A que no

 

Ana Lydia Vega
Escritora - El Nuevo Día
Fotos por José R. Bas - independencia.net
Perspectiva - 5 de noviembre 2004



Doña Lolita Lebrón, líder nacionalista, hace declaraciones a la prensa a su llegada a los actos de cierre de campaña del PIP el 31 de octubre de 2004.



Vista parcial del público asistente al cierre de campaña del PIP

LA NOCHE del martes, yo también me amanecí. Esperaba ganar al menos una de las dos apuestas que, en un momento de gran debilidad, le había aceptado a un amigo. La primera tenía que ver con la gobernación; la segunda, con la inscripción del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP).

Mareada por las predicciones, los simulacros, las encuestas y los sondeos, daba por seguro (aunque no por deseable) el triunfo arrollador del Ungido de la Pastora Rolón. En cuanto a los pipiolos, creía garantizado el consabido cinco por ciento de su salvación electoral. Y no sé por qué rayos me dio con apostarle a eso una cena gourmet en un restaurante híper chic, con todo y botella de champán.

Amparándose en los "valores morales de este noble pueblo" y algo un poco menos elegante llamado "náusea general", mi amigo le iba de cabeza al éxito absoluto de los populares y al ingreso del PIP en la lista de las especies amenazadas. Hasta se atrevió a doblar el riesgo recordándome su marca preferida de champán. Ni gaseosas españolas ni aguas chirrias californianas. Sería francés y de la Viuda. Voilà.

Si hubiera siquiera presentido las inusitadas torturas sicológicas del escrutinio, juro que jamás hubiera sucumbido a la tentación del desafío. Entre los números de los partidos y los de la Comisión Estatal de Elecciones (CEE), el vaivén de los por cientos y el subibaja de los candidatos, la confusión era la única certeza. Como si fuera poco, mi amigo llamaba cada media hora para perforarme el tímpano con sus chijíes cada vez que Aníbal Acevedo Vilá se anotaba un octavo de punto.

Cuando empezó a perfilarse la deserción masiva de votos que, por terror al retorno del Mesías, había reducido las filas independentistas y engordado las de los populares, me resigné a la idea de gestionar un préstamo personal para cumplir con los términos de las apuestas. Suerte que mi largo entrenamiento en materia de derrotas electorales me impidió perder la tabla y el ánimo.

Como si se tratara de un castigo divino a los desertores melones por haber dejado sin franquicia al PIP, la incertidumbre ha seguido reinando desde aquella fatídica madrugada. Acevedo Vilá podrá haber sido certificado como gobernador provisional, pero el fantasma del Diabólico Doctor ronda aún, en shorts y camiseta, por los pasillos de La Fortaleza.

A juzgar por el copo novoprogresista en otras áreas, sospecho que la cohabitación forzosa de dos partidos enemigos sólo logrará exacerbar la bipolaridad y consolidar el inmovilismo de nuestro entrañable sistema colonial. El cuatrienio se anuncia animado. ¿Se imaginan lo que sucederá cuando Aníbal pretenda formar su gabinete, proponer alguna ley o pedir la aprobación de un presupuesto? La legislatura dedicará sesiones enteras a practicar el fino arte de enseñarle el dedo del medio.

Pero no todo es negativo, qué va. El magno tranque ofrecerá, sin duda, la excusa ideal para ponerle pichón a algunas incómodas promesas de campaña. Pienso, por ejemplo, en la tan pospuesta asamblea constituyente, proyecto que colgará con brío la mayoría penepé. A su vez, el futuro Gobernador sacará la lengua (y el veto de bolsillo) cuando los legisladores de la palma se apresten a planchar el referéndum estadista.

Conclusión: que aquí no ha pasado - ni pasará - mucho. El "up" de negarle un tercer término a Rosselló trae en el paquete una secuela imprevista: el "down" de prolongarle al colonialismo sus eternas vacaciones antillanas. Lo que para algunos es pecado mortal, para otros es virtud teologal y, ciertamente, no hay mal que por bien no venga. Permanecer en ese estado de eterna suspensión en lo que se nos ocurren otras maneras creativas de bloquear la solución del estatus, no es tan desagradable que digamos…

Mientras tanto, se escuchan por doquier llamados a la sensatez y a la cordura. Con las manos juntas y los ojos en blanco, todos se comprometen a acatar la sagrada voluntad de las urnas. Se habla de pactos, de compromisos, de acuerdos, de una santa alianza convocada "por el bien de Puerto Rico". Al fin y a la postre -nos aseguran voces autorizadas- prevalecerá la "madurez democrática de nuestro pueblo".

Si la pesadillesca campaña electoral que acabamos de padecer es un avance de las satisfacciones que nos reserva el "gobierno compartido", que Dios nos coja confesados y comulgados. Menos mal que, con un Comisionado Residente tan caballeroso como el que tendremos, el pobrecito Aníbal ni sentirá las puñaladas traperas que le asestarán desde Washington.

Y ahora, basta. Paren de sufrir, como reza el lema de aquella iglesia que ocupa el local de una ex discoteca de Santurce. Estírense las arrugas con una coqueta sonrisa. Eso es, definitivamente, lo más recomendable para sobrevivir a ciertas travesuras de la historia.

Después de todo, el resultado de estas elecciones no es más que otra de esas ficciones innovadoras que tanto distinguen a nuestro país en el mundo. Algo así como la quinta columna, la estadidad jíbara o -la más inventiva de todas- el Estado Libre Asociado.

Nos vemos después del recuento. A lo mejor, con un discreto cambio de etiqueta, paso cidra por champán, saldo mis apuestas y evito la ley de quiebras.

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