Producción, dependencia,
crimen y miedo

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Francisco A. Catalá Oliveras
Economista
El Nuevo Día, 7 de octubre de 2000

¿POR QUE Puerto Rico, a pesar de presumir de ser un país industrial y próspero y de estar vinculado a la economía más grande del mundo, aún luce subdesarrollado? ¿Por qué la riqueza y el consumo que nos rodean no se traduce en mayor calidad de vida? ¿Por qué cada vez son más los países que antes no nos superaban y ahora nos están dejando a la zaga?

No dudamos que los lectores tengan múltiples contestaciones para estas interrogantes. Una de éstas, citada insistentemente en diversos informes económicos pero convenientemente olvidada, radica en los propios factores que han servido y sirven de fuerza motriz a la economía de nuestro país.

La estrategia central del proceso de industrialización de Puerto Rico, como la de la economía de plantación azucarera que le precedió, está montada en la atracción de capital incentivado por altas tasas de ganancia. Puesto que se trata de inversiones provenientes del exterior, se genera como consecuencia una gran suma de pagos a factores externos (ganancias corporativas no distribuidas, dividendos e intereses que salen del país) que se refleja en la extraordinaria diferencia entre el Producto Interno Bruto (el valor de la producción realizada en Puerto Rico) y el Producto Nacional Bruto (el pago a los trabajadores y propietarios residentes en Puerto Rico).

En el año 1960 prácticamente no había diferencia entre los dos indicadores macroeconómicos citados. Pero para el año 1974 la diferencia era de $1,058 millones, lo que provoca que se destaque en el informe que a fines del año 1975 rinde un equipo de estudio encabezado por James Tobin (Premio Nobel de Economía en el año 1981):

"La diferencia entre el Producto Interno Bruto y el Producto Nacional Bruto y entre sus tasas de crecimiento es una reflexión adicional de la dependencia creciente de Puerto Rico en recursos del exterior para su crecimiento. Desde el punto de vista del bienestar de los residentes de Puerto Rico, altos niveles y crecimiento rápido del Producto Interno Bruto son de poco mérito, si no se acompañan de un alto y creciente Producto Nacional Bruto".

Añade dicho informe:

"Aun cuando la inversión directa sí representa una inversión física real, no implica necesariamente un incremento en el bienestar puertorriqueño. Aunque la inversión de las subsidiarias de las firmas estadounidenses provea nueva producción y empleo, ello también implica nuevos subsidios e inversiones en infraestructura real del Gobierno puertorriqueño y una mayor remisión de ganancias a los Estados Unidos".

Lo que Tobin advertía a mediados de la década de 1970 cobrará proporciones extraordinarias posteriormente. Durante el año fiscal 1999, el Producto Interno Bruto sumó $59,946 millones, mientras que el Producto Nacional Bruto ascendió a $38,229 millones. La diferencia, $21,717 millones, representa el "escape" o la remisión de ganancia a que hace referencia el informe citado. Como corolario de este fenómeno se ha estado dando una tendencia desfavorable a los empleados, en contraste con los propietarios, en la distribución funcional del ingreso.

El Ingreso Neto Interno se descompone en compensación a empleados y en pagos a los propietarios del capital. Del año 1977 al 1987, la fracción que corresponde a los empleados redujo su peso relativo de 61.1 a 48.7%. Para el año 1999, en el que la compensación a empleados sumó $21,744 millones y el ingreso a los propietarios ascendió a $31,497 millones, tal peso relativo descendió a 40.8%. Como contraste, valga apuntar que en los Estados Unidos alrededor del 75% del total de ingresos corresponde a la remuneración del trabajo. Aparte de que la mayor parte del Ingreso Neto Interno generado en Puerto Rico corresponde a los propietarios, no hay que olvidar que más del 70% de los pagos a éstos se remiten al exterior.

La inversión externa no ha estado orientada al bienestar de los puertorriqueños ni a romper con el círculo vicioso de la dependencia...

Cuando nos circunscribimos únicamente al sector manufacturero, que representa más del 45% del Ingreso Neto Interno de Puerto Rico, la desproporción es mucho mayor. En el año 1999 el Ingreso Neto Interno Manufacturero sumó $24,904.9 millones, subdividido en $4,081.9 millones en compensación al trabajo y $20,823 millones en compensación a la propiedad, lo que se traduce en una participación relativa de los empleados de 16.4% del total de ingresos generados en este sector. El temor que Tobin expresara hace un cuarto de siglo se ha hecho realidad. La inversión externa no ha estado orientada al bienestar de los puertorriqueños ni a romper con el círculo vicioso de la dependencia, sino que ha significado una creciente remisión de ganancias hacia los Estados Unidos.

La riqueza generada en el país se escapa hacia afuera. Por lo tanto, los indicadores de pobreza resultan extraordinariamente altos en una sociedad que se dice industrial y moderna. Según los datos censales de 1990 (no creemos que haya variaciones significativas cuando se conozcan los del año 2000), la población por debajo del nivel de pobreza para todo Puerto Rico es de 58.9%. En los municipios "periféricos", como es característico de todo enclave económico, tal indicador excede el 70%. Esta pobreza es parcialmente contrarrestada con la "beneficencia" y con la economía informal o subterránea. De no, resultarían inexplicables nuestros niveles de consumo.

Las transferencias federales netas durante el año 1999 sumaron $8,315 millones. Valga aclarar que el grueso de éstas (v.g. Beneficios de Seguro Social, Medicare, Veteranos, Pensiones) son derechos adquiridos por virtud de determinadas cotizaciones o servicios. Hay otras de carácter otorgado entre las que sobresale el Plan de Asistencia Nutricional, que representó $1,087.6 millones en el año fiscal 1999. Obviamente, todas estas transferencias, aun incluyendo las que proceden de derechos adquiridos, palidecen cuando se comparan con la remisión de ganancias hacia los Estados Unidos. No obstante, por el efecto político que tienen, las transferencias federales son objeto de constante apología pública.

EL SEGUNDO factor de compensación, la economía informal, aunque difícil de estimar, luce floreciente. En la instancia de uno de sus principales componentes, el narcotráfico, se estima que el valor de sus importaciones es de $25,000 millones, de los cuales $5,000 millones se consumen aquí y $20,000 millones se exportan al mercado de los Estados Unidos. Puerto Rico se ha convertido en la capital caribeña del narcotráfico en ruta hacia los Estados Unidos.

El miedo paraliza. Comencemos venciéndolo.

El trinomio de una economía formal torcida, una economía asistencialista apologizada y una economía criminal floreciente no constituye un buen augurio. Por tal camino la descomposición social luce inevitable. Huelga insistir en que hay que diseñar otros caminos. El diseño de otros caminos no es fácil. El que controla no quiere ceder el control. El que se beneficia del orden de cosas vigente no quiere su alteración. Y aun el que objetivamente no se beneficia, aunque subjetivamente crea que sí, se siente como el esclavo o el siervo que le temía a la incertidumbre del trabajador libre. El miedo paraliza. Comencemos venciéndolo.

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Production, Dependence, Crime and Fear

Versión al español

By Francisco A. Catalá Oliveras
El Nuevo Día Newspaper - October 7, 2000
Translation by Hans Perl-Matanzo - independencia.net

Why does Puerto Rico, a country which regards itself an industrialized and prosperous nation which is linked to the largest economy in the world, still appears to be underdeveloped? Why is it that the wealth and consumption that surrounds us is not translated into a better quality of life? Why is it that countries which were formerly trailing behind us are now leaving us in the dust of their path?

Without a doubt, our readers have multiple answers for these questions. One of these, cited insistently in diverse economic reports but conveniently forgotten, lies in the same factors which have served and continue serving as the motor of our country's economy.

The prime strategy of the industrialization process of Puerto Rico, as the strategy of sugar production which preceded it, is based on the attraction of capital through the incentive of high rates of profit. Since the source of investment is mainly from foreign capital one of its consequences is a great deal of external factor payments (non-distributed corporate profits, dividends and interests which exit the country) which are reflected in the extraordinary gap between the Gross Domestic Product (the value of Puerto Rico's production) and the Gross National Product (the payment of workers and entrepreneurs who reside in Puerto Rico).

In 1960 there was practically no difference between both macroeconomic indicators (GDP and GNP) but as of 1974 the gap amounted to $1,058 million, which was important enough to be highlighted in a report filed in 1975 by a team headed by James Tobin (Economics Nobel Prize, 1981) :

"The difference between the Gross Domestic Product and the Gross National Product and their respective growth rates are an additional reflection of Puerto Rico's increasing dependency on foreign resources in order to foster growth. From the point of view of Puerto Rico's residents, high levels and increasing growth rate of the Gross Domestic Product are of meager significance if they are not accompanied by high levels and a relatively high growth rate of the Gross National Product" (our translation).

The same report adds:

"Even when direct investment may represent a tangible investment, it does not necessarily imply that it will be beneficial to Puerto Rico. Although the investment from U.S. firms and its subsidiaries may provide new production and employment, that also implies new subsidies and real infrastructure investment from the Puerto Rico Government and a larger amount of profits exiting Puerto Rico's economy." (our translation).

 What Tobin warned us about in the mid 1970s has garnered extraordinary contemporary importance. During the fiscal year of 1999, the Gross Domestic Product amounted to $59,946 million, while the Gross Domestic Product represented $38,229 million. The difference, $21,717 million, is explained by the "escape" or exit of profit that Tobin's report alluded to. An unfavorable tendency which has been noted can serve as a corollary to this phenomenon: the functional distribution of income has favored investors over employees.

The Net Domestic Income is composed of compensation to employees and payments to owners of capital. From 1977 to 1987, the fraction which corresponded to employees was reduced from 62.1 to 48.7%. In 1999, in which compensation to employees amounted $21,744 million and the income of capital owners ascended to $31,497 million, the relative weight of employees' share was reduced to 40.8%. As a contrast, it is important to note that in the United States about 75% of the total income corresponds to the remuneration of work. Apart from the fact that the majority of Puerto Rico's Net Domestic Income corresponds to capital owners, it is important to note the fact that more than 70% of capital owners' income leaves Puerto Rico.

Foreign investment has not been oriented towards benefiting
Puerto Ricans nor breaking the vicious cycle of dependency...

When we focus on the manufacture sector, which represents 45% of Puerto Rico's Net Domestic Income, the disproportion is even greater. In 1999 the Net Domestic Manufacture Income ascended to $24,904.9 millions, subdivided in $4,081 millions in compensation to work and $20,823 millions in compensation to capital, which translates into a relative participation of employees that represents 16.4% of the total income generated in that sector. The fear expressed by Tobin a fourth of a century ago has become real. Foreign investment has not been oriented towards benefiting Puerto Ricans nor breaking the vicious cycle of dependency. Foreign investment has signified the increasingly larger exit of revenues to the United States.

Most of the wealth generated by foreign investment in Puerto Rico escapes the island. It is important to note that poverty indicators in Puerto Rico are extremely alarming, more so in a society which claims to be industrial and modern. According to the 1990 U.S. Census data (we don't believe there will be considerable changes when the corresponding data is released for the 2000 Census), a whopping 58.9% of Puerto Rico's total population lives under the poverty line. In municipalities that lie in the periphery, the above mentioned indicator surpasses 70% of the population, as would be expected of an enclave economy. This poverty is partially counteracted with "welfare" and with the informal or underground economy. If this were not so, Puerto Rico's large consumption levels could not be explained adequately.

Net federal transfers amounted to $8,315 billion during 1999. It should be noted that the majority of those funds constitute acquired benefits such as Social Security payments, Medicare, and, benefits and pensions received by current and former federal employees, including veterans. Among transfers that are not classified as acquired benefits, the Nutritional Assistance Plan was responsible for the transfer of $1,087.6 million in fiscal year 1999. It is evident that all those transfers, even those that constitute acquired benefits, are small in comparison to the private capital that "escapes" the island every year. Nonetheless, due to the large sector which depends on these funds to a lesser or larger degree, these funds are the object of constant public acts of contrition.

Although it is difficult to estimate how large the informal economy is, it is believed to be very large and flourishing. In what respects its principal component, transport and trade of narcotics, it is estimated that it constitutes $25 billion, out of which $5 billion is consumed in Puerto Rico and $20 billion is exported to the U.S. market. Puerto Rico has become the capital of drug trade en route to the United States.

FEAR PARALIZES US.
LET US BEGIN BY DEFEATING IT.

The triple handicap of a crippled formal economy, an apologetic welfare economy and an economy fed by a flourishing criminal sector does not bode well. If Puerto Rico were to continue down that path, economic disintegration seems inevitable. The design of other paths is not an easy process. Those interest groups which benefit from the current system have no interest in altering it. Even many of those who objectively do not profit from the status quo believe that they do in fact benefit. Those who fear possible changes to Puerto Rico's economic structure are reminiscent of those slaves who feared the uncertainty of becoming free workers. Fear paralyzes. Let us begin by defeating it.

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