando los populares y penepés discuten con tanta energía sobre los barriles y barrilitos, se diría que acaban de descubrir asunto. La realidad es que durante muchos años el Partido Independentista ha exigido la abolición de un sistema diseñado para favorecer a los correligionarios de los legisladores de distrito. Sólo que en aquel momento, cuando la prensa no se hacía eco de lo que proponíamos, y los rojos y azules no sentían la presión de la opinión pública, ni uno sólo de los que ahora se dan golpes de pecho como detractores del infame tocino se atrevía a estar de nuestro lado.

Hay muchas formas de ganar, y creo que lo peor que nos puede ocurrir es no reconocer las victorias –grandes o pequeñas– que van llegando, sólo porque no se ajustan con exactitud a lo que se quisiera. Si nos negamos el sabor de nuestros triunfos, se hace más fácil el desliz hacia la frustración. La pérdida más terrible en la lucha por un país libre es la abdicación de la fe, y el pecado mayor, arrebatársela a quien la tiene.

Vieques, el status, la salud, la reforma legislativa, son temas en los que podemos reclamar, con orgullo y de frente a los mezquinos que nada quisieran reconocerle al PIP, haber sido punta de lanza. Con la paciencia de la gota –siempre fresca, siempre sostén para la vida– vamos socavando la aridez de la roca.